El misántropo. Ensayo General, Pavón Teatro Kamikaze, Madrid.

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Miguel del Arco lo dice a menudo, los Kamikaze son una compañía y un teatro de repertorio. Gracias a ello podemos revisitar algunos de sus éxitos en el teatro que lleva su nombre.

Un problema de la cartelera teatral madrileña es que grandes montajes nacen y mueren rápido. Es imposible, por tanto, estar al día de todo lo bueno que se monta y siempre hay algo que se escapa. También hay mucho espectáculo bueno que se quiere volver a ver. Kamikaze nos está dando esa nueva oportunidad con algunos de sus emblemáticos montajes.

En el 2013 Kamikaze Producciones subía a escena “El misántropo” de Molière, en versión libre de Miguel del Arco. Cuatro años después repite producción (galardonada en su día con el Premio Ceres), con un montaje que estará un mes en cartelera.

Israel Elejalde protagoniza al desencantado Alcestes, frecuentador de una corte que, en versión contemporánea, se traduce en un grupo político, con simpatizantes, empresarios y enchufados. La acción se condensa en una noche de celebración en un local nocturno. No se mostrará el interior de la discoteca, sino el callejón trasero al que da la puerta de emergencia. En una sucesión de apartes bien encapsulados, se desarrollarán los encuentros entre Alcestes y el grupo de camaradas que forman parte de su círculo social.

Molière escribió una obra que reflejaba su estado de ánimo ante la censura de su Tartufo. Descontento con la hipocresía social, el dramaturgo francés dibujó en Alcestes una actitud de incomprensión y acritud que subrayaba el aislamiento del individuo frente a una masa informe de detractores.

Como ocurre en muchas piezas teatrales, la maestría del autor no se limita al buen perfilado de un personaje, sino a la creación de un antónimo o de otro personaje que potencie la personalidad de los caracteres. En el caso de Hamlet, el espejo convexo de su racionalidad es la frágil y dulce Ofelia. Y en el de Alcestes (un tipo gruñón y desencantado), su antagonista es Celimena, una “socialite” que practica el arribismo social.

Esta contraposición entre la férrea defensa de la honestidad salvaje que practica Alcestes, y los enredos y chismorreos en los que anda envuelta Celimena, es parte de la maestría de esta pieza teatral, y cubre la esencia de algo que sólo se aprende con los años. Me refiero a la atracción que las personas sienten por otras, y que desvela la irracionalidad de aquéllo que se llama (según el caso): atracción, deseo, amor o afecto. En puridad Alcestes debería odiar a una mujer como Celimena, que condensa todo lo que él critica. Y la propia Celimena debería obviar el afecto hacia Alcestes, un tipo con poca proyección social. Pero, pese a ellos mismos y al entorno social que los envuelve, no pueden evitar atraerse y moverse por ese deseo irracional hacia el otro. La trama les irá acorralando para que cada uno decida entre su proyección personal y el deseo de estar con el otro. Molière, como gran dramaturgo, nos presenta a unos protagonistas con aristas, que padecen sus propias inconsistencias.

Destaco este elemento de la dramaturgia original, pero la realidad es que la obra es muy coral, y Miguel del Arco ha reforzado, en su montaje del original, la despolarización de los personajes. Si el arranque de la obra es para Alcestes (Israel Elejalde), el segundo tercio será para Celimena y el grupo de personajes que forman la corte política.

La versión de Miguel del Arco ha suprimido mucho del lenguaje en verso, adaptándolo a una forma de expresión contemporánea. Celimena se expresa a golpe de “cariño”, esa forma cínica de hablar que expresa todo menos un verdadero afecto. Woody Allen se mofó también de ese tipo de expresiones en la película “Broadway Danny Rose”, en la que el decadente cómico llamaba a todo el que pasaba por su lado “darling” y “sweatheart”.

En cuanto al ritmo del montaje, la obra empieza en alto. La entrada de presentación de la misantropía de Alcestes se hace a través de uno de los diálogos más finos del texto, el que mantienen dos amigos, Raúl Prieto (Filinto) e Israel Elejade (Alcestes). El duelo dialéctico se produce entre pares, algo que se repite en toda la obra. Si Elejalde tiende a brillar en sus interpretaciones, aquí opta por un apagamiento pretendido que refuerza el aislamiento de su personaje, bifurcando la atención el resto del elenco. Tiene en Raúl Prieto a un camarada que está al quite, y que se mueve entre la comprensión y el cinismo hacia su propio amigo.

El poeta malogrado (Orontes) es interpretado por Cristóbal Suárez, actor que cuenta con tal porte interpretativo y físico, que simplemente se lleva de calle la escena musical. Con una chaqueta verde histriónica, parece un Jeremy Irons salido del colegio universitario en Retorno a Brideshead, al mismo tiempo que adopta un carácter cómico que no le hace perder en ningún caso la distinción, al viejo estilo hollywoodiense.

La otra protagonista de la función es Ángela Cremonte, que nos hace ver a Celimena con los ojos de Alceste. Es seductora, carismática, inteligente y ágil en sus juicios sociales. Celimena se mueve entre el terreno de la duda, es decir, entre la pose y ella misma, generando también un sentimiento de duda. Todas estas cualidades las capta la actriz, haciendo que Celimena sea un personaje grato de ver, pero de comportamientos deleznables.

Hacia el final vuelve otro de los momentos álgidos con la entrada de Manuela Paso, en el papel de Arsinoe. Con buenas hechuras cómicas, la actriz saca a pasear a esta sibilina amiga. La escena de enfrentamiento entre ella y Celimena, es otro de los picos de la función, con Ángela Cremonte y Manuela Paso lanzándose dardos envenenados, a la más pura tradición cortesana.

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Como en otras producciones kamikaze, el tercer personaje es la escenografía, que actúa por sí sola y revela gran parte del sentido de la obra. La elección de un patio callejero en la parte de atrás de una discoteca posiciona la acción. Estos personajes tienen una máscara con la que actúan en sociedad, es decir, en la fiesta que se celebra dentro del local, y de la que se irán destapando en esa zona escondida, de sombras y secretos, que es el callejón. La sustitución del poema de Orontes por una canción, y el resto de elementos musicales, acerca el montaje a tiempos más actuales. Además de la escenografía de Eduardo Moreno, otro de los aciertos es la coreografía de Carlota Ferrer.

Israel Elejalde ejecuta, durante buena parte de la obra, una actuación por contención o reflejo de sus semejantes. Con pose de funcionario de vida triste se aísla, mientras el resto baila, canta y ríe. La escena de proyección lumínica hacia el personaje de Alceste, con el grupo fiestero danzando a cámara lenta a su alrededor se introduce en la acción, como si fuese parte de la propia interpretación del personaje.

La reinterpretación de clásicos por parte de la compañía Kamikaze pasa precisamente por levantar el velo a los encorsetamientos, y tener la valentía de usar recursos contemporáneos. La poesía se sustituye por música, la corte por políticos de partido, el vino por droga y el verso por lenguaje directo.

No es de extrañar que hordas de adolescentes estén acudiendo al Pavón Teatro Kamikaze a ver obras clásicas. Los montajes kamikaze hablan en un lenguaje directo y actual, respetando la esencia de la gran dramaturgia.

La clá

www.lacla.es

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Pavón Teatro Kamikaze

http://teatrokamikaze.com/

Fotografías de Eduardo Moreno.

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