Todos eran mis hijos. Teatro Español.


Dos años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, y a tres de la de Korea, Arthur Miller escribe Todos eran mis hijos, un intenso drama sobre la pesada digestión que provoca en la sociedad el fin de una guerra.

Miller sitúa el drama en un Estados Unidos que viene de desplegar su fuerza militar en Europa y en el Pacífico, una guerra que ha servido para engrasar la industria que en los siguientes años conducirán al país a alcanzar el gran sueño americano. Es el año 1947 y un valiente Arthur Miller se atreve a levantar el velo de la victoria, a hurgar en las miserias y fobias de una sociedad que, habiendo enterrado y enaltecido a sus héroes, mira ya hacia otro lado.

En una meritoria labor de cirugía social, Miller disecciona las luces y sombras de la sociedad americana de la que es contemporáneo a través de la historia familiar de los Keller. Es agosto, y el matrimonio Keller, Kate (Gloria Muñoz) y Joe (Carlos Hipólito), recibe la visita de Annie (Manuela Velasco), antigua vecina y novia del hijo mayor del matrimonio, Larry, desaparecido en la guerra. El hijo menor, Chris Keller (Fran Perea), vive entusiasmado con esta visita que espera aprovechar para pedir en matrimonio a Annie. Sin embargo, Chris y Annie deberán combatir la tozudez de Kate, una madre que se niega a aceptar una relación entre la antigua novia del hijo a quien no quiere dar por muerto, así como un antiguo conflicto entre Joe y el padre de Annie. A lo largo del día, los distintos personajes se enfrentarán a las decisiones y actitudes que la guerra trajo en sus vidas y tratarán de casarlas con su presente.

El montaje del argentino Claudio Tolcachir es reflejo del texto original que ha sido retocado y adaptado sólo parcialmente. Muchos de los predicamentos de la obra continúan siendo vigentes, por lo que no parece una obra difícil de traer a tiempos más cercanos. Tolcachir ha optado, no obstante, por un montaje conservador y fiel. El arranque de la obra destaca especialmente por la idílica escenografía que reproduce el porche de una casa americana de suburbio. Los colores vivos y planos de los decorados refuerzan la carta de presentación de una familia que no tiene nada que ocultar, pero a la vez proyecta la sensación de artificio, de “pura fachada”.

En esas primeras escenas se introducen algunos de los protagonistas del drama de Miller. El dramaturgo crea en Todos eran mis hijos personajes perfectamente individualizados, desde el más secundario al principal, regalando escenas a casi cada uno de ellos. La obra arranca con diálogos entrecruzados en los que los actores van interrumpiéndose, en lo que parece un efecto pretendido de Tolcachir para lograr mayor naturalidad. El director cuenta con buenos actores que destacan por su desenvoltura, por lo que no parece necesario forzar este tipo de recursos que dificultan la comprensión de las primeras conversaciones.

En cuanto a los personajes principales: Carlos Hipólito interpreta a Joe Keller, un empresario que, como su país, se preocupa por la cuenta de resultados desdeñando los “daños colaterales” que ciertas decisiones empresariales puedan traer. Hipólito es un magnífico actor que en esta ocasión se limita a ofrecer una interpretación correctísima y notable que alcanza la brillantez, eso sí, cuando muestra el lado colérico de su personaje. Es su partenaire, no obstante, quien merece la mayor ovación. Gloria Muñoz interpreta magistralmente a una madre que hace pender de su propia estabilidad emocional la cohesión familiar. Muñoz agarrota al espectador en un papel difícil y complejo, a través del cual debe provocar la empatía del público y a su vez el rechazo hacia una actitud aparentemente conformista. Arthur Miller reserva a Kate Keller los diálogos más hirientes y terribles de toda la obra. Otro de los personajes más ricos creados por Miller, quizás el más interesante, es el de Chris Keller: soldado de batalla reconvertido en futuro gestor de la empresa familiar, cuya personalidad idealista es el reflejo de un padre capitalista y de una madre excesivamente protectora. A lo largo de la trama se nos van ofreciendo pinceladas que oscurecen el perfil aparentemente limpio y honrado de Chris Keller y nos descubren cómo ese idealismo encierra, finalmente, a un ser tan práctico como sus progenitores. Fran Perea desaprovecha este papel, olvida sus sutilezas y se decanta por una interpretación temperamental y plana. Manuela Velasco, en el papel de Annie, muestra mayores recursos. Es suave y cándida, pero mantiene la firmeza y la valentía en la relación de su personaje con Kate Keller. El resto de actores saben aprovechar sus escenas claves, los regalos con los que Miller mima a los secundarios, poniéndolos, aunque sólo sea unos minutos, en primer plano.

La excesiva condensación dramática de Todos eran mis hijos y su dilatada duración (la obra bien podría terminar al fin del segundo acto) no restan vigencia a las reivindicaciones sociales de Arthur Miller, cuyo teatro social aún remueve al espectador en la butaca. Otro de los méritos de la obra de Miller son los personajes que traza: son tan sólidos, y están tan bien conformados, que pueden ser traídos a escena cincuenta años después sin riesgo de apolillamiento, algo que ha hecho Tolcachir en este notable montaje.

La Clá
http://www.lacla.es

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Todos eran mis hijos. Arthur Miller.
Teatro Español de Madrid
http://www.esmadrid.com/teatroespanol/portal.do?IDM=23&NM=1

Imagen:
Fotografía de Jean Pierre Ledos por cortesía del Teatro Español.
En la imagen, Carlos Hipólito (Joe Keller), Gloria Muñoz (Kate Keller) y Nicolás Vega (Doctor Bayliss).

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