Un enemigo del pueblo (Ágora). Ensayo general. Pavón Teatro Kamikaze.

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Esperando a la apertura de puertas del Pavón Kamikaze tengo a una jovencísima estudiante de interpretación esperando junto a mí. Se encuentra con otras compañeras. Les explica que ayer vino al ensayo previo. ¿Tanto te gustó?… Les responde que no, que hay algo que ella hizo mal durante la representación, y que viene a enmendarlo. Pienso que la obra depara salidas al escenario del público, que es el mayor pavor de cualquier espectador de bien. Me equivoco.

A la entrada los actores de la obra ya esperan en sala, una seña de identidad de las producciones kamikazes que buscan la cercanía con los intérpretes y con el espacio y el momento que público y artistas van a compartir. Estáis en vuestra casa y os recibimos, esa es la actitud kamikaze.

En esta ocasión Irene Escolar sujeta seis globos que dicen “Ē T H I K Ē” y que luego pasará a sus compañeros. Tras el anuncio habitual de lo que nos trae la temporada y el apagado de móviles, empieza la función con los actores interpelando al público. Nos han entregado dos papeles a la entrada: “SÍ” en verde y “NO” en rojo.

Los protagonistas de la función nos enseñan a votar con preguntas directas y claras (que no fáciles): ¿crees en la democracia? (levantad cartel: sí o no); ¿deberían los responsables del Kamikaze decir lo que piensan de las administraciones públicas sin cortapisas? (sí o no)… y llega la cuestión definitiva y condicionada. ¿Qué os parece si entre todos realizamos un acto reivindicativo? Votaríamos si queremos o no que el ensayo continúe. Si es que no, lo haremos en señal de protesta para defender la libertad de expresión y artística frente a los poderes públicos, como planteó Ibsen en su texto. Si, por el contrario, decidimos que sí, disfrutaremos de la obra de Ibsen, algo a lo que nos animan Escolar y Elejalde.

La catástrofe ocurre en este ensayo previo con poco público: sale Trump, sale el Brexit, y sale que el ensayo finaliza. Al principio parece un bluf, pero no lo es. Parte de la concurrencia se levanta y sale algo noqueada del teatro, otros se quedan debatiendo con los actores (aún sobre el escenario). El director, Álex Rigola, deja la mesa de regiduría y sentencia: es lo que habéis votado, teníais la decisión en vuestras manos. Lo dice quien dejó la dirección artística de los Teatros del Canal por su oposición a la actuación policial durante el referéndum independentista convocado en Cataluña.

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Algunos entre el público preguntan si se atreverán a hacer lo mismo cuando estrenen. Otros discuten la forma de votación. Finalmente, todo discurre apaciblemente, los espectadores dejan la sala y se retiran.

En unos días la duda se materializará cuando en alguna de las representaciones salga, como en las previas, que el espectáculo debe terminar. O quizás no se plantee nunca la situación… El público suele ser apacible, pero el del Kamikaze (como dice un amigo) es algo punki, así que veremos…

Si ocurre será interesante ver cómo se desarrolla el debate, y los escenarios que ha previsto Rigola. En el fondo, la reacción del público será parte del espectáculo teatral, aunque lo sea de forma improvisada. Pero a toda acción le debe suceder otra. Podrá ocurrir que haya quien cuestione el recuento o la decisión de la mayoría. Será divertido ver cómo se suceden los acontecimientos, y desde luego el Kamikaze es el lugar en que este tipo de cosas pueden suceder.

Sobre la asociación de una consecuencia en el ejercicio de voto que propone Rigola pienso, en honestidad, que le sobra un punto sensacionalista y que le falta quizás un encaje más inteligente que noquee al espectador sin ofenderlo. La premisa es válida, pero la consecuencia es desmedida.

En cuanto a colocar al público en modo de votación es algo que viene siendo habitual en la escena británica. El crítico teatral Michael Billington lo dijo hace un año: “voting is becoming the theatrical vogue” (la votación se está convirtiendo en la tendencia teatral). En 2014 el director teatral Thomas Ostermeier usó la misma obra de Ibsen que ahora monta Rigola para involucrar al público del Barbican londinense haciendo que votase directamente. En otra obra más reciente, The Terror, el público debía decidir si condenar al piloto que opta por hacer estrellar un avión con pasajeros, en vez de hacer que colisione con un estadio lleno en un ataque terrorista. La decisión del público condiciona el final de la obra, bien condenando al piloto o absolviéndolo.

En nuestro entorno la votación no se ha convertido todavía en tendencia, y por su novedad resulta efectiva. Volviendo a lo que dice Billington en su artículo en The Guardian, la votación como recurso teatral no es en sí buena o mala, depende de cómo se utilice. La votación eleva el nivel de involucración del espectador, cierto, pero éste sigue estando en zona segura. Rigola en su propuesta quiere algo más: quiere decisiones que condicionen el status quo del espectador.

A su favor hay que decir que por aquí no abunda ese teatro menos seguro para el espectador. El mayor exponente de esta línea teatral han sido sin duda compañías teatrales como La Fura dels Baus o La cubana. La primera fue capaz de montar un verdadero secuestro teatral (Boris Godunov, 2008), y la segunda convirtió el pasillo central en diana fácil para salir al escenario. Más recientemente llegaron espacios prostibularios (Microteatro por dinero) o casas (La casa de la portera o La pensión de las pulgas), donde el teatro se ha desenvuelto pegado al espectador.

Durante la temporada pasada y en entrevistas en medios, Àlex Rigola ha sido muy claro. El teatro no puede competir con otros estímulos, requiere mayor cercanía (porosidad, casi), de ahí que sus montajes de clásicos se reinventen piel con piel con el espectador. Irene Escolar publica esta semana en twitter lo que están siendo estos días en las “previas” de Un enemigo del pueblo: “lo que estamos viviendo cada noche en el teatro no me lo habría imaginado nunca”.

Está por ver qué sucederá a partir del estreno. Si Rigola y los kamikazes meten el debate continuado con la obra, será digno de disfrutar. Si finalmente queda en un puro sensacionalismo habrá perdido la fuerza que pretende. La obra tiene un elenco muy solvente (Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes), un texto clásico menor pero muy en boga (Un enemigo del pueblo de Ibsen), y a uno de los más reputados profesionales de la escena (Àlex Rigola).

Sobre la obra, nada que apuntar, el público soberano de la función a la que acudí decidió que no se vería la representación y el ensayo continuó a puerta cerrada.

Y un último apunte, serán dignas de leer las Crónicas Kamikazes que se publiquen en un futuro contando lo que ha sido montar espectáculos como éste.

La clá

http://www.lacla.es

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Imágenes cortesía del Pavón Teatro Kamikaze.

Michael Billington en The Guardian sobre el uso del recurso a la votación en espectáculos teatrales:

https://www.theguardian.com/stage/2017/jun/22/terror-lyric-hammersmith-london

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