El retablo de las maravillas. Teatro Fernán Gómez.

Sin duda, es una alegría celebrar el 65 aniversario de la compañía teatral Els Joglars. Resistir en el ecosistema escénico durante más de medio siglo sí que es una odisea. A modo de celebración, el lobby de entrada del Teatro Fernán Gómez ha colocado varios tótems con pantallas y un QR dedicados a las distintas producciones de Els Joglars.  Ha colaborado la Sociedad General de Autores, la SGAE, y la muestra con vídeos de los distintos montajes es un recordatorio sobre la importancia de grabar los espectáculos escénicos, aunque sólo sea con un fin archivístico y museográfico. Hace sólo unos meses Oriol Pla, en el lobby del Teatro Abadía, explicaba emocionado distintos vídeos de su familia circense que se exponían también a propósito de Travy. Benditas grabaciones.

Al principio del milenio caí noqueada con Daaalí, aquella sátira sobre el ídolo cultural catalán, un artista lleno de aristas, recovecos, huevos y cajoneras. Els Joglars nos enseñaron que era posible un teatro subversivo, colorido, iconoclasta, mordaz y crítico. Eran capaces de mofarse de la catalanidad y de sus tótems (incluido Tàpies, al que creo recordar llamaban Tapioles). Sus espectáculos además eran excesivos en el vestuario y la visualidad, lo que también recuerdo vivamente.

Por aquella época también vi El retablo de las maravillas, una adaptación del relato clásico en el que las apariencias sociales hacen que todos reconozcan ver imágenes en un mero lienzo en blanco. El texto original de El retablo de las maravillas es uno de los entremeses de Miguel de Cervantes, autor que cambió las reglas del juego en la literatura y que, sin embargo, no despuntó en su época como dramaturgo. Los entremeses se publicaron en 1615 sin haber sido representados. Aparte de la versión de Els Joglars, recuerdo vivamente una versión clásica muy bien construida de los Entremeses a cargo de José Luis Gómez para el Teatro La Abadía.

Vuelvo con ilusión a ver a Els Joglars y la decepción no puede ser mayor, hasta el punto de abandonar el espectáculo. Si le preguntaran, seguramente Albert Boadella me aplaudiese el acto de levantarme e irme. Estoy convencida de que se lo apuntaría como conquista propia. Debo confesar que no fui la única en irme. Me quedé fuera hasta el final de la función y pude comprobar que el público se levantó en pie aplaudí. El partido estaba ganado: 95% del público jaleó la representación, mientras un 5% hicimos mutis ante tanta irrelevancia.

Me ofendió una rescritura dramática pobre, obvia y populista, muy a la par con los tiempos que corren. Que el arte o la comida contemporánea pueden ser una chota, no lo niego, pero en este tiempo hemos tenido obras teatrales inteligentes como Arte o la divertidísima serie de Movistar+ Bellas Artes. Y en lo que respecta a las bromas de actualidad política, el texto se queda en un teatro burguesito de principios de siglo XX. Chistes de stand up comedy sin profundidad dramática, demasiado obvios y simplistas. Al montaje, que sí mantiene la fuerza visual que les caracteriza, le falló sonido, las transiciones quedaban impostadas y la narración deslavazada. Sólo brilló un fenomenal Ramón Fontserè como intérprete. Fontserè está igual de poderoso sobre escena, y el espectáculo se alza cuando entra en escena con su caganet ácrata y contestatario. También con ese cura del Opus Dei: estremecedor.

Vaticino que El retablo de las maravillas será un éxito entre el público madrileño de mediana edad para arriba, y del todo irrelevante para las jóvenes generaciones. Pongo de manifiesto que mis posaderas y yo se declaran en rebeldía con esta versión de los juglares. Mi memoria, en cambio, se queda con otras producciones suyas que hicieron de esta compañía una de las grandes del país. Felicidades por los 65. Y por mi parte, no por este montaje.

La clá

www.lacla.es

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