Blackbird. Festival de Otoño a Primavera, Madrid.

cartel

Teatro casa bien con debate. En ocasiones provoca al espectador cuestionando las creencias con las que se ha sentado en la butaca. Las dinamita y luego le reta a recomponerlas.

Basándose en un suceso real, el dramaturgo escocés David Harrower colocó una carga de explosivos bajo la butaca del público al estrenar “Blackbird”. Es la historia de un hombre de mediana edad que abusa sexualmente de una menor de 12 años y es condenado a tres años de cárcel. La acción se desarrolla quince años después, cuando la niña, ya adulta, decide visitar al hombre en su oficina, encararse a él y contarle todo lo que vivió tras el juicio.

Harrower manipula los tiempos para crear un seísmo moral. Ella es ahora una mujer de casi treinta años. Ha cogido el coche y ha recorrido muchos kilómetros para visitar al hombre que la marcó desde niña. Tiene la osadía de presentarse delante de quien la enamoró y embaucó con sólo doce años, enfrentarse a él y contarle todo lo que sintió. Él es un tipo tranquilo y aparentemente normal. La trata con delicadez y respetando las distancias (más que prudenciales). Su aparición repentina le causa un fuerte impacto, pero éste no se traduce en brotes de violencia. Le escucha, se justifica, trata de contarle su versión.

Entre los dos construyen un relato que coincide en algunos hechos. Ella, de niña, era más madura que otras chicas de su edad. Se enamoró de él. Le perseguía, le espiaba, le dejaba notas en el coche. Quedó embaucada. Cuando mantuvo relaciones con él, no se sintió violada, sino conquistada. Entendió después, a través de los abogados, familiares y psicólogos que se había tratado de abusos sexuales. Él había utilizado su posición de adulto, su madurez, para lograr algo antinatural, llevar a una niña a la cama, acelerar su incipiente adolescencia.

Éstas son las verdades con las que los dos coinciden. Hay otras, que son opuestas, que suscitan dudas y vaguedades. Él defiende que sólo se sintió atraído por ella. Es decir, por ella, en singular, y no por niñas, en plural. Su alegato induce al espectador a imaginar a una precoz Lolita, o bien a la musa picassiana, la joven Marie-Thérèse en las playas de la Bretaña francesa. La diferencia de edad ahora no es tan chocante. Ella está en la veintena avanzada y él tendrá algo más de cincuenta. Ahora sí sería socialmente aceptable. Pero con una niña de doce años, no.

A este choque de realidades se enfrenta la directora teatral Carlota Ferrer en un montaje que refuerza ese terreno de ambigüedad moral que coloca Harrower ante el espectador. Carlota Ferrer ha dibujado dos personajes muy precisos, con elección acertadísima de sus protagonistas. Ella es la siempre valiente Irene Escolar. Él es José Luis Torrijo.

Irene Escolar proyecta en sus personajes algo que tiene ella dentro, su carisma y su combate. Así es la niña convertida en mujer que construye: una persona herida, pero sin victimismos, dura y luchadora, pero a la vez frágil, demasiado frágil. José Luis Torrijo presenta, por oposición, a Ray, un tipo introvertido, que proyecta poco. La furia y la violencia están en ella, no en él. Probablemente el personaje de Ray permita más opciones en su interpretación. En el montaje de Carlota Ferrer, la elección es que sea un tipo calmado, para subrayar así la apuesta del dramaturgo por cuestionar si Ray ha sido juzgado y condenado demasiado severamente.

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El tercer personaje, sin apariencia actoral, es precisamente la sociedad que rodea a estos dos personajes. Los padres opresivos de ella, las amigas que dejan de relacionarse, las madres que cuestionan si no fue la niña quien sedujo al adulto, el juez, los abogados, la psicóloga. Esta masa informe de personas surge en los diálogos pero también en una escenografía efectista, creada por Mónica Boromello. La oficina es un habitáculo construido sobre un manto de casas, edificios e iglesias con luces iluminadas, pequeños, de fondo, pero a la vez presentes.

En ese manto se sucede quizás el momento álgido de la obra. Cuando Irene Escolar, con micro en mano, rememora, lágrimas cayéndole por las mejillas, el día en que escapó con él a un hostal en un pueblo costero. El deseo por él, y luego el miedo y la angustia al ver que no regresa a la habitación. El turno es luego para él, cuenta cómo huyó, cómo quiso regresar, pero es demasiado tarde. En este punto, si la obra terminase aquí, lo haría con fervor y devoción del público. Dos visiones de unos mismos hechos. No hay duda de que él se valió de ella, que abusó de su posición como adulto, que se acostó con una niña que está a dos pasos de ser adolescente. Pero se muestra en cierta forma redimido.

David Harrower opta por continuar a partir de aquí, pero pierde el rumbo marcado por la brújula. El espectador ha asimilado que los hechos fueron terribles, pero que la sociedad también lo fue en su enjuiciamiento de la niña. A partir de aquí, sólo hay una mano que jugar, y Harrower no logra acertar. El vuelco de la historia sería volver al terror. Dinamitado el moralismo complaciente del público, y habiendo logrado que, durante el transcurso de la acción, el espectador se vea juzgándose a sí mismo, sería el turno de destruir esta nueva convicción. Apostar por retroceder al horror, e introducir la verdad como fue, sin puntos de mira. Sin embargo, no acaba el dramaturgo de llevar esta continuación al extremo, y la obra pierde súbitamente toda la intensidad dramática generada hasta casi el final.

playa

Vuelvo, por tanto, a la escena de la playa, con las olas proyectadas sobre el escenario. Con Irene Escolar evocando a una niña convertida prematuramente en mujer. Con recuerdos perdidos en esa edad, que son los doce años, que el tiempo tiende a cubrir de una espesa niebla. Escolar está estremecedora.

La clá

www.lacla.es

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Pavón Teatro Kamikaze

http://teatrokamikaze.com/

Imágenes por cortesía del Pavón Teatro Kamikaze. Fotógrafa: Vanessa Rabade.

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