
Llega a Viena una retrospectiva sensacional organizada en torno a la artista del performance, Marina Abramovic. Inicialmente comisariada para la Royal Academy of Arts londinense, el museo Albertina Modern, ahora la acoge en su sede de la capital austriaca. La ciudad vienesa recibe al visitante con carteles de Marina en pleno grito.
He visitado las dos exposiciones, con una diferencia notable. La primera, la de la Royal Academy of Arts de Londres, se benefició de un espacio mayor, en el que el recorrido y la sensación de descubrimiento se afianzaba a medida que se transitaban las largas salas. Ahora bien, la visita a la misma exposición en Viena, me llegó tras un mejor entendimiento de la artista y de su obra previa. Entre las dos exposiciones he leído mucho sobre la artista. De entrada, su relato autobiográfico publicado por la editorial Penguin, Walk through walls, que supone un repaso por todo su trabajo artístico. La editorial ha tenido el acierto de no cambiar la voz de Abramovic, se nota su inglés no nativo, y sus construcciones lingüísticas más limitadas, pero tiene la virtud de hacer su experiencia artística narrada algo más visceral.
Para quien visite la exposición, recomiendo hacer alguna lectura previa y adentrarse en el universo de la artista serbia. El arte de Abramovic surgió en los años setenta y tiene un componente muy conceptual. A través de sus ejecuciones artísticas, la artista ha cuestionado el objeto artístico (que en ella se convirtió en su cuerpo o en el del espectador), la transitoriedad del arte (realizando ejecuciones efímeras donde el tiempo – traducido en horas o días – es parte de la obra), el dolor social (la guerra en los países balcánicos o la caída de las Torres Gemelas en Nueva York), y la participación del espectador como elemento que completa la ejecución.
Su arte, que en la ejecución es muy sensorial y conecta con las personas, lo es menos cuando se observa como documento historiográfico. Colocarse frente a una mesa con 72 objetos, entre ellos una pistola y una bala, no dice nada al visitante no versado. Hay que saber que esa mesa es una reproducción de los objetos que se colocaron en su emblemática performance Rythm 0 (año 1974), en la que la artista invitó a los visitantes de una galería italiana a usar los objetos sobre ella, eximiendo a cualquiera que lo hiciese de responsabilidad. Durante seis horas, Marina fue pintada y lesionada con cuchillas de afeitar, sometida como un simple objeto, y no como un individuo. Su presencia quieta fue gradualmente desarrollando en los visitantes (casi todos hombres) una creciente violencia y ejercicio de poder sobre su cuerpo.
Desde sus inicios, Abramovic fue consciente de la importancia de documentar su propuesta artística, y toda su obra se haya sustentada en un importante archivo videográfico y fotográfico. La exposición ha recopilado vídeos de las performances originales de la artista, desde sus inicios con su pareja y artista Ulay, a otras más recientes. A través de enormes pantallas es posible ver muchas de las performances en su producción original.

En Abramovic el sentido escénico está muy acentuado. La consciencia sobre la futilidad de lo representado, el tiempo como marco en el que el arte se desarrolla y se desvanece, y el papel del espectador son ejes fundamentales. El espectador es quien observa inicialmente. En otras piezas, por el contrario, el visitante es parte de la ejecución artística, y la obra sólo se completa cuando el actuar interactúa con ella. Es el caso de Imponderabilia (1977), pieza de Abramovic/Ulay en la que los dos artistas se sitúan desnudos, frente a frente, en el vano de una puerta por donde el espectador necesariamente debe pasar, tocando los cuerpos desnudos de los performers.
En la exposición dedicada al artista se han vuelto a reproducir en vivo muchas de estas performances con artistas jóvenes que han desarrollado el método de Marina Abramovic. Por tanto, la retrospectiva no se plantea como un mero recorrido histórico por su trayectoria a través de documentos visuales, sino que tiene el aliciente de entender y convertirse, por un breve espacio de espacio y de tiempo, en objeto de la obra de arte de Abramovic.
Entre las performances más sobrecogedoras que se ejecutan está Luminosity (1997/2010). Sobre un potro mínimo colgado en una pared, una mujer desnuda, con brazos y manos en aspas se cuelga en un equilibrio absoluto, sujetada sólo por la pelvis que se apoya en un sillín salido casi de la Inquisición. Durante un largo período de tiempo, la artista que participa en esta performance en el museo, mira una proyección de su propia figura, se mantiene en esa posición equilibrista, piernas y manos en forma de “X”, desnuda y agarrada por la fuerza de la pelvis desnuda. Los espectadores primero se colocan de pie, algunos musitan y el poder transformador de la ejecución se proyecta también sobre la postura de los visitantes. Al cabo de un tiempo se conjura un silencio colectivo e íntimo. Las personas ahí congregadas son incapaces de mantener una postura física en quietud (mucho más cómoda que la de la artista), y pronto se van sentando o recostando. Al cabo de un largo tiempo tiempo baja la artista, no hay aplausos, sino una salida meditativa de un público que se ha convertido en parte de la reflexión artística.

La recomendación de ahondar sobre la artista antes de acudir a la exposición puede producir el efecto de mayor mitificación. Claro que con Abramovic es imposible escapar a esa glorificación artística, que ella misma ha impulsado con un arte muy en nombre propio. Durante los años de trayectoria ella ha sido un objeto sobre el que primero infligir daños físicos, y que luego se ha convertido en una especie de gurú espiritual a quien mirar cara a cara.
En el trabajo de Marina Abramovic encuentro lazos de unión absolutos con los predicamentos que trata de ejecutar Angelica Liddell a lo largo de estos años. En Liddell observo el pecado de elevar lo estético sobre lo escénico en muchas ocasiones, prefiriendo siempre una ejecución barroca, casi operística. Creo que hay una influencia notabilísima del arte del performance (Beuys, Abramovic, Ferrer) en ella. Con una enorme diferencia, sin embargo, en comparación con la artista serbia. Abramovic se ha movido siempre en el silencio, mientras que Liddell tiene en su verbo un grito profundo que es lo que la hace genuinamente interesante, y no un pastiche. Aunque en ocasiones su vanidad le lleve a lo segundo en la ejecución artística.
La exposición de Abramovic estará hasta marzo en Viena. Es la antológica más relevante de todo el trabajo de una artista glorificada a quien hay que reconocer un compromiso absoluto con su arte, y una inteligencia muy temprana sobre su plasmación. Hay, ciertamente, mucha mistificación sobre sus performances más icónicas, pero si acuden a ver la exposición no dejen de entender la conceptualización que la artista y los críticos de arte han hecho sobre sus performances. Se acercarán a sus obras de tú-a-tú, y podrán decidir si les resultan conmovedoras.
La clá
www.lacla.es
- Museo : Albertina Modern www.albertina.at
- Créditos fotografías : Marina Abramović Freeing the Voice, 1975 Performance, 3 hours, Studentski kulturni centar (SKC), Belgrad Courtesy of the Marina Abramović Archives © Courtesy of the Marina Abramović Archives / Bildrecht, Vienna 2025 Ulay / Marina Abramović Imponderabilia, 1977 Performance, 90 minutes, Galleria Comunale d’Arte Moderna, Bologna Courtesy of the Marina Abramović Archives © Ulay/Marina Abramović. Courtesy of the Marina Abramović Archives / Bildrecht, Vienna 2025; Photo: Giovanna dal Magro Exhibition View | Photo © Rainer Iglar

