El Jardín de los Cerezos. Teatro Valle Inclán, Madrid.

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La obra El jardín de los cerezos, de Antón Chéjov, forma parte del repertorio clásico y está, sin duda, entre mis preferidas. Han pasado más de 100 años desde su estreno y sigue siendo combativa y vigente. Chéjov habla, a través de una familia, del cambio social que experimenta Rusia, de la sucesión de ciclos, de la pérdida de una era, del fin de una estirpe social, y del auge de otra, trabajadora, hecha a sí misma, con ganas de hacerse poseedora de lo que hasta ahora le ha sido negado.

Esta pieza teatral, como cualquier obra de buena literatura, puede leerse desde distintos ángulos. Yo siempre he escogido el personal, el de las familias que se anclan en el pretérito: en las que los pasados gloriosos impiden a las nuevas generaciones avanzar, y hacerse con sus riendas. Donde los árboles en flor, de una naturaleza majestuosa, impiden ver los embargos y las deudas que abonan sus raíces. Las ansias de hedonismo y belleza anestesian la capacidad de superación, o el instinto de trabajo.

He visto varios montajes de esta obra suprema, y no hay ninguno en mi repertorio personal que supere el de El Huerto de Guindos, que se montó en ese lugar mágico que fue La casa de la portera y que estuvo a cargo de Raúl Tejón. Y el listón está altísimo, porque en él se incluye la producción a cargo de Sam Mendes y su Bridge Project que pudo verse antes en Madrid, allá por el año 2009.

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Con independencia de tan altos precedentes, El jardín de los cerezos debería ser pieza obligada para cualquier espectador. En la producción de Ernesto Caballero para el Teatro Valle Inclán, su director ha querido proponer un contraste entre los protagonistas hechos a sí mismos, de origen latino, interpretados por el argentino Nelson Dante (en el papel de comerciante e hijo de antiguos sirvientes) y por la colombiana Karina Garantivá (en el rol de doncella), y el resto de familia aristocrática, de marcado acento castizo, con Carmen Machi y Secun de la Rosa a la cabeza. El retrato bicolor no logra capturar el racismo imperante en nuestra sociedad, en el que el inmigrante latino es visto como un recién llegado. Ernesto Caballero no consigue el efecto querido con este enfoque (en grado de tentativa) y, como resultado, el montaje no logra la fuerza buscada. No ayuda una escenografía rebuscada y poco uniforme. El jardín puede representarse de dos formas, una es evocándolo, haciendo creer que está ahí; la otra es mostrar toda su preciosidad con recursos materiales. En esta producción, de nuevo, no acaba de plasmarse la elección. Por un lado, llueven hojas otoñales, por otro, las cabezas del público se convierten prontamente en árboles en flor.

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Faltan en el montaje también energías esenciales. El amor inconcluso entre Nelson Dante y Miranda Gas no se siente, no se genera, no se percibe. Tampoco los restos del naufragio de la aristocracia perdida. Carmen Machi alcanza a representar a la mujer herida, que lo ha perdido todo por dejarse engatusar por un chulo arribista, pero no logra acercarse a la otra arista de su personaje. El ángulo de la mujer en huida de su vida es parte del retrato ofrecido por Chéjov, pero le falta a la interpretación de Machi el carácter altivo que debe irradiar al mismo tiempo este personaje, al que los palos nada le han enseñado.

En un montaje desacertado en la toma de postura, el resto del elenco sólo puede dejar caer su papel de una forma más o menos correcta.

La clá

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Imágenes cortesía del CDN.

El jardín de los cerezos. Duración: 1 hora y 40 minutos aprox.

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