Páncreas. Teatro Amaya, Madrid.

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Situado en pleno barrio de Chamberí, el Teatro Amaya sustituyó, en el año 2003, a la mítica sala de cine que abrió en el año 1962 con la proyección de la película Amaya, del cineasta Luis Marquina (hijo del mítico dramaturgo Eduardo Marquina). La historia en ocasiones parece que sonríe, y si el Amaya comenzó siendo una sala de cine, cuarenta años después tornó en teatro, gracias a la iniciativa del actor Moncho Borrajo y del productor Alberto Blasco.

El teatro conserva algo del sabor del cine y, principalmente, su aroma de sala de barrio (y no de cualquiera). Chamberí es barrio castizo madrileño, con vecinos asentados que dan actividad al comercio de la zona. El Teatro Amaya se nutre en parte de estos vecinos, que acuden con el ánimo de entretenerse y de pasar un buen rato.

El acierto pleno ha sido traer a ese público agradecido una comedia hecha a su medida. La obra Páncreas se estrenó en el Teatro Arriaga de Bilbao, y ha girado por lugares tan emblemáticos como el Centro Dramático Nacional. Y lo que le queda, porque la salud de esta pancreatitis teatral es asombrosa.

El cineasta y dramaturgo vasco Patxo Tellería ha escrito una comedia negra en clave de verso. De planteamiento sencillo, el enredo cuenta con un argumento tramposo y, como ordenan los cánones, con nudo y desenlace (fatal).

El humor es de un negro carbonizado, con tres amigos que se conocen en la consulta de un psicoanalista, siendo cada cual más neurótico y obsesivo. Uno es un padre de familia (Fernando Cayo) varias veces infartado, con mujer e hijos que lo desprecian. Otro (José Pedro Carrión) es un falso suicida, que amenaza con quitarse la vida un día de éstos. Y el último (Alfonso Lara), un depresivo clínico que sufre de una pancreatitis que le llevará pronto al otro barrio si no encuentra buen donante (muerto) que lo salve. Porque páncreas, como madre, sólo hay uno, lo que pasa necesariamente por que el donante de este órgano esté bien muerto.

Como en un reloj suizo donde las figuras salen por una puerta y entran por la otra, así irán los tres personajes persiguiéndose, tratando de encontrar una solución al inminente y desdichado final del amigo enfermo. Y hasta aquí llego, que luego la sucesión de enredos dará para mucho.

En la combinación entre verso y funesta historia, hay mucho humor anglosajón. Ejemplos de rimas macabras hay a rebosar, pero entre mis preferidos está la producción de versos ilustrados del americano Edward Gorey.

Los referentes que hayan servido de inspiración a Patxo Tellería para escribir una obra tan diabólica e hilarante, pueden ser infinitos. Viendo la producción, cada uno encontrará sus ecos. En los míos resonaban las rimas macabras de Gorey, la dramaturgia de Poncela y también mucho gesto histriónico de actores tan geniales como Charles Laughton o Alec Guinness (en concreto en El quinteto de la muerte).

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En justicia hay que decir que si el montaje brilla, lo hace no sólo por el texto sino por la fenomenal contribución de Juan Carlos Rubio (Dirección), José Luis Raymond (Escenografía), María Luisa Engel (Vestuario) y Miguel Linares (Música original).

El buen ritmo que va desprendiendo la obra se debe a la dirección de Juan Carlos Rubio, atento a los movimientos de escena y al efecto in crescendo que va adquiriendo la historia, contada con ritmo de show teatral americano (con gags, buenos cómicos y números musicales).

Sobre vestuario y escenografía mucho que alabar. El decorado está diseñado en tonos marrones, con una estancia neoclásica abandonada con dos vanos para entradas a salidas detrás de los cuales se intuyen unos telajes aterciopelados granates. El vestuario lo mismo, ropajes en tonos marrones con chaleco y bombines en tono burdeos – granate. Esta simplicidad en los colores tiene un efecto sutil porque hace que la pieza perspire un punto decadente y le imprime carácter. El efecto contraste entre el marrón del fondo y el rojo leve en los chalecos y el bombín, es una enseñanza muy usada, entre otros, por el pintor decimonónico, Jean Baptiste Camille Corot. En sus paisajes marrones y verdosos de bosques y campiña, siempre se detecta una pequeña figura gracias a los tonos rojizos. El mismo truco pictórico ha sido usado por José Luis Rymond y María Luisa Engel en la escenografía.

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Detalle de The Oak in the Valley (1871), de Jean Baptiste Cammile Corot. The National Gallery, Londres.

Vamos con la música. Páncreas tiene sintonía propia compuesta por Miguel Linares, con un punto excéntrico, tipo la melodía de aquellas películas míticas de Margaret Rutherford en las que interpretaba a Miss Marple. Se intercala también algún tema popular como la célebre habanera “Salió de Jamaica”:

Salió de Jamaica,

rumbo a Nueva York,

un barco velero,

un barco velero cargado de ron.

En medio del mar

el barco se hundió,

la culpa la tuvo

el señor capitán que se emborrachó.

Acabo esta crónica con el equipazo de actores que tiene esta producción, donde tanto monta monta tanto, Alfonso Lara, Fernando Cayo como José Pedro Carrión. Con una seriedad pasmosa ante tanto despropósito versado, los tres mantienen un rictus gravísimo, elevando la comicidad a la enésima potencia. Cantan, bailan, saltan y gesticulan, como si toda la vida la hubiesen dedicado al vodevil.

Este Páncreas tiene pinta de seguir en cartel un buen tiempo y debería girar por otros teatros. No hay quien se resista a estos tres tarados con bombín: un enfermo imaginario, un falso suicida y un taquicárdico cantarín. Si se portan bien, les cae un bis de la Habanera.

La clá

http://www.lacla.es

 

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Teatro Amaya. Páncreas.

http://www.teatroamaya.com

Imágenes cortesía del Teatro Amaya y del CDN. Fotografías de Sergio Parra.

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