Hamlet. National Live Theatre. Cines Ideal, Madrid.

11863348_10153080462608857_9112813709979559505_n

El Karma ha decidido premiar al público teatral madrileño dándole la oportunidad de ver el hito teatral más sonado de la escena internacional en los últimos meses. El actor británico Benedict Cumberbatch desbancó el pasado otoño la taquilla londinense en la puesta en escena del personaje de Hamlet, en una producción de Lyndsay Turner para el Barbican. En 2015 se cumplía el 450 aniversario del nacimiento de William Shakespeare, y este 2016 el 400 aniversario de su fallecimiento.

Gran Bretaña se ha lanzado en un éxtasis shakespeariano con todo tipo de iniciativas culturales. El Primer Ministro británico, David Cameron, inauguró el ciclo de homenajes con la divulgación de una suerte de mensaje oficial “Shakespeare Vive” publicado, entre otros, por el periódico El País. En ese artículo, Cameron destacaba precisamente las colas nocturnas a las puertas del Barbican para ver a Cumberbatch.

En este frenesí mediático (que se inició incluso meses antes del estreno de Hamlet), el espectador madrileño no podía, por menos, que suspirar hacia sus adentros pensando que si pudiese, si tuviese los medios y la oportunidad, viajaría a Londres a ver a Cumberbatch dando vida al protagonista más icónico de todas las piezas shakesperianas.

Este suspiro se tornó esta semana en deseo casi cumplido. Gracias a los cines Yelmo Ideal y a National Live Theatre, es posible ver los grandes éxitos de la cartelera teatral londinense en los cines Yelmo de Madrid. La cita es muy exclusiva, sólo un día, y el éxito es atronador con todas las butacas vendidas.

Así es como los aficionados teatrales que habitamos en Madrid nos vimos recompensados por el Karma. No podremos decir aquéllo de “yo estuve allí”, pero sí opinar con criterio si el crítico Michael Billington estaba en lo cierto en su crónica de la obra en el periódico The Guardian, o bien si se trataba de cierta impostura reaccionaria frente al blockbuster teatral.

11988718_10153127511163857_6935170553349862290_n

Hamlet es la obra de Shakespeare más frecuentemente montada. Existen más de 50 versiones cinematográficas de la pieza teatral original. Los más afamados actores británicos han dado su pulso al protagonista melancólico y dubitativo. Desde Laurence Olivier, pasando por Kenneth Branagh y terminando por David Tenant o Jude Law.

La producción de Lyndsay Turner para el Barbican ha sido sonada, entre otras cosas por su afán de acaparar una polémica temprana, anterior incluso al estreno. La pieza iba a arrancar con el famoso párrafo de “To be or not to be…”, pero finalmente fue desplazado al epicentro de la obra, a su colocación clásica y natural. La directora no claudicó en su intención de arrancar de forma rupturista. Como es sabido, la obra de Shakespeare se inicia en una tensión dramática muy alta, sin preludio ni preparación. Los soldados vigilan las murallas cuando se aparece el espectro del rey muerto. Turner decide suprimir este pasaje y lo reemplaza con una primera escena de Cumberbach, poco efectista.

11229408_10153127511248857_4229614934494350631_n

A partir de ese arranque se abre un escenario magníficamente decorado. Tanto que más parece una producción operística o de zarzuela, donde la escenografía adquiere una presencia protagonista. En este Hamlet la escenografía y el figurinismo son, sin embargo, los enemigos de la actuación, ridiculizando algunos de los pasajes más claves de la obra.

La pieza se desarrolla en un pasaje temporal indeterminado a juzgar por la vestimenta y el escenario. El rey viste de tweed pero Cumberbatch y sus compañeros calzan cómodos vaqueros. Esta inconsistencia a sabiendas crea, en esta producción, una estética incoherente que distrae el transcurso de la acción, sin reforzar ninguno de sus elementos. El que más sufre los desvaríos de vestuario es su protagonista, con inusitados disfraces de soldado o con cambios de chaqueta con la palabra “King” en la espalda.

12003158_10153127511183857_9020510690369827743_n

Es doloroso criticar dos elementos olvidados que vienen siendo arrinconados en muchas piezas teatrales: escenografía y vestuario. En los últimos años se ha instaurado un mal entendimiento del predicamento del espacio vacío de Peter Brooke. Paradójicamente, todos los montajes del director británico que he visto, han incluido siempre una elección por una estética profundamente visual donde los elementos decorativos sirven para reforzar el drama.

