Smoking room. Pavón Teatro Kamikaze, Madrid.

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Smoking room es de esas pelis que nacen con ojos, boca y nariz de teatro. Se proyectó en el año 2002 bajo dirección de Julio D. Wallovits y Roger Gual. Un par de años antes de su estreno, se aprobaba la Ley 28/2000, conocida como ley antitabaco, que establecería la prohibición de fumar en establecimientos públicos y privados, incluidas las oficinas.

A propósito del revuelo social que se vivió en la opinión pública, estos dos creadores escribieron y dirigieron una historia sobre un microcosmos de oficina, en el que un trabajador promueve una recogida de firmas para que se acondicione una habitación en la que fumar, un smoking room. Una vez cuente con los apoyos suficientes, la reclamación tendrá como misión escalarse a la dirección de la filial del grupo americano para el que trabaja.

El drama, en clave de Celtiberia Show, servirá de excusa para desplegar el abanico de necedades y miserias que habitualmente se pasean en el entorno de trabajo propio de nuestra era (en pleno siglo XXI, ay). Todos los protagonistas son masculinos, calzan trajes chaqueta con mejor o peor fortuna y desarrollan actitudes viriles que se mueven entre la bravuconería y la mediocridad. La película fue un éxito absoluto, y es de esas que no envejecen. Estaba bien ideada y mejor ejecutada por sus intérpretes, que supieron reflejar el muestrario completo de oficinista ibérico.

Es una pena que la película no se reponga tanto como debiera, ni que esté en el catálogo de películas de las plataformas habituales de vídeo. Sin duda es una apuesta segura y ahora, a propósito de la función del Kamikaze, estaría teniendo un gran tirón.

El montaje del Pavón Teatro Kamikaze está a cargo de Roger Gual, uno de los dos creadores originarios. La puesta en escena es mínima, casi inexistente. El peso está a cargo de los seis actores: Secun de la Rosa, Miki Esparbé, Manuel Morón, Pepe Ocio, Manolo Solo y Edu Soto. Entre los aciertos del montaje está el reformateo que se da a los personajes. Del lado negativo la producción teatral quizás no alcance las cuotas de ambiente opresivo y claustrofóbico que se lograron en la versión cinematográfica.

El protagonista instigador de la pseudo revuelta, Miki Esparbé, está en los treinta y pocos, y no en los treinta y muchos. Me gusta el tono de joven yupi que empieza a enfrentarse a un entorno laboral alejado de cualquier ideal juvenil. Lo resuelve dignamente, pero lo cierto es que hace falta más que una decepción para que nos creamos que el personaje se precipite al vacío. Es demasiado joven para tener una frustración tan grande, aunque la que ejecute en el escenario, esté más que lograda.

Secun de la Rosa también le da otra tonalidad al tipo que interpreta. Si en la original era un perdedor de esos que llevan la “L” de looser en la frente (Manuel Morón, que repite en esta producción, hacía de Rubio), en la versión teatral coge un punto más amable, llegando a arrancar el aplauso espontáneo en una especie de defensa del trabajador medio. Edu Soto se aleja completamente del andaluz chulesco y se acerca a una especie de bullier cocainómano que perspira agresividad por los cuatro costados. Soto conduce bien el trayecto que le lleva de la comicidad al terror, aunque quizás en la última parte le sobre un poco de impulso. Con una presencia imponente, Soto puede llegar a dar mucho miedo con pocos recursos. Pepe Ocio tiene un papel menor, más de nexo entre el arranque y el fin. Su perfil, también de yupi, sirve para aderezar el nuevo aspecto que Roger Gual quiere dar a esta revisión de su obra. Papel destacado para Manolo Solo, que se gana suavemente el cinismo de su personaje. Afinadísimo, por el texto y la interpretación, es el pasaje en el que desmenuza la verdad sobre las relaciones laborales en las que, no nos engañemos, nadie conoce a nadie.

Dejo para el final a Manuel Morón en una especie de homenaje ganado con los años. Es un privilegio ver en vivo a uno de los mejores actores en activo que tenemos. En la película original hizo de Rubio, un ser patético que repugnaba simplemente por el hecho de ser mediocre. Aquí le encargan a Armero, el director general de la oficina (Juan Diego fue, nada más y nada menos, quien lo interpretó en su día). Morón regala la que quizás sea la escena más memorable de esta producción, el diálogo en el que, pelando un huevo duro, despedaza al personaje. Es Manuel Morón uno de los actores que mejor saben hacer de psicópata, y en Smoking Room, sin perder el caciquismo del personaje, regala una actuación gélida. Más que una cuchara, parece tener un escalpelo con el que va lentamente rajando a Ramírez.

Leyendo el perfil de los personajes en el dossier que está publicado en la web del teatro, y después de haber visto la función, vuelvo a pensar en lo vivos y actuales que siguen siendo los personajes de este drama. En el entorno laboral se repiten patrones que poco tienen que ver con el mérito o la capacidad. Ha pasado la friolera de quince años, pero los estereotipos de Smoking Room siguen deambulando por la moqueta de muchas oficinas.

La clá

www.lacla.es

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Imagen cortesía del Pavón Teatro Kamikaze.

http://teatrokamikaze.com/

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