La escopeta nacional. Teatro Español.

Menuda osadía atreverse a convertir un guion cinematográfico de Azcona y Berlanga en una pieza teatral y posiblemente una de sus películas más emblemáticas, “La escopeta nacional”. Con dirección de Juan Echanove y adaptación de Bernardo Sánchez Salas, el Teatro Español termina temporada 25/26 tirando la casa por la ventana, con enorme reparto y equipo artístico. Un goce ver que las tablas del Teatro Español apuestan por un reparto coral y gran producción, como es propio de un teatro de su envergadura. Bernardo Sánchez Salas es un experto “azconiano”, y ya realizó la adaptación de guiones como El verdugo o El pisito, con gran éxito. En esta ocasión tiene el mérito de mantener los mimbres reconocibles de la obra, con algún toque divertido, como la mención a Bárbara Rey o Mónica Randall, o la introducción de muy apropiados números musicales para introducir dinamismo.

Me divierte de esta producción elecciones tan eclécticas como, en unos casos, respetar hasta los huesos algunos de los personajes, y en otros, optar por alejarse totalmente de los originales, muy marcados todos por los actores que los interpretaron. Luisa Martín está hilarante como la mujer tuerta y cornuda, que en su día interpretó Amparo Soler Leal. Esta mujer magullada y extravagante, vivificación femenina de Millán – Astray, es una de las señas identitarias de la película y, con acierto, ha sido elegida como cabeza de cartel en la publicidad del espectáculo. La actriz Luisa Martín hace un papel memorable en una de las mejores escenas de la función, con un genio de tronío. Otro que rinde homenaje es el actor Pedro Mari Sánchez, con un cura tan gesticulador de brazos, como el que compuso Agustín González. Pero el resto son composiciones distintas en sus tonos, la más diferente es la del Marqués de Leguineche, con Enrique Viana dándole un toque más serio y brabucón.

El protagonista de la película fue José Sazatornil, que se las pasa medio arranque hablando en catalán y queriendo colocar sus telefonillos, mientras todos los estamentos del Estado (empresarios, militares, curas, marquesas y miembros del Opus Dei) tratan de sacarle los cuartos. Pere Ponce coge el testigo de tan emblemático papel, y se la juega dándole una composición propia. Es el gran triunfador de la noche que se lleva toda la complicidad del público con su desconcierto ante los continuos sablazos que se lleva. Ponce es un animal de las tablas, y brilla como empresario típicamente catalán.

La dirección de Juan Echanove es vivaz y tiene muy buena composición rítmica. El único flanco suelto es la escena de caza, que quizás se resiente de la falta de profundidad del decorado. El cortijo de la cacería, típicamente castellano, es manufactura de Isi Ponce y da un fantástico aire castizo y retro al conjunto.

Aproveché, como muchos (imagino), para ver la película de nuevo y rendir mi propio homenaje a Berlanga y Azcona. La película, como la obra de teatro, sorprende por haber capturado los poderes vivos que han ido dando quebraderos de cabeza a nuestro país. El desarrollismo desaforado, la corrupción política, el arribismo social, el machismo, los poderes ocultos tras el Estado, todo salpicado por ese gusto por el buen comer y el buen beber. Apena ver que en algunas cosas no hemos cambiado tanto y que el verde pardo y las corruptelas siguen siendo parte de nuestra identidad. Lo importante, en todo caso, es que podamos seguir riéndonos con los arquetipos y honrando a nuestros genios artísticos.

La clá

www.lacla.es

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