Silencio. Ensayo General. Teatro Español.

El 19 de mayo de 2019 el dramaturgo Juan Mayorga tomaba posesión del sillón con la letra M de la Real Academia Española, y lo hacía con un discurso llamado “Silencio” que la Academia tiene a disposición en su página web. Entró en la academia un dramaturgo que es y se siente, además, filósofo, matemático y profesor. El texto constituye un tratado filosófico, y a ratos historiográfico, sobre el papel del silencio en el teatro.

De Mayorga es conocido su creciente interés por el arte del desdoblamiento, por la multiplicidad de “yo-es” que habitan en una persona, sin duda propiciado por el cúmulo de profesiones que él mismo aglutina. En El mago (2018), la protagonista queda transmutada tras asistir a un espectáculo de magia, quedando su cuerpo desdoblado en la sala de espectáculos y en el piso que es su casa. En 2019 se estrenaba Intensamente azules, con César Sarachu dando vida a una especie de alter ego creado por Mayorga que vive en una vida desdoblada a través del azul de sus gafas de natación.

Este interés condensado por la dualidad que representan las personas y el propio teatro (concebido como artificio de la vida) es el que late en el texto de ingreso a la venerable institución. Leyéndolo se percibe de inmediato que el propio discurso juega a creerse, más que ensayo, teatro. Mayorga, en su presentación ante los académicos se refirió a sí mismo como actor de un discurso escrito por otro: “… yo – y con “yo” no me refiero a quien pronuncia el discurso sino a quien lo escribió…”. El discurso devenía así teatralización, queriendo el propio autor distanciarse de sus propias palabras, como quien con timidez quiere alejarse de lo que ha escrito.

En psiquiatría esta voluntad de alienación de uno mismo se llama síndrome de despersonalización o desrealización, y es aquél que lleva a una persona a mirarse como si fuera otra. En Mayorga surge desde su propia intelectualidad, como un afán consciente que es capaz de dibujar ante el público o el lector valiéndose de una poderosa arma, el humor. Esa ligera guasa le permite adentrarse en planteamientos filosóficos profundos, que ahora ha querido de nuevo traer a la vida proponiendo a su amiga Blanca Portillo una teatralización de lo que fue su presentación en la academia.

La puesta en escena de Silencio tiene algo de embauco. El alter ego del dramaturgo se presenta ante la audiencia del Teatro Español (la RAE, en la ficción) para dar un discurso que en realidad sí se dio, pero con un grado infinitamente más rebajado de escenificación. El orador es, en la construcción sublime de Portillo, un académico “à l´ancienne”, es decir, con gesto encorvado, manos a la espalda, y mirada inquisidora, de esas que envisten de abajo a arriba. Portillo baja la tonalidad de una voz que sale proyectada como un misil de técnica y saber escénico perfectamente calibrado. El arranque de la función es una perorata maravillosamente embriagadora sobre el papel del silencio en el teatro, desde las acotaciones, a las réplicas o a ese callar que es el más importante en una sala escénica: el del público.

Blanca Portillo juega a ser ese académico despistado y enérgico que se pierde en los hilos de su propio parlamento. Sus brazos son alas con las que dibuja y acompaña las palabras que blande en un discurso que es un combate en sí mismo. De un lado, Portillo construye a un versado orador a la manera de los afamados políticos republicanos, con toque de grandilocuencia en determinados pasajes, coqueteando a ratos con los excesos de la vehemencia oratoria, más propia del exaltamiento político e incluso bélico (véanse los discursos de Queipo de Llano).

La actriz sabe medir sabiamente la subida y bajada de carácter y personalidad, sin que en ningún momento, tan arriesgado juego le lleve a la excentricidad. Portillo irradia inteligencia y naturalidad y algo asombroso e inédito, sus dotes como artista de mimo. Hay pasajes en que la actriz se desenvuelve como Marcel Marceau, dejando que su gestualidad se convierta en mensaje.

Es, sin duda, una genialidad buscada por Mayorga en su vertiente de director. El orador ficticio introduce el silencio (la mímica) en la elocuencia de su discurso. Portillo está simplemente deliciosa en estos pasajes de complicidad absoluta con el público, especialmente en los arriesgados minutos homenaje a la performance 4:33 de Cage.

Imágenes de Javier Mantrana

Hacia mitad de la función se produce un nuevo desdoblamiento. El Mayorga dramaturgo que se representa a sí mismo como orador se transmuta ahora en la actriz, Blanca Portillo, que confiesa ante el público el reto de representar a un orador que es un poco soso, y al que ha tenido que construir desde un gesto de la mano. Entiendan el truco: sobre el texto se muestra a un dramaturgo que se ve como un intérprete, y en escena se presenta a una actriz que se ve como un narrador.

A partir de ahí, hay un nuevo regalo para el público, que es la parte más didáctica del discurso original, Silencio, aquélla en la que se citan pasajes de piezas teatrales en las que el silencio hace entrada en escena. Blanca Portillo aparca esporádicamente al personaje del orador para entrar en un juego de meta-teatro, representando pasajes de obras como Antígona, El jardín de los cerezos o La casa de Bernarda Alba. En un espacio condensado de tiempo Portillo es capaz de representar a Poncia, Hamlet, Lopajin, Creonte… y con guiño absoluto hacia actriz y dramaturgo, Portillo vuelve a escenificar un pasaje de La vida es sueño, mítico montaje en el que su Segismundo salió encumbrado en dirección de Pimenta y versión del texto de Mayorga.

En este segundo acto se vive el prodigio de las dotes infinitas de Portillo para acometer cualquier papel. Los pasajes representan ese silencio explicado por el orador que tanta importancia tiene en el teatro. Conjugan bien con el leitmotiv del discurso y hacen justo retrato del portento escénico que es la Portillo, si bien caen en un ligero exceso ejemplificador que la pieza no necesita, apuntalada como está.

La escenografía de Elisa Sanz, con un juego de sillas y salón de actos en tonalidades ocres, y la iluminación de Pedro Yagüe, toman papel importante en este acto en el que impera una mayor acción dramática. Las sillas de académicos se convierten en tronos y en asnos, que sirven como muleta para acomodar estos nuevos espacios dramáticos creados a partir de la escenificación de otros textos.

A lomos de los grandes personajes de la dramaturgia corre Blanca Portillo hacia un final al que sólo se echa en falta una vuelta más dedicada hacia el protagonista de esta pieza, que es ese orador taciturno, ingenio absoluto de esta obra.

Permítanme que me aventure a proclamar que Silencio devuelve cetro y corona a una de las grandes actrices de nuestras tablas, y que Mayorga nos deja un regalo absoluto de un discurso que queda como vanagloria, no de sí mismo, sino del teatro y de sus misterios, y de una interpretación que quedará grabada con nombre propio.

La clá

www.lacla.es

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Silencio. Teatro Español.

www.teatroespanol.es

Duración aproximada: 100 minutos.

Imágenes de Javier Mantrana, cortesía del equipo de prensa del Teatro Español.