Conspiranoia. Teatro Alcázar, Madrid.

Buenísimas noticias para la cartelera madrileña. Se estrena en el Teatro AlcázarConspiranoia”, una comedia escrita por Jordi Casanovas (autor de Jauría, entre otras) y Marc Angelet (Laponia o Una terapia integral, ambas en cartel). La obra, con otro elenco, ha hecho las delicias del público barcelonés, en versión original catalana, en La Villaroel.

Para uno de los teatros insignias del “West End” madrileño, el Alcázar, el equipo de esta producción apuesta por caras muy conocidas para el público. Un convencionalismo que pretende alegrar la taquilla y perpetuar varios meses las obra en la cartelera. El truco es válido siempre que el resultado esté a la altura, y en el caso de “Conspiranoia”, vaya si funciona.

Conspiranoia es una historia burguesa a cuatro bandas, hecha a la moda del teatro comercial europeo que gusta de esta convención. Son piezas teatrales contenidas en costes y que tienen la ventaja de estar pensadas para su gira en distintas ciudades. Autores franceses como Yasmina Reza (Arte, Un dios salvaje) o Florian Zeller (El Padre) son maestros de un género que espolvorea notas de humor en pequeños dramas de la sociedad contemporánea. El texto de Casanova y Angelet usa el recurso de cuatro personajes, pero abandona el tono serio francés, y se centra en echar mucha comedia a la contemporaneidad.

Roberto (Luis Merlo) y Clara (Natalia Millán) son un matrimonio estable, con un hijo ya adulto que les ha dejado cierto síndrome de nido vacío. Álex (Juan Lumbreras) y Sonia (Clara Sanchís) completan la cuadrilla de amigos de la infancia. Se reúnen en la casa de verano de Roberto y Clara (convocados por el primero y a espaldas de la segunda) para “hacer una intervención” a Clara. Roberto les ha explicado que la reciente conversión de su mujer al “terraplanismo”, está alcanzando niveles preocupantes. Clara está convencida de que la tierra es plana. Roberto cuenta con Álex, profesor universitario, y con Sonia, arqueóloga, para hacer valer la cordura a través del método de la intervención (una técnica actual que consiste en acorralar a los amigos para hacerles ver un problema que tienen).

Por supuesto, la velada no se desarrolla según lo previsto y el encuentro se convierte en un cruce de reproches entre los amigos, con “intervenciones cruzadas”. La obra corre grácil, especialmente una vez ya hemos conocido los códigos de la velada y las particularidades de cada personaje. El texto de Conspiranoia tiene todas las virtudes de la comedia costumbrista, es decir, describe con ironía y agudeza la vida cotidiana de una época, la nuestra, y la de una clase social, la clase media. Este tipo de comedias son imprescindibles, sea la época que sea, porque sirven para uno de los muchos fines del teatro: para atraer al público que las propias obras retratan. A través del humor y del enredo, este tipo de comedias consiguen que el espectador convierta su mirada sobre el día a día en una crítica amable y divertida. Destensan y alivian de un mundo con muchas complejidades.

Conspiranoia toca nuestra realidad más inmediata, con excéntricas corrientes políticas que invitan a revelarse frente a cualquier saber impuesto. Habla de la amistad distanciada que se mantiene a través de grupos de whatsap. De la huella de carbono y del impacto de nuestras decisiones en el medio ambiente. También de feminismo y homosexualidad, y de los pequeños abusos de poder que se dan en cualquier ámbito profesional.

La obra no quiere virarse hacia el drama, y apuesta por quedarse en una efectiva y divertida superficialidad, con conversaciones frescas y un ritmo acertado. Para ello es esencial la mesura de los cuatro intérpretes. Clara Sanchís se permite divertirse con un personaje dibujado en cierto histrionismo, una científica con demasiado carácter. Luis Merlo hace de un presentador tótem radiofónico, en un papel con toques de galán de esos que repartía su padre, Carlos Larrañaga, sobre las tablas. Natalia Millán está imantada, y representa al tipo de mujer que cualquiera querría ser. Educada, elegante, comedida, a ratos divertida, y siempre inteligente. Millán acaba siendo el saco de boxeo sobre el que el resto de personajes lanzan sus miserias, y sabe repartir juego habilidosamente. Juan Lumbreras (La ternura) está simplemente brillante y entregado a un desastroso profesor universitario que, a cada intervención, expele las carcajadas del público. No desaprovechen ninguna de sus miradas, ni de sus gestos, porque Lumbreras regala una actuación entregada a sus chifladuras, de principio a fin.

La escenografía, en colores terrosos, con combinación de grandes plantas, es sobria pero muy agradecida visualmente, frente a lo que podría haber sido una sosa sala de cualquier hogar. Su creador es José Novoa, que es un genio montando sofisticadas escenografías (véase la locura de Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach).

Tener dramaturgos con ingenio que sepan sacarle punta al momento que vivimos es un colutorio social. Un antídoto de prescripción obligatoria para tomarse la vida de forma más liviana. Por eso es estupendo que la cartelera se llene de autores de pluma ingeniosa que en su día estuvieron representados por Noël Coward, Lope de Vega o Jardiel Poncela.

La clá

www.lacla.es

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Conspiranoia. Grupo Smedia. https://gruposmedia.com/

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