Un tranvía llamado deseo. Young Vic Production. Cines Yelmo Ideal, Madrid (National Theatre Live).

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Yendo un día en autobús entró una mujer en la parada del autobús 40, justo enfrente del cine Palafox. Hablaba por el móvil y contaba a una amiga, un poco fanfarroneando, que acababa de salir de la ópera. Era una verdad a medias. Había visto una ópera sí, pero en el cine. Es la iniciativa Ópera en el Palafox que permite ver los mejores espectáculos de ópera en cartel, bien en diferido o en directo.

Recientemente los cines de la cadena Yelmo se han unido al circuito de distribución de espectáculos teatrales. National Theatre Live es un programa de grabación de producciones en cartel de teatros británicos que permite ver en directo, principalmente en cines de Reino Unido, obras que están siendo representadas en la capital. En España, pueden ahora verse en diferido los últimos montajes gracias a la iniciativa de los cines Yelmo. El primer estreno fue “Frankenstein” con el gran actor de moda, Benedict Cumberbatch, que representa el estilo interpretativo, e incluso físico, de la más arraigada tradición teatral británica. Al verlo en series como “Sherlock”, de la BBC, en la emocionante película “Atonement” o, más recientemente, en “The imitation game”, queda claro que sus trabajos vienen acompañados del sello “so British!”.

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El pasado 15 de enero, siguiendo la recomendación del crítico Marcos Ordóñez en El País, fuimos muchos los que llenamos la sala de los cines Ideal Yelmo, en la plaza Doctor Cortezo de Madrid, para ver la producción de “A Streetcar named Desire” montada en el Young Vic. Entre el público madrileño se adivinaban muchos actores locales, grupos de británicos expatriados y una gran masa de aficionados teatrales. La impresión fue unánime. Todos encantados con esta experiencia a medio camino entre el teatro y el cine. Y con la sensación fanfarrona de haber podido disfrutar de uno de los recientes montajes de moda en la capital londinense.

Vamos por partes. Primero con la impresión de la grabación fílmica y luego con el montaje de la obra de Tennessee Williams.

Las grabaciones de los montajes del National Theatre Live son de un resultado tremendamente efectivo. Se producen en vivo mientras se representa el espectáculo, por lo que no hay espacio para el error. Desconozco si las versiones distribuidas para el diferido tienen posproducción, pero en todo caso la calidad de toda la grabación es admirable. Se colocan cámaras a lo largo del auditorio para lograr que el público del cine tenga la mejor butaca de patio. En la producción del Young Vic, el reto debió ser aún más complejo al tratarse de un escenario circular, rodeado de espectadores y sobre el que se alzaba el apartamento de Stella y Kowalski.

La intención con la continua combinación de planos cortos y medios es conseguir captar el espectáculo desde dentro, capturando las emociones de los actores. Pero, claro está, el virtuosismo de esta producción nunca alcanza, ni puede hacerlo, la esencia pura del teatro. Su inmediatez, la sensación de que uno está asistiendo a un vuelo sin motor, en el que cualquier cosa puede impactar sobre la representación, haciéndola así única.

Por otro lado, la diferencia entre el teatro y el mundo audiovisual es la perspectiva. El director de escena y los actores ofrecen una particular visión, sin duda, pero queda a elección del espectador la decisión sobre qué quiere mirar. Por el contrario, la pantalla ofrece una única mirada. Llevado a la grabación de “Un tranvía llamado deseo”, y pese al esfuerzo extraordinario de los equipos técnicos por atrapar todo lo que ocurre el escenario, al final la cámara secuestra la visión. En un plano de Blanche Dubois explicando su llegada a Nueva Orleans, no es posible que un espectador opte por fijarse en la reacción de Stella. Debe esperar a que la cámara decida ofrecérselo. Y aquí se pierde también otro de los atractivos del teatro.

Dicho todo ésto, insisto de nuevo en que aún no siendo comparable con la siempre experiencia irrepetible del espectáculo en vivo, el programa que ofrece la cadena Yelmo es una cita imprescindible para cualquier buen aficionado al teatro. El espectador de cine no podrá decir aquello de “yo estuve allí”, pero sí presumirá de haber escuchado el acento sureño de Gillian Anderson o conocido de primera mano la puesta en escena del montaje.

