El mago. Teatro Valle Inclán, Madrid.

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El encuentro como espectador frente a un espectáculo de magia ha servido a Juan Mayorga como inspiración para su más reciente obra, El mago, que se representa hasta final de año en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle Inclán, en Madrid. Fue el número de hipnosis el que inspiró a Mayorga a fantasear sobre qué es lo que le ocurriría a una madre de familia que, tras subir a un escenario de un espectáculo de magia, fuese hipnotizada y regresase a casa en estado de letargo.

La magia siempre ha atraído una visión surrealista de la realidad. Este arte es, como el teatro, una ficción escénica pero, en contra de éste, no requiere la connivencia del público. El artificio se esconde y enmascara, buscando con ello dejar atónito al espectador. Esta ficción con apariencia de sobrenatural ha servido de inspiración a otros artistas. En la película Scoop de Woody Allen, un mago fallecido se aparece durante un número de magia ante una impresionada Scarlett Johanson para anunciarle que se ha producido un asesinato.

En El mago de Juan Mayorga, la acción arranca y se mantiene en el piso acomodado, blanquísimo, con parqué lijado y ambiente aparentemente alegre y ordenado (la escenografía es de Curt Allen Wilmer con EstudioDedos) en el que una mujer hipnotizada parece haberse desdoblado. El piso – caja al que van incorporándose personajes (sin que exista otro espacio exterior, salvo el narrado), es una elección del autor, que quiere con su uso reforzar la sensación de teatralidad. Las entradas y salidas se producen como en las comedias de Poncela, pero a su vez la creación de un habitáculo que funciona como “espacio – jaula” tiene mucho que ver con el teatro existencialista de Sartre (Huis closA puerta cerrada ), y con el surrealismo de Buñuel y su Ángel Exterminador.

Salta, repetidamente, en esta crónica el adjetivo de surrealista que, sin duda, impregna esta obra de Mayorga. Es un surrealismo narrativo que toma la realidad para distorsionarla, como en los cuadros de Paul Delvaux o en las películas de la etapa mexicana y francesa de Buñuel. Nadia (Clara Sanchís) es la madre de familia, una mujer que aparece desdoblada desde la primera escena, que está en cuerpo y mente aquí, en su casa, con su marido (José Luis García-Pérez) y su hija (Julia Piera), pero su alma, y su otro cuerpo, están en un escenario, donde un mago la ha hipnotizado. La “Nadia” que está en el piso se comporta de manera extraña, girando como una peonza, con los pies levitando. Dice frases absurdas, repitiendo gestos y palabras. El resto de personajes: su hija, su marido, su madre (María Galiana)… conversan entre sí, buscando una explicación a lo que sucede, pero cada uno lo hace al margen de lo que el otro está haciendo. Ese es, justamente, uno de los temas de la obra, la incomunicación familiar. Otro de los asuntos de esta pieza dramática (para mí, el más poderoso), es el del posible trastorno psiquiátrico de una mujer en su mediana edad, que parece sufrir, de una forma mágica, una acusada conducta de despersonalización. “Mamá no está nunca donde está, está siempre así”, dice la hija en un momento dado.

Al cuarteto familiar se les unirán, hacia mitad de la obra, dos personajes que no hacen sino reforzar la sensación de comicidad, drama y fuerte anomalía. Se trata de Ludwig (Tomás Pozzi), un potencial comprador, y de Lola (Ivana Heredia), una antigua conocida (¿y amante?) de Víctor. Su entrada en escena agudiza el absurdo de la situación, y endulza por momentos la obra.

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Veo el montaje de El mago de Juan Mayorga después de haber leído la edición impresa editada por La Uña Rota. Saco dos conclusiones. La primera es que el texto abre caminos que quedan inconclusos. Como en muchas de sus obras, Mayorga no pierde ocasión para reflexionar sobre el teatro como metáfora existencialista de la vida. Nadia, la protagonista, realiza una representación repitiendo un mantra “si cierro los ojos desaparezco”, como si el dejar de actuar fuese una caída de telón para el resto de personajes. Pirandello ronda la cabeza de Mayorga en estas frases, y en su cadencia también resuena el “si amanece, nos vamos” de la estampa de Francisco de Goya que Buero Vallejo usó para condensar el drama teatral sobre el pintor en El sueño de la razón. Este camino es anecdótico y, como tal, prescindible. Me interesa muchísimo de la obra la representación de la alienación de una mujer en el seno de su hogar y de su entorno. Hacerlo dibujando el extremo imposible en que la hipnotización del mago ha colocado a Nadia y a su familia es un toque de genialidad.

A través de esta mirada distorsionada y surrealista, Mayorga apunta al teatro existencialista y del absurdo, si bien El mago volaría más alto quitándose los sacos intelectuales y reflexivos que Mayorga le ha adicionado sobre metateatro.

La segunda conclusión tras leer la obra es que el montaje es una maravilla. Si Mayorga no ha sobresalido con el desarrollo del texto (aunque sí con el planteamiento), sin duda se eleva hacia el cielo con una puesta en escena de una calidad soberbia. Si el texto es oscuro, la escenografía y el vestuario son de una alegría absoluta, con una iluminación viva y transparente (a cargo de Juan Gómez-Cornejo y Amalia Portes). Clara Sanchís ofrece a una Nadia con un punto disparatado, abstraída, pero sin penas depresivas. Los giros voladores y su comportamiento de muñeca apuntan hacia ese surrealismo pictórico alegre. La hija Dulce, interpretada por Julia Piera, condensa bien al personaje más intenso, el de una adolescente contra mundum. José Luis García – Pérez da el toque naturalista y de desconcierto, aunque su comportamiento normalizado deje de serlo desde el momento en que su situación ha dejado de ser normal. María Galiana clava a la madre omnipresente y posesiva. Y los dos personajes adicionales, los interpretados por Tomás Pozzi e Ivana Heredia, son una absoluta delicia. Su entrada en escena es del todo incomprensible y, sin embargo, los dos actores consiguen una química plena con trama y público, lo que es un acierto de dirección y un reflejo absoluto de su buena interpretación.

Si el texto de El mago no logra volar hacia las alturas, el montaje de la obra sí lo hace, con una pictórica puesta en escena que denota el buen gusto teatral que posee Juan Mayorga. El director y dramaturgo ha querido combinar su historia claustrofóbica con luminosidad y mucha tradición teatral, logrando un lienzo surrealista como los de Magritte: luminosos, divertidos y con un pequeño exceso de artificio.

Por cierto, al terminar la obra, no pierdan la oportunidad de adquirir cualquiera de las ediciones de las obras de Juan Mayorga en el pequeño stand de la editorial de La Uña Rota en el Centro Dramático Nacional.

La clá

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Imágenes cortesía del CDN.

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