El escondido y la tapada. Teatro de la Comedia, Madrid.

Pedro Calderón de la Barca (1600 – 1681) escribió en torno a 1766 “El escondido y la tapada”, ya en la madurez de su vida y trabajo. Se reconoce  esta pieza como una comedia urbanita, y ya es dotarle de mucha modernidad sólo en el planteamiento. La historia juega con un Madrid del siglo XVII de calles angostas en el que los paseantes iban embozados. La estrechez de las calles históricas y edificios con recovecos son el perfecto escenario para una comedia de enredos y amores.

La producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, ahora en cartel, funciona como un altavoz de todos los aciertos de esta obra de Calderón. La dirección es de Beatriz Argüello, actriz clásica que siempre ha sabido realzar los personajes femeninos del siglo de oro (El príncipe constante o la maravillosa El castigo sin venganza). Coge en este montaje las riendas de la dirección, disponiendo el trabajo del elenco joven de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Argüello consigue un efecto fluido, liviano y ágil, que acompaña con mucha gracia esta historia de enredos que bien podría ser una comedia del cine clásico americano.

Se nota la mano en la reescritura de Carolina África, que es una investigadora incansable del clásico, con un toque de distinción, porque ella es, además, dramaturga en activo. En esta reformulación del clásico de Calderón, ha combinado una labor de actualización respetuosa del texto, con algún añadido propio que provoca las risas inmediatas en el público. Por ejemplo, su referencia a los alquileres imposibles en la villa de Madrid. La obra, que llega casi a las dos horas, funcionaría igual de bien con quince minutos menos, limando alguna vuelta de más en los enredos. Lo digo porque la obra es perfecta para llevar a la muchachada, y hay que conseguir que la juventud pueble no sólo las tablas, sino también butacas, anfiteatros y palcos.

Acompañando a una dirección muy versada y a una reescritura ágil y plegada a la acción, hay dos añadidos artísticos que trabajan perfectamente complementados. El vestuario de Ikerne Giménez es glorioso y tremendamente dúctil. Colores grisáceos y en degradado arcoíris para unas capas que vuelan ágiles, y trajes con evocaciones de época, brillantes y carismáticos. Hay mucho volumen, pero algo muy sutil en su disposición. Las telas no hacen ruido al moverse y los actores se sienten comodísimos en unos atuendos con los que deben saltar y cruzar armarios que son buhardillas. Al compás del vestuario colorido, el escenógrafo Alessio Meloni ha optado en este caso por una ciudad de tonos cremosos que sirven para realzar el color de los vestidos y el movimiento en escena. Los edificios son mecanos que se abren, mueven y se cierran. Livianos y dúctiles, aguantan todo el vaivén de entradas y salidas. Divertidísima, y con toques fílmicos es la llegada de una jauría cortesana a la cocina, medidamente más pequeña. Escenógrafo y directora juegan a dar guasa a toda la acción también con las estancias del decorado.

Sobre escena los componentes del elenco de la Joven Compañía de Teatro Clásico, que auguran talento a rebosar en décadas por venir. Son: Sam Arribas, Jordan Blasco, Luis Espacio, Laura Ferrer, Zoe da Fonte, Diego Garisa, Belén Landaluce, Julio Montañana Hidalgo, Gabriel de Mulder, Anna Nácher, Andrea Real y Andrea Santos. En esta obra destaca el trabajo del par de protagonistas escondidos en el zaguán, Sam Arribas (muy sólido) y Julio Montaña (cómico y divertido como fiel escudero). También las actrices, que toman en esta producción enorme protagonismo. Están las clásicas damas muy honrosas, también la criada brujil o las cotillas sirvientas. Los talentos se desperdigan por todo el elenco y a veces se disfruta tanto de un(a) sirviente con cara de pasmo que de un parlamento bien colocado.

En esta producción tan cómica, a Beatriz Argüello se le nota el homenaje a los hermanos Marx. La cocina atiborrada de gentío es un guiño al camarote loco de los Marx, y la escena de encuentro entre tapados es otro alago a la famosa escena de Groucho frente al espejo imaginado.

Combinar clasicismo con modernidad no es tarea sencilla, pero aquí los aires calderonianos se conservan con distinción, mientras se introduce mucha energía y vitalidad en los movimientos. Estoy de campaña, así que además de no perdérsela, llévense a alguien joven al teatro que lo van a pasar bomba juntos.

La clá

www.lacla.es

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