La valentía. Pavón Teatro Kamikaze, Madrid.

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En la cola del teatro, esperando a la entrada del ensayo general de “La Valentía” (la última de Alfredo Sanzol), está Carmen Maura. Le comento lo bonita que es la película “Volver”, que pusieron hace unos días en la televisión. Yo tenía el falso recuerdo de que ella era la madre muerta, pero me corrige y me dice, ¡qué va!, al revés, muy viva. “Cuando recibí el guion me pareció muy raro”, me cuenta, “pero, claro, era de Pedro, y me lo pidió”.

El teatro, siendo ensayo general, está hasta la bandera de amigos entregados: socios kamikaze, prensa, actores, gentes del teatro. El ambiente, como en cualquier función de este teatro, es una gloria de experimentar. Alfredo Sanzol hace los honores, agradece la presencia, y confía en que a todos les guste. Desde el arranque se ve que Sanzol va a honrar al género de humor clásico. Dos hermanas tienen una casa heredada en el campo. Una quiere venderla, da demasiado gasto. La otra no, porque ha estado siempre en la familia. Llegarán unos fantasmas (de verdad) a alojarse en fin de semana a través de Airbnb. Su propósito será convencer a la hermana que quiere vender. Pero ella tiene otros planes, y ha contratado a una empresa especialista en apariciones falsas, para conseguir el propósito contrario, persuadir a la que no quiere vender. El enredo se lo pueden imaginar.

Me asaltan referencias y no paro. Desde el clásico de ChéjovEl jardín de los cerezos”, con esa propiedad vetusta, imposible de mantener y que representa una ruptura generacional, un cambio de tiempos, un “fin de siècle”. Pero el tono de Sanzol en esta ocasión es mucho más liviano. Si normalmente este dramaturgo es el maestro del sabor agridulce, de la tragicomedia, aquí nos regala humor y despropósito en estado puro. Esta historia de valentía está mucho más cercana a uno de nuestros grandes, a Don Jardiel y “Los habitantes de la casa deshabitada”, que al escritor ruso. Me recuerda también a un peliculón de esos que se ve en la niñez y no se olvida. Una historia irlandesa de fantasmas en un castillo, en el que los falsos fantasmas se topan con los nuevos: Tonight is the night. Con los inolvidables Barry Fitzgerald y David Niven.

Parece claro que Alfredo Sanzol continúa con el homenaje a los clásicos que viene haciendo desde hace un tiempo. En “La ternura”, que le quedó redonda, se inventó un clásico shakespeariano con lenguaje en verso. Aquí torna hacia principios del XX para idear una comedia de enredos a la vieja usanza. Le acompaña (como viene siendo habitual) un reparto solvente de actores a los que dirige: Jesús Barranco, Francesco Carril, Inma Cuevas, Estefanía de los Santos, Font García y Natalia Huarte. Todos están dotados de humor, ya sea de tipo liviano o del más excéntrico, un poco acorde con el personaje. Hilarante es la escena de las pseudo-gemelas al estilo de la película de “El resplandor”. Mi toque preferido es el que Sanzol ha dado a uno de los asustadores, convirtiéndolo en un filósofo de medio pelo, que de cuando en cuando suelta alguna sentencia como ésta: “el ser humano es como un péndulo, o dice sí o dice no: si se queda en medio, se para”.

En “La valentía” Sanzol ha dejado que la historia respire sin cargarla de la fuerza habitual de sus textos. Es un puro divertimento en su juego autoral de explorar y homenajear distintas dramaturgias. Hay que destacar algo que también es marca de la casa Kamikaze: la cuidada producción escénica, con escenografía de Fernando Sánchez Cabezudo e iluminación de Pedro Yagüe.

Saliendo de ver “La valentía”, vuelvo a pensar en “Volver”, en la historia de dos hermanas que viven en la ciudad y que tienen una casa en el pueblo del que retorna un fantasma que no lo es (Carmen Maura), y pienso en las casualidades y en las coincidencias en el tiempo. En Sanzol y en la cola del teatro. Estas cosas sólo ocurren en el Pavón Teatro Kamikaze.

La clá

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Imágenes cortesía del Pavón Teatro Kamikaze. Fotógrafo Javier Naval.

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