La omisión de la familia Coleman. Teatros del Canal, Madrid.

coleman

La historia detrás de La omisión de la familia Coleman tiene un halo épico. Estrenada en el año 2005, la producción surgió de la ilusión y del trabajo de quienes saben que sólo dependen de ellos mismos para sacar algo adelante. Claudio Tolcachir montó primero una escuela de creación en el piso de la calle Boedo 640, en Buenos Aires. De forma continuada estuvieron ensayando y construyendo el texto de la que sería la primera pieza teatral de Tolcachir. Una vez moldeada se estrenó en el mismo piso, y ahí empezó a acudir el público congregado en aforos de unas cincuenta personas.

El éxito fue inmediato, aunque lo asombroso fue el temprano salto a la escena internacional a través de su estreno en otros países, principalmente en ferias teatrales en Estados Unidos, España, Brasil, Francia… Y desde entonces, como una peonza en constante giro, la obra no ha parado.

Pocos días ha estado de vuelta esta temporada 2017-2018 en Madrid, pero el efecto de este exitazo argentino todavía atrapa. Localidades agotadas y público expectante en los Teatros del Canal. Para quienes nos perdimos el montaje del Teatro Español en el 2009, era una oportunidad única y estuvo a la altura.

La representación es paralizante. Hay tanta técnica condensada que simplemente se ha evaporado el lenguaje teatral habitual. El escenario son cuatro muebles destartalados. Y como si de un tren se tratase, en ese espacio entran unos personajes que se intuye son parientes, de alguna forma, aunque no se sabe en qué grado ni cómo. El texto teatral se ha diluido en la boca de actores que no declaman, no proyectan, simplemente conversan. En una sensación de irrealidad absoluta, representación y ficción quedan enmascarados por un hiperrealismo pocas veces visto. Son argentinos y se les nota el poso de generaciones mascando, viviendo, amando teatro. Pero sin excesos, nada de sobreactuaciones, perfectamente comedidos y naturales, este grupo de actores crea un espejismo: una representación que parece tan real que es difícil creer que estén pensando en la siguiente línea de su personaje.

Siguiente mérito, el texto. Hay obras fabulosas que saben exprimir la realidad y extraer un jugo con el que luego se inventarán historias cercanas y cotidianas. Tienen el acierto de ver cosas que tenemos alrededor y proyectarlas casi como estereotipos. Lo que asombra es cuando nada de ésto se hace. Me refiero a aquellas obras que toman un esperpento para construir una historia que, si fuese contada en dos líneas, sólo produciría un gesto de escepticismo. Y sin embargo, en su primera pieza para teatro, Claudio Tolcachir construyó una historia inverosímil con tal manejo de la acción, los tiempos, los diálogos y la interpretación, que logró que un bocado de difícil digestión fuese asumido como cierto.

Una abuela vive con tres nietos y su hija. El pequeño es un ser demente, otro es un cleptómano y alcohólico, y la otra nieta que habita en la casa, es una joven entregada al cuidado de una familia que vive al límite de la cordura y del dinero. La madre de estos tres, e incluso de una cuarta hija que luego aparecerá, es una mujer de mediana edad con complejo de Peter Pan, incapaz de cuidarse o de cuidar a su camada. Los hijos son fruto de relaciones esporádicas, y sólo la mayor logró escapar a un destino condenado por el hacinamiento mental y físico.

Aceptar como espectador este enjambre familiar sin oponer cierta resistencia es complicado. Lo que ocurre es que cada uno de estos seres es conmovedoramente único. Al mismo tiempo, la máscara que cada uno lleva poco a poco se irá retirando y mostrará cualidades más universales de lo que inicialmente parezca. Caso claro es el del personaje de Memé, la madre inepta e inconsciente que es fisiológicamente capaz de engendrar y criar niños, pero al mismo tiempo incapaz de sacrificarse por darles un futuro digno, ni de garantizarles nada que no sea un cierto cariño vacío de sustento.

En esta mezcla entre lo irreal, lo provocador y la miseria social de los personajes de esta familia, hay mucho de hiperrealismo italiano. Humor negro y dolor profundísimo se mezclan en un drama que rueda vertiginosamente hasta un final temible.

Sobre el uso de la locura como mecanismo para revelar verdades sobre la condición humana, hay que resaltar que Tolcachir sí se sirve de la tradición dramática. El loco en este montaje está representado en el hijo pequeño, que es el bufón de una corte (la propia familia Coleman) muy peculiar. Como en los personajes literarios y shakespearianos, es el que más verdades dice intercaladas, eso sí, entre desvaríos varios. Pero no es el único con fallas mentales, y de nuevo hay aquí más referente dramáticos, como el Marat-Sade de Peter Weiss, desarrollado en una casa de locos.

La lección final de Tolcachir es dibujar, a través de unos locos, un mundo hostil familiar en el que los reproches familiares se inoculan entre parientes. La familia Coleman acaba siendo un caballo de Troya, esperpéntico y divertido, que con enorme proeza escénica se adentra en la atención del público, convenciéndole de una historia familiar inusual, para acabar estocando en el corazón con realidades mucho más cercanas de lo que inicialmente parece.

El elenco es un reloj suizo, y tan coral es toda la obra, que sólo es posible mencionar a los intérpretes como iguales, artífices de un trabajo extraordinario: Cristina Maresca, Miriam Odorico, Inda Lavalle, Fernando Sala, Tamara Kiper, Diego Faturos, Gonzalo Ruiz y Jorge Castaño.

La clá

www.lacla.es

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Imagen cortesía de Timbre 4.

 

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