Jane Eyre. Producción Old Vic Bristol. National Theatre Live. Cines Ideal Yelmo, Madrid.

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El grupo de música The Buggels cantaba en 1979 aquéllo de “Video killed the radio star…”. La cadena de televisión MTV inauguró su programación con el vídeo musical de esta canción. ¿Pero acabó realmente el videoclip con la emisión radiofónica?… Por supuesto que no.

A propósito de la fantástica iniciativa “National Theatre Live”, se ha generado en Reino Unido una discusión (no diría realmente polémica) sobre la propuesta de la emisión de obras de teatro de la cartelera londinense. En el periódico digital The Stage, se publicó la opinión de un ejecutivo teatral, Stephen Wood, sobre las emisiones de NT Live. Estas proyecciones, según Wood, son una cosa extraña (“an odd thing”) que están a medio camino entre la proyección cinematográfica y la experiencia teatral. Pese a sus valores, estas emisiones en digital no deben ser nunca un sustituto de la cita teatral en vivo.

Lyn Gardner, cronista teatral de The Guardian, reflexionó hace un año en su columna sobre el riesgo real que las proyecciones presentan en la decisión del público de acudir a la actuación teatral en vivo.

Quien sea lector habitual de Gardner reconocerá en ella un interés y una curiosidad hacia el espectador y el rito de acudir al teatro. Leer sus columnas invita a indagar sobre cuestiones que van más allá de la trama teatral. Lyn Gardner ha escrito sobre los spoilers en las críticas teatrales, sobre la posibilidad de disfrutar del teatro teniendo niños pequeños y también sobre si el programa NT Live compite directamente con el teatro en vivo. La conclusión, publicada en su artículo Why digital theatre poses no threat to live performance (The Guardian, 17 enero 2014), es que la preocupación surgida no está en absoluto justificada. NT Live está llegando a poblaciones locales donde no hay un teatro a la vuelta de la esquina. Es más, las emisiones se dirigen a un público potencial de dos millones de personas desperdigado por distintos países.

La polémica desde Madrid se ve desde luego con otros ojos. Todas las proyecciones del NT Live a las que he podido asistir estaban llenas hasta la bandera. El público del cine no es necesariamente el público teatral madrileño. Abundan profesores de inglés, expatriados británicos, alumnos de academia, actores y aficionados teatrales. Es decir, se trata de un grupo heterogéneo que no tiene la oportunidad de ver a Cumberbach sobre las tablas londinenses.

El programa NT Live y los cines Yelmo permiten a los aficionados estar al corriente de las modas escénicas sin salir de su ciudad. El teatro, conviene tenerlo presente, es una forma social y como tal está también sujeta a modas y tendencias.

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Viendo la proyección de “Jane Eyre”, producción del Old Vic Bristol, se confirman claramente algunos aspectos en común de los montajes británicos más recientes.

Las producciones en boga vienen realizando una puesta en escena rica en escenografía. Se cuidan minuciosamente el diseño del escenario y el movimiento en escena. Otro mínimo común denominador es el uso continuo de música. En las producciones de Shakespeare los momentos dramáticos suelen reforzarse con sonidos secos y átonos, pero incluso se podría hablar de una auténtica banda sonora teatral. Es decir, el montaje teatral se asimila al cine y pretende proyectar algo de espectáculo.

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La producción de Jane Eyre es un ejemplo claro. Sobre el escenario se monta una plataforma que se usará sucesivamente como casa, colegio y mansión. Los actores corretean, bailan y saltan sobre esta plataforma, en movimientos perfectamente sincronizados. En el centro, una banda de música en directo y una cantante intercalarán pasajes musicales. El resultado es de un virtuosismo técnico absoluto, pero padece de cierta frialdad. La sucesión perfecta de coreografías escénicas es un ejercicio gimnástico elevado pero sus repeticiones le restan de emoción dramática.

La otra complejidad es la puesta en escena de la rica y larga novela de Jane Eyre, escrita por Charlotte Brontë: uno de los símbolos literarios de Gran Bretaña. La adaptación del dramaturgo Mike Akers es certera, pero realmente requeriría una amputación de algunos pasajes, por muy emblemáticos que sean. Al final de la proyección de Jane Eyre, se produce cierta sensación de extenuación. El personaje y su historia son tan conocidos que el público probablemente aceptase de buen grado completar con sus recuerdos de la novela aquellos pasajes que la obra no contase.

Si la propuesta de la directora Sally Cookson es técnicamente acertada, pero fría, la interpretación de los actores compensa la excesiva duración. Todo el reparto sobresale. Madeleine Worrall interpreta, con acento local y poco educado, a una Jane Eyre combativa y de aspecto vulgar. Felix Hayes tiene una voz portentosa y da vida a un Señor Rochester gruñón pero con un toque de humor (un poco al estilo del actor americano Walter Matthau). Me gustó especialmente Laura Elphinstone en sus distintas personaciones de figuras claves de la trama. Su carisma interpretativo logra que muchas de sus escenas sean los episodios más auténticamente teatrales de la producción.

Tras Hamlet y Jane Eyre, los cines Yelmo todavía tienen reservadas grandes producciones. Quedan por venir las interpretaciones de Dominic West, Tom Hiddleston o Helen Mirren en distintos montajes del National Theatre.

Ciertamente a los espectadores madrileños las proyecciones del NT Live nos están dando la inmensa oportunidad de espiar a través de la mirilla del cine lo que se está representando en Londres. Un lujazo.

La clá

http://www.lacla.es

 

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Cartelera Yelmo – Teatro:

http://www.yelmocines.es/teatro

Imágenes cortesía de NT Live. Fotógrafo Manuel Harlan.

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