Los Secuestradores del Lago Chiemsee. Teatros del Canal.

Todo en esta obra tiene sabores clásicos, empezando por el título, Los secuestradores del Lago Chiemsee, que parece salido de una pieza de teatro norteamericano de los cincuenta. El título es añejo, el planteamiento también lo es, y sin embargo hay algo salvajemente osado y moderno en esta producción. Pero cada cosa a su tiempo.

La historia no es lejana en el tiempo. En 2010 el actor y dramaturgo Alberto Iglesias lee en la prensa que cuatro jubilados alemanes han sido condenados por secuestrar a su asesor fiscal. Al parecer les había estafado el dinero de la jubilación. A partir de esta noticia real, Iglesias imagina la planificación y el secuestro del estafador por un grupo de septuagenarios acomodados y otrora, seguramente, reputados profesionales.

El punto de partida, que coincide con el de la historia real, es perfectamente asumible. Si los ahorros de tu familia se hubieran desvanecido por una supuesta mala inversión hecha por un tipejo, ¿te quedarías cruzado de brazos?… Al fin y al cabo, ¿qué tienes que perder?… En ese punto es donde nace esta comedia de terror que parte de algo tan humano como es el estar de vuelta de todo.

Alberto Iglesias nos introduce a un grupo de amigos jubilados, entre los cuales hay dos matrimonios. Están en una bonita casa con jardín e invernadero. Es verano, y pasan tiempo disfrutando de conversaciones y comidas al aire libre. Con la misma naturalidad con la que sirven la mesa, han sido capaces de traer secuestrado a su fiscalista, al que irán torturando para obtener alguna pista sobre el destino de sus ahorros.

En esa perspectiva del mundo distorsionada que te da la vejez, y en el concepto propio de la moralidad que construye, hay un parentesco claro con la gran comedia del cine clásico que es Arsénico por compasión (1944) de Frank Capra. El propósito de los jubilados teutones es menos loable, pero no cabe duda de que tienen un sentido de la justicia propio que les emparienta con las adorables titas pías de Cary Grant.

La producción de la obra no puede tener más versado director. Mario Gas, con el que Iglesias ha trabajado previamente (es actor fetiche), está a cargo de la dirección, y la producción cuenta con sospechosos habituales. El conjunto, no puede ser de otra forma, es de una enorme calidad artística. Lo primero a alabar es ese bello prado verde, con casa y cobertizo, que es creación de Sebastián Brosa. Los modernos teatros desmerecen la impresionante construcción de Brosa, que seguro brillará el doble en coquetos teatros italianos. La música es también original, compuesta por Orestes Gas, y tendrá un lugar destacado como ligazón entre fundidos.

Vamos con la modernidad de esta obra, que no es otra que hacer de la obra una historia de personas mayores, interpretada por actores veteranos. Y menudo ejercicio de veteranía que se gastan. Juan Calot, Manuel Galiana, Alberto Iglesias, Gloria Muñoz, Helio Pedregal y Vicky Peña. Alberto Iglesias hace del sufrido asesor fiscal, y deja que el foco se lo lleven los maquiavélicos jubilados.

Helio Pedregal, con fabuloso vestuario de Antonio Velart, hace de líder de manada, con una voz que es un torrente. Juan Calot le de el contrapunto de cómplice con gesto menos grave. Manuel Galiana tiene un papel finamente bordado, al que le sabe sacar delicadeza. Es el tipo entrañable que no se sabe bien qué piensa, ni qué sabe, y que se mueve escurridizo y frágil, como su propio personaje.

Las mujeres son la hélice de esta obra, y menudo regalo que es ver a Gloria Muñoz y a Vicky Peña, dándose la réplica. Sentadas en las tumbonas van colocando los hilos argumentales en una conversación de tono casual. De nuevo, el vestuario de Velart resalta por la sutileza y el ingenio de colorido. Gloria Muñoz está radiante y guapísima (verán que es importante el elemento seductor que se gasta), y Vicky Peña aparece ataviada al estilo clásico americano, con un pelo que tiene vuelo propio de comedia. El dueto de estas dos cómicas es un tratado escénico en sí mismo, del que hay que observar con atención la gestualidad de cada ceja, la caída de cada frase.

La trama urdida por Iglesias tiene la gracia de capturar esa forma de hablar tan de matrimonio de largo plazo, donde cada comentario encierra un reproche y un cariño apolillado.

Termino con las osadías que esta aparente comedia negra a la vieja usanza encierra. De entrada, una producción rica y cara. Alabémoslo porque es una gozada disfrutar de tal colorido. La otra es un recurso de mucho riesgo, que es el fundido en negro para separar acciones. Gas se atreve a usarlo no una, sino varias veces, y el truco para que funcione es el acompañamiento de música, iluminación (de Paco Ariza) y una escenografía dúctil que permiten al mago hacer de las suyas.

La clá

www.lacla.es

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Imágenes cortesía de Barco Pirata.

www.barcopirato.org

Duración aprox.: 1 hora y 45 minutos