Madama Butterfly. Teatro Real, Madrid.

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El Teatro Real terminó la temporada por todo lo alto con un clásico de éxito casi garantizado: Madama Butterfly. Esta ópera, compuesta por Giacomo Puccini en su primera versión en 1903, es una de las más populares y conocidas del Partenón operístico. Contiene todos los ingredientes del éxito: conocidas arias y momentos musicales, una historia de calado y una heroína con final desgraciado. Es además de esas óperas en las que el componente teatral tiene total preponderancia. Puccini compró los derechos de la historia al autor teatral David Belasco, que había estrenado la obra con similar título en Londres. Cuenta el propio Belasco que no supo decir que no a un italiano emocionado e impulsivo que, con lágrimas en los ojos, había acudido a los camerinos tras la representación que acaba de ver en el Duke of York´s Theatre.

La historia, ambientada en Japón, respondía al gusto de la época por lo oriental y por lo que se consideraba exótico desde la visión del viejo continente. Esta tendencia hacia lo japonés había surgido en la segunda mitad de siglo XIX, y se manifestó con gran fuerza en la pintura de los impresionistas y, mucho más allá, en los artistas que, con un arte mucho más individual, les siguieron. Van Gogh y Gauguin son quizás los ejemplos más representativos. El primero escribió a su hermano Theo contándole que el arte japonés representaba una vuelta hacia las raíces y lo primitivo, que le había proporcionado una visión nueva que había aplicado en la perspectiva de sus cuadros. Puccini orientalizó también la partitura, tomando prestados aires musicales de la tradición japonesa.

Madama Butterfly muestra, principalmente, el choque entre dos culturas, la occidental, representada en Estados Unidos, y la japonesa. También una cierta supremacía económica entre lo norteamericano, representado en el marine Pinkerton, y la joven y malograda Cio Cio San, que trabaja como geisha. La obra de teatro, y la ópera que usó la historia como libreto, datan de 1900. No habían pasado todavía ni cincuenta años desde que Estados Unidos reactivase las relaciones comerciales con este país, que se mantenía, a principios del XX, como un territorio exótico y cerrado en sus propias tradiciones. Entre ellas, la prostitución elegante ejercida por jóvenes geishas, los matrimonios concertados o la muerte por honor, ejecutada en forma de harakiri.

La protagonista, Cio Cio San, es una adolescente que se ha visto abocada a convertirse en geisha por la caída económica de la familia. Un casamentero tramita la boda con el marine estadounidense Pinkerton que, en la primera parte de la representación, se mofa de las tradiciones jurídicas japonesas. La ley japonesa ha configurado un régimen matrimonial con extranjeros de larguísima duración (999 años), pero con fácil escapatoria, al poder resolverlo unilateralmente cada mes.

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Pinkerton y Cio Cio San se casan y, como es de esperar, él pronto embarcará de regreso a su país, abandonándola (aunque no expresamente). La lealtad de ella hacia él no ceja, y Cio Cio San se mantendrá fiel a su marido, esperando que regrese tres años después. En este tiempo de espera nace su hijo, del que Pinkerton desconoce su existencia. En un nuevo viaje a Japón, regresará, casado con una americana, tras conocer a través del cónsul que fue padre de un niño. Cio Cio San, cuya situación económica se ha visto agravada, opta por dejarlo marchar y quitarse la vida, antes que volver a ejercer su antiguo oficio de geisha. La historia, que es puramente teatral, contiene un elemento muy shakespeariano, y es el punto en que el acaudalado Yamadori, le propone matrimonio a la abandonada esposa. Cio Cio San se encuentra en ese punto ante la ola que le llevará por un camino u otro. Pudiendo escoger entre una vida acomodada para ella y su hijo, la joven japonesa decide rechazar la oferta y continuar esperando al volátil Pinkerton. Esta capacidad de hacernos