Un tranvía llamado deseo. Teatro Español.

Enfrentarse a “Un tranvía llamado deseo” (Tennessee Williams, 1947) es batirse con una deidad escénica. Tanto, que la empresa asusta. No sólo al elenco, sino al propio espectador que conozca bien la obra. Para quien la haya leído, sabrá que la obra es un prodigio de sutilezas, tiempos bien marcados, matices que se descubren poco a poco. Arthur Miller se equivocó cuando habló de los personajes de la obra como “figuras de piedra con ojos de mármol” (lo hizo en el prólogo de una nueva edición de 2004). Cada vez que he visto la obra, noto las fuertes resonancias con nuestra realidad, hoy lamentablemente con fuerzas renovadas. Tennessee Williams habló de un sur habitado por segundas y terceras generaciones de inmigrantes europeos que no se reconocían como iguales entre sí. Los rudos polacos no podían asemejarse a los trabajadores irlandeses o a los elegantes franceses. Y, sin embargo, a todos les unía la pobreza de unos países de origen que les había empujado a los barcos hacia el Nuevo Mundo.

Parecería que hay poco en el parlamento de Stanley Kowalski con lo que nos podamos sentir identificados. Y, sin embargo, cómo no asentir con el grito de rechazo de este hombre ante el esnobismo de las hermanas.  “¡Yo no soy polaco!”, exclama, “¡yo soy americano al cien por cien, nacido y criado aquí, el mejor país del mundo y me siento muy orgulloso!”. Algo así pueden estar gritando muchos de los manifestantes del barrio de Paramount en Los Angeles estos días frente a las políticas racistas de Trump.

En cuanto a las dos hermanas Dubois, son mujeres sometidas a maltratos sociales de índole diferente. Stella es más llana y humana, de una juventud pasional que le lleva a enamorarse hasta las trancas de un hombre que deja entrever a un maltratador de libro, eso sí, en plena construcción. Stella huye de la miseria, que en su caso es la soledad, refugiándose en las amplias hechuras de Stanley. Blanche es un personaje de sensibilidades e imperfecciones variadas que, a medida que pasan los años, cubre los matices de todo tipo de personas que uno se puede ir cruzando. Blanche es, para mí, infinita, y es quizás uno de los personajes más absolutos de la ficción. Lo que claramente tienen en común Blanche y Stella (aparte de una infancia compartida y una mansión chejoviana, similar al jardín de los cerezos) es que su autor, ofreciéndoles una ventana de salvación, las hunde en un destino marcado. Shakespeare, siempre.

El “tranvía” tiene otra dificultad, y es que su puesta en escena se bate con una obra maestra del cine, la rodada por Elia Kazan en 1951, que fue revulsiva por su sabor teatral y su fuerza fílmica. Marlon Brando creó un icono con camiseta sudada de tirantes, glorificando el Método Stanislavski. Kim Hunter vivificó la simpleza de una chica que, con mucha consciencia, decide dedicar su vida a su hombre. Karl Malden se llevó el Oscar por uno de esos personajes que muestran algo de ternura en un infierno de asfalto. Y Vivien Leigh huyó de una Escarlata valiente y corajuda, y optó por una mujer superviviente, demasiado débil en sus querencias.

Y luego está el quinto personaje, que es el barrio de Nueva Orleans, al que se llega cogiendo un tranvía cuya última parada es “Desire” (deseo). Un lugar en el que el calor se pega a los ropajes y a las paredes y donde el alcohol es la única salida de un entorno demasiado tórrido. Las luces, el sonido del tranvía, los tonos de jazz, los apartamentos que son soluciones habitacionales… conforman una presencia tan palpable como la de los protagonistas.

El director David Serrano se ha atrevido a montar la pieza, y lo ha hecho valiéndose de algunos de los aciertos que tuvo Kazan. La obra es una pieza teatral, pero tiene una sonoridad fílmica que Serrano (director teatral y cinematográfico) ha sabido combinar. Y el truco ha estado en el uso de un espacio sonoro que acertadamente opta por no cubrir el texto, sino que lo abriga, usándose principalmente en los cambios de escena.

Confieso que tenía reticencias hacia una puesta en escena clásica de la obra, quizás porque (muy equivocadamente) preveía algún desacierto. Sigo pensando que el Tranvía podría llevarse a un barrio de extrarradio, y jugar con los acentos españoles. La producción de Serrano no va en esta línea, sino en la de la producción de Mario Gas, que adora a los dramaturgos americanos, y que puso en escena en el año 2011 con una tonalidad clásica. La de Serrano, por varios motivos, es un montaje mucho más redondo que el de Gas.

David Serrano, arriesgándose a honrar al original, ha logrado que la peripecia sea aún más loable. Una modernización del texto o una mirada más contemporánea pueden servir en ocasiones como un añadido que mejore al original. Aquí no hay nada de eso, clasicismo al puro estilo teatral, pero vaya que si funciona. La escenografía es de Ricardo Sánchez Cuerda, que juega con los verdes y los rojos como tonalidades, en un tono muy cinematográfico que recuerda a la paleta de Pedro Almodóvar (un enamorado, por cierto, de la pieza teatral, no olviden que su productora se llama El Deseo). Luego está el vestuario de Ana Llena que es especialmente complicado en una actriz tan alta como Nathalie Poza, que debe ser una Blanche Dubois atractiva, infantilizada, devoradora, ridícula y vampírica, según el momento de la acción. Sin excesos por ninguno de los costados, el vestuario se amolda bien a los vaivenes del personaje. La iluminación, acertadísima, es de Gómez-Cornejo. Y especial referencia al espacio sonoro de Luis Miguel Cobo. Es, de la puesta en escena, la parte que destaca por su absoluta sincronización. Con tonalidades jazzísticas, la música acompaña en transiciones, subrayando el elemento sureño, pero sin entorpecer la acción: un excelente trabajo. El único elemento del conjunto que distrae es la lluvia hacia al final, el resto va bien en sintonía para crear ese aire de Nueva Orleans.

