
El argumento narrativo de El jardín quemado, la última obra teatral montada por Juan Mayorga y escrita en 1997, se desarrolla en un trozo de tierra rodeado por mares. Hay algo muy poderoso a nivel narrativo en torno al concepto de isla, tanto que la ficción encuentra un buen espacio imaginario cuando desarrolla su acción en estos grupúsculos que parecen salpicar, como motas, mares y océanos. Una isla es un entorno entrópico y aislado, que depende de otros medios para comunicarse con territorios peninsulares. Forma, así, una suerte de caverna platónica en la que necesariamente conviven dos realidades, la de los isleños, y la traída por el mar, siempre cargada de expectativa, amenaza o incertidumbre.
A nivel teatral William Shakespeare imaginó una isla ficticia sin nombre en La tempestad, una pieza en la que habitaba un ser grotesco, Caliban, con ecos del Segismundo de La vida es sueño de Calderón de la Barca.
Toda esta tradición teatral y filosófica la ha absorbido Juan Mayorga en El jardín quemado, la historia de una isla psiquiátrica en la que hay grandes misterios por resolver. Ahora que el director cinematográfico Nolan inunda la cartelera con su nueva película, La Odisea (plagada de islas), pienso en las coincidencias argumentales entre El jardín quemado (1997) y la película de Nolan Shutter Island (2010) ambas ambientadas en una isla que alberga un centro psiquiátrico en el que hay un gran misterio por resolver, y donde los enfermos encierran secretos inexpugnables. Curiosamente, encuentro en esta pieza de Mayorga una cualidad fílmica muy marcada, algo que no es de sorprender en su autor (recordemos que El chico de la última fila fue llevado a pantalla por François Ozon).
La historia de El jardín quemado se desarrolla en la época de la caída del régimen dictatorial en España. Una médico psiquiatra, Loreto Mauleón, llega a esta isla que no se nombra para visitar el centro psiquiátrico dirigido por otra médico, Adriana Ozores, con el objeto de averiguar qué fue de un ilustre pasaje de intelectuales republicanos que aparentemente desembarcaron en la isla durante la guerra civil, y que pudieron encontrar allí escondite durante las décadas en las que España estuvo regida por el dictador. Con poder para inquirir e investigar, la doctora querrá hablar con los internos psiquiátricos en busca de aquellos afamados intelectuales que desaparecieron de las crónicas. Mayorga imagina, además, a un poeta insigne de la República, que de encontrarse encarnaría los valores más altos de la cultura. Una suerte de Lorca que, de ser encontrado, serviría como redención y de faro a la nueva etapa por venir.

La trama se desarrollará en los interrogatorios que la inquisitiva doctora realizará a los enfermos, tratando de desenmascarar una locura ficticia. Hay un muy buen intercambio de pareceres entre las dos médicos, la primera viene cargada de certezas y propósitos, mientras que la segunda practica un método en el que las personas viven sin barreras, abogando por una disciplina psiquiátrica que alienta el mundo que habitan los enfermos psiquiátricos.
En este punto Mayorga apuesta por representar una segunda isla, la que habita en nuestra alma y en nuestra psique, y que es una construcción de la realidad que habitamos. Uno de los enfermos canta ópera, otro juega una partida de ajedrez interminable; está el que vive rodeado de perros a los que trata de domesticar y amaestrar, y finalmente hay un misterioso y callado enfermo que esconde el mayor misterio. Cada uno representará una escena reflejando su propia locura, con unos matices que hacen que la obra gane puntos enteros pasado el arranque. Detrás de las nieblas mentales, la doctora, encomendada a su misión de desenmascaramiento, espera desvelar el artificio y enmendar, al menos, uno de los males que trajo la guerra civil española, la del exilio o la desaparición de muchos intelectuales.
Entre las escenas, Mayorga vuelve a traer los perros a su drama. El loco que trata de amaestrar a unos perros con nombres de filósofos, está emparentado con La paz perpetua, aquella obra montada para el CDN y que pude ver en torno al año 2008, en la que una jauría de canes se batía con dilemas éticos. A través de los perros expone Mayorga esa lucha inacabada entre lo visceralmente pasional y afectivo, con la intelectualidad del individuo.
La actriz Mariana Ozores juega en esta historia un papel fundamental. Su rol es, en parte, la representación de la cicatrización de una España herida y magullada, que ha trabajado por recomponerse, aunque aquello se consiguiese sólo a través de la creación de nuevos mundos imaginarios. Su personaje habla sin desvelar, evita alzarse con la razón, y no busca tanto la justificación de sus acciones como la exploración del contexto en que la isla (España) estuvo expuesta. Su trabajo es de una inteligencia interpretativa formidable. Hay que alabar a un reparto de actores (Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias, Mariano Llorente, Loreto Mauleón) muy duchos y compenetrados, que además despliegan habilidades escénicas tan diversas como el mimo o el canto. Juan Gómez-Cornejo hace, como es propio en él, un trabajo enorme con la iluminación, que refleja los velos que se irán levantando en el transcurso de la acción.
Creo que Mayorga (autor que reescribe a menudo obras propias con las que se sigue reencontrando y batiendo) ha dado con un final tan bien resuelto, que da al conjunto de la pieza un acabado irreprochable y sabio. No hay redención hacia el pasado, ni justicia vengadora que restituya aquel jardín quemado que fue la pérdida de una intelectualidad rica en los años de la posguerra. Muchos exiliados y difuntos no saldrán de sus países de acogida ni de sus tumbas, algunas (como bien sabemos) ni se encontrarán. Y, sin embargo, España saldrá adelante, con un espíritu conciliador alejado de certezas, fanatismos y verdades absolutas. Y aunque algunas tierras yermas y estériles nos despojaron de la poesía, como sociedad pudimos avanzar entre cenizas.
La clá
www.lacla.es
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El jardín quemado
www.teatroabadia.com/
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Duración
1 hora y 40 minutos
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Imágenes
Javier Naval, cortesía del equipo de prensa del Teatro Abadía
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Texto y dirección
Juan Mayorga
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Iluminación y escenografía
Juan Gómez Cornejo (iluminación) y Elisa Sanz (escenografía y vestuario)
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Reparto:
Jesús Barranco Miguel Hermoso Joserra Iglesias Mariano Llorente Loreto Mauleón Adriana Ozores