Vamos ahora con lo teatral.  Lo dijo en 2004 Arthur Miller. Tras la producción de Elia Kazan, y las icónicas interpretaciones de Brando, Leigh, Hunter y Malden, los personajes de la obra de Tennessee Williams se habían “convertido en figuras de piedra con ojos en mármol”. La película es un espejo de circo que ha venido devolviendo, ingrata, una visión grotesca de cualquier producción.

Por eso la obra es para valientes. Mario Gas y Vicky Peña la representaron no hace mucho en el Teatro Español (ver crónica en La clá). Y este verano, en el Young Vic, el australiano Benedict Andrews puso en escena el mito. Su producción es una toma de postura osada, desacertada a ratos, pero capaz de dar una nueva tonalidad a la representación respetando el texto en su integridad.

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El tranvía de Andrews es violento, sexualmente complejo y arrabalero. Las escenas más violentas (escondidas por Tennessee Williams tras un velo), se vuelven materia y carne en el montaje de Andrews.Blanche Dubois es una persona inestable, pero con una tonalidad sureña llevada al límite, Gillian Anderson suprime parte de la agresividad pasiva que siempre se le ha presupuesto al personaje. Blanche Dubois no es ya Vivien Leigh, es una mezcla entre Sookie Stackhouse (el personaje de Anna Paquin en True Blood) y Glenn Close. Delirante y excesiva, pero principalmente en sus diálogos, que siempre parecen terminar en una risa neurasténica. En la gestualidad, Gillian Anderson consigue contener los ademanes del personaje para evitar desbocarlo. Su discurso ya es de por sí suficientemente violento.

El resto del reparto también se mueve en el precipicio.  Ben Foster es un Stanley físico, como lo fue Brando, pero traído a tiempos más contemporáneos. Con tatuajes, músculos de gimnasio y una forma de ser rozando lo “hooligan”. Corey Johnson hace un Mitch redondo. La verdad es que quizás sea el personaje más seguro y al que cualquier buen actor puede sacarle la sutileza del bonachón humilde de cuerpo grandote.

Y luego está el papel de Stella, personaje al que personalmente tengo devoción. Es la hermana pequeña y común, que ha conseguido casarse con un tipo fuerte y guapo. Es sumisa frente a su marido, y en sus reacciones se le intuye que junto a Stanley Kowalski se va a construir un futuro oscuro, de maltratos e infidelidades. La interpretación de Vanessa Kirby no me convenció hasta bien entrada la obra. Demasiado guapa y demasiado desinhibida. Pero en su interpretación va tejiendo algo muy interesante y poco recalcado en ocasiones: la dependencia y el amor profundo hacia su hermana Blanche. Paradójicamente, en la escena más icónica de toda la obra, y pese a haber ganado todos los rings previos Gillian Anderson, la joven Vanessa Kirby conmueve con su desgarro en esos últimos pasos de su hermana en compañía de un extraño. El público vibra ante una Stella que se ve despojada de su hermana, a la que quiere y compadece.Los desaciertos del montaje son quizás accesorios. El vestuario de Blanche Dubois es un elemento importante de la pieza teatral. Williams lo describe como poco adecuado a su edad, ridículo y principalmente blanco (contrasta así el simbólico blanco virginal con la disoluta vida de la maestra sureña). La vestimenta de Blanche es la primera pista sobre su forzada impostura.  En la producción del Young Vic el armario se torna demasiado vistoso y quita protagonismo a lo esencial, a ese discurso alcoholizado y demente de Blanche.

Una de las grandes sorpresas de la grabación de “A Streetcar named Desire” es la posibilidad de espiar de frente al público que sí vio en vivo la representación. Un público en su mayoría jovencísimo, en contraposición a la mediana edad que suele acudir a los teatros de aquí.

Al terminar la película sobre la obra, la reacción del público madrileño fue unánime. Radical interpretación del tranvía, pero tremenda la oportunidad de ver en plena plaza Sol, a poco más del precio de una entrada de cine, uno de los espectáculos más sonados de la reciente cartelera londinense.

En febrero y marzo podrán verse nuevas producciones en un único pase. Imprescindible anotarlo en la agenda.

La clá

www.lacla.es

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Teatro en pantalla gigante. Programa de los cines Yelmo:

http://www.yelmocines.es/teatro

A Streetcar named Desire, Young Vic:

http://www.youngvic.org/whats-on/a-streetcar-named-desire

National Live Theatre:

http://ntlive.nationaltheatre.org.uk/

Imágenes por cortesía de National Live Theatre. Fotógrafo: Johan Persson
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