Es cierto, por otro lado, que en esa concepción desnuda del escenario, surgió la moda de montar “Shakespeares” minimalistas. Algunos de los últimos montajes británicos de Shakespeare vistos en Madrid coincidían en su puesta en escena. Actores con vestimenta casual (casi siempre negra) y como escenario, un telón de fondo desnudo, mostrando las tripas del teatro.

Por eso es de elogiar la apuesta de recuperar el valor de la escenografía en montajes clásicos. El problema de la propuesta conjunta de la escenógrafa Es Devlin y de la directora Lyndsay Turner (y aquí coincido con el crítico Michael Billington) es que el rico decorado bifurca la acción dramática, mofándose de la falsa demencia de Hamlet, especialmente en las escenas de juego con castillos de soldados.

En cuanto a la interpretación de Cumberbatch, se nota que la falta de perfección se debe a una elección global de la producción. Hamlet es cínico, y ese cinismo se traduce en respuestas sarcásticas que, sin duda, causan cierto humor. Pero en esta producción se ha optado por mostrar a Hamlet a ratos bufonesco, y esta visión casa mal con los pasajes más existencialistas de la obra. Por eso Cumberbatch brilla en el drama y en sus momentos cumbre, como en el bellísimo pasaje “What a piece of work is a man…”, y sin embargo flaquea en sus enfrentamientos con el rey.

11863499_10153080462603857_1258343244291158775_n

Este Hamlet desigual destaca, sin embargo, por algunas de sus interpretaciones. El rey, interpretado por el también televisivo actor Ciarán Hinds (Julio César en la serie “Roma” y el King Beyond the Wall en “Juego de Tronos”), sobresale en presencia. Hinds le impregna el aire autoritario y la voz despótica que el personaje requiere, aunque mal se aprecia el miedo visceral que debería recorrerle cuando Hamlet le hace saber, a través de la representación teatral, que sabe que es el asesino de su padre. De nuevo se trata de un error de dirección escénica.

12003337_10153127511168857_2878808634928224459_n

De este Hamlet concebido para ser un blockbuster, resalta el contraste entre Hamlet y Ophelia, en un enfoque interpretativo inusual. Aunque sobra el recurso a la cámara fotográfica, Ophelia se muestra como un ser artístico y sensible, que comprende desde el principio los sentimientos de dolor del Hamlet. Shakespeare, de manera muy cruenta, hizo que ese dolor se convirtiese en propio cuando la joven conoce la muerte de su padre, muerto a manos del hombre hacia el que siente un especial afecto.

Shakespeare transforma el dolor de Ophelia en trastorno. Se produce así un fuerte contraste entre un hombre cuyo sufrimiento le hace preguntarse sobre la locura (e incluso fingirla), y una mujer que frente a una misma pérdida se tambalea y cae en un pozo de desvaríos. De manera profundamente sutil, Shakespeare convierte estos desvaríos en bellos cánticos que Ophelia canta entre murmullos.

En esta producción la demencia de Ophelia se radicaliza, reflejando verdaderos tics de locura y suprimiendo el áurea romántica. La actriz Siân Brooke tararea con gestos esquizoides, propios de interna en manicomio, mostrando que su trastorno no es, como el de Hamlet, cuestionable, sino un camino sin retorno que la llevará al suicidio.

11903944_10153080462868857_8301813919406943941_n

De todas las elecciones (acertadas y desacertadas) de esta producción, lo portentosamente revolucionario es mostrar brotes psicóticos reales en la poderosísima interpretación de Siân Brooke. Si el recurso a la cámara fotográfica es innecesario, no lo es sin embargo esa vuelta de tuerca de la escenografía a través de la cual una tierra negra cubre la totalidad de los suelos palaciegos y, por tanto, del escenario, vaticinando el oscuro final que se cierne.

La proyección en cine de Hamlet no es, no puedo serlo, equiparable a la representación en vivo de la obra. Pero sí una oportunidad inigualable de disfrutar el teatro que se está haciendo en Londres, y de entender el poder atrayente que despliega.

National Live Theatre contribuye a educar sobre teatro, y se convierte al mismo tiempo en el mejor cebo para atraer al turista cultural a la capital británica.

La clá

http://www.lacla.es

*

National Live Theatre

http://ntlive.nationaltheatre.org.uk/

Cines Yelmo Ideal

http://www.yelmocines.es/teatro

Imágenes:

Imágenes cortesía del NT Live y Barbican Hall. Fotógrafo Johan Persson

 

Anuncios