La bailarina del futuro. Exposición Espacio Telefónica, Madrid.

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En unos meses en los que el discurso femenino se ha introducido en el debate de la sociedad (incluso en entornos laborales), la Fundación Telefónica apuesta por una reivindicación doble. La primera dedicada a una de las artes escénicas que más lucha por encontrar huecos de programación estable: la danza. La segunda está enfocada en clave femenina, resaltando el ejemplo de siete mujeres bailarinas y coreógrafas del siglo XX que creyeron en la necesidad de generar nuevas formas de expresión y de liberar el cuerpo femenino, enfrentándose con ello a las convenciones sociales y al rígido canon del ballet romántico.

Como es habitual en las instalaciones montadas en el Espacio Telefónica de Gran Vía, la exposición se aparta de los tradicionales medios de exhibición para incorporar las nuevas tecnologías. A lo largo de los distintos espacios hay, cómo no, carteles explicativos, pero también proyecciones en pantallas LED e incluso experiencias activas, en las que el visitante puede animarse a “mover el esqueleto”. El uso de estos medios hace de cualquier visita una experiencia vibrante, especialmente apta para frecuentar el Espacio Telefónica por niños.

La exposición “La bailarina del futuro. De Isadora Duncan a Joséphine Baker” está comisariada por María Santoyo y Miguel Ángel Delgado, y ha contado con las contribuciones de la Doctora y experta en danza Ibis Albizu, y también de coreografías ejecutas por la bailarina Agnès López Río, que se ven proyectadas en distintas salas.

La muestra está dedicada a siete mujeres bailarinas y transgresoras de la danza: Isadora Duncan, Loïe Fuller, Joséphine Baker, Tórtola Valencia, Mary Wigman, Martha Graham y Doris Humphrey.

La americana Isadora Duncan (1877-1927) fue una de las pioneras en cuestionar los postulados del ballet clásico. Acudiendo a postulados naturalistas y a las imágenes de ánforas griegas que pudo ver en el Museo Británico de Londres, la bailarina conformó una danza alejada de los movimientos rígidos del ballet clásico y mucho más naturalistas, introduciendo el pie descalzo en las coreografías.

“Primero dibújame la forma de una mujer tal como es en la naturaleza. Y ahora dibújame la forma de una mujer con un corsé moderno y las zapatillas de satén usadas por nuestras bailarinas modernas. Y ahora ¿no ves que el movimiento adecuado para una figura sería completamente imposible para la otra?”

(Isadora Duncan)

La muestra continúa con carteles y objetos pertenecientes a dos bailarinas que desarrollaron su carrera a principios del siglo XX. La americana Joséphine Baker (1906 – 1975) fue la reina del charleston y revolucionó el mundo de la danza de los años 20 con una danza salvaje. Tal fue su fama que llegó a hacer incursiones cinematográficas y giras mundiales que le llevaron incluso a recalar en el año 1930 en Madrid. A nivel nacional, Tórtola Valencia (1882-1955) embrujó al público con otra danza exótica de corte oriental.

Loïe Fuller (1862-19289) nació en Alemania pero desarrolló su carrera profesional en París, la ciudad de la luz, de la que succionaría los aires de cambio de siglo. En los años marcados por la Exposición Universal de entrada de siglo, Fuller se inspiró en las leyes de refracción de la luz y luminiscencia para configurar danzas en las que elementos como la luz eléctrica se integraban en el movimiento. Conocidísimo es el diseño del traje de bailarina que aún hoy continúa siendo provocador y modernísimo, y cuya novedad llevó a que incluso en su día obtuviese una patente del mismo.

“He creado algo nuevo, algo compuesto de luz, color música y danza; sobre todo de luz y danza”

(Loïe Fuller)

Mary Wigman (1886 – 19739) nació en Alemania y estuvo vinculada a dos de los movimientos artísticos de las vanguardias de entreguerras: el dadaísmo y el expresionismo alemán, en concreto, al movimiento Die Brücke (El puente). Desarrolló una danza expresionista y estuvo siempre vinculada a la vanguardia en el mundo de la danza, colaborando con el coreógrafo húngaro Rudolf von Laban, creador del método de notación, con el cual pudo documentar todas las poses del cuerpo humano. Wigman también desarrolló postulados propios, muy cercanos a la vanguardia escénica. Entendió la quietud (es decir, la ausencia de movimiento) como potencial, e incluso compuso coreografías sin música. Para ella, la danza se colocaba por encima de otros lenguajes artísticos porque simplemente es.

La americana Martha Graham (1894 – 1991) estuvo también influenciada por el entorno socio cultural de su época. Sus coreografías se caracterizan por ser arquetipos, término que el psicoanalista Gustav Jung desarrolló para aludir a imágenes que forman parte del subconsciente. En seis pantallas de la exposición pueden verse movimientos repetidos que aluden a seis pasiones: alegría, tristeza, ira, miedo, amor y deseo.

“Tengo la creencia de que aprendemos a través de la práctica. Signifique esto aprender a bailar practicando danza o aprender a vivir practicando la vida, los principios son los mismos.”

(Martha Graham)

La muestra termina con un apartado dedicado a otra americana, Doris Humphrey (1895-1958), revolucionaria por haber puesto el foco sobre la verticalidad en la danza y la fuerza de la gravidez.

La exposición “La bailarina del futuro” está hasta el 24 de junio en el Espacio Telefónica de Gran Vía en Madrid.

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http://www.lacla.es

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Espacio Telefónica:

https://espacio.fundaciontelefonica.com/

Imágenes por cortesía de Fundación Telefónica

 

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