La importancia de “El tranvía llamado deseo”, es el ingenio con el que Williams supo construir a los personajes. No hay ninguno desdibujado, ni desmerecido, frente a la portentosa construcción de una mujer que ha sido vilipendiada (víctima) y abusadora (verdugo), y que vive en todo momento a dos palmos de distancia de un vaso de alcohol. Stella Kowlaski es un personaje absolutamente esencial de la pieza. Quien se fije verá que tiene mucha más presencia en el texto que el vigoroso Stanley. Ella es fundamental para entender el contraste entre la rebeldía natural de Blanche, y esa aceptación sumisa y consciente de la realidad. María Vázquez captura la totalidad de la esencia de Stella. Su enganche al polaco es palpable, como también lo son sus cabreos. Fallar en el personaje de Stella es tirar toda la pieza por la borda y María Vázquez nos hace congeniar con esa mujer a la que adivinamos un futuro cercenado a base de palizas y abusos maritales.  Esta producción sobresale porque Stella tiene el foco que merece, sin que las poses del marido polaco distraigan.

Pablo Derqui es Stanley, y en él subraya unos caracteres que tienden a olvidarse si recordamos la fuerza sexual de Brando. Kowalski es un tipo duro, con una inteligencia de superviviente (ha sido combatiente en la guerra) y que sabe algo del Código Napoleónico. Un hombre directo con pocos miramientos hacia las mujeres (salvo en la cama), y que ejerce de líder en el grupo de amigos. Carece además de modales, lo que se nota en su forma de hablar y de comer. Derqui, que es un prodigio escénico, va a crear un Kowalski que atrae por su dureza, su poder desmesurado y por su rudeza. Sus gritos de “Stellaaaaa” son los de un león en la Sabana. Y consigue estremecer (recuerden, su papel no tiene tantas líneas como podría parecer), cuando entra en escena. Con su saber escénico, Derqui presenta a un Kowalski al que se le intuyan las palizas, antes de darlas. No es un tipo sexualmente atractivo, pero sí muy sexual. Lo que es, principalmente, es un hombre deleznable, que esconde el esbozo de un futuro monstruo. Pablo Derqui sabe domar el temperamento del “león polaco”, haciendo que ruja sólo lo justo. Como en las buenas películas de miedo, aterroriza más lo que se adivina que lo que se despliega, y esos son los látigos que emplea Derqui con su Stanley Kowalski.

El cuarto personaje principal es el de Jorge Usón. Representa la bonhomía, la simpleza, la cobardía pasiva y el candor de un hombre que dedica su vida al trabajo y a una madre eternamente enferma. Usón le da a Mitch ese punto de torpeza y de lechón, también de macho herido. El espectador tiene que desear que Blanche se vaya con ese tipo grandote, y Usón sabe trenzar esa liana.

Es una pena que “El tranvía…” caiga en final de temporada. El cine americano sabe que para ganar premios hay que estrenar durante lo que se conoce como “la temporada de premios”. Lo digo porque la interpretación de Nathalie Poza es de campeonato. Blanche Dubois es un personaje endiablado, que debe provocar un espectro enorme de emociones en el espectador. Poza ofrece una interpretación muy respetuosa con el clásico, que como la de Derqui no cae en la trampa del referente de Brando y Leigh. Las líneas de Dubois, que son una especie de ensoñación deformada, son habladas con una perfección absoluta. Nuestro idioma no puede imitar ese acento sureño americano, así que Poza opta por dar un timbre balbuceante a ratos, con un toque aniñado justo. Su predicamento es tan frágil como lo son sus ademanes, balanceándose en un mundo de dobles verdades. Nathalie hace un trabajo de ejecución que recuerda a una bailarina, con unos gestos que buscan subrayar los retazos con los que vamos componiendo el lienzo de Blanche. Es una obra tremendamente exigente para el personaje principal, destinada sólo a actrices con mucha solvencia. Vicky Peña estuvo a la altura en el montaje de Gas, pero le faltaba la credibilidad del elenco en conjunto. Aquí Nathalie Poza puede sentirse arropada porque el resto de los actores han tejido bien esa tela de araña que Blanche se ha tendido como trampa. El tono vampírico es espeluznante en la escena del joven que aparece. Como lo es ese momento hermosísimo en que Stanley coge las cartas de su joven marido, y ella se comporta como una vajilla que se hace añicos.

Siendo una composición colectiva con una sobresaliente manufactura, hay que reconocer en esta ocasión la brillantez y la entrega de Nathalie Poza, en un trabajo que hace que el público se levante al final de la actuación. Una actuación que me temo queda fijada para cualquiera de nosotros. A ver quién rompe la marca de esta Blanche Dubois.

La clá

www.lacla.es

Una producción del Tranvía clásica y notable.
5.0
Description
Una muy equilibrada producción en tono clásico de David Serrano. Destaca una aproximación inteligente de Derqui hacia Stanley y un espacio sonoro muy fílmico. Nathalie Poza crea una Blanche Dubois de esas que quedan en la memoria colectiva.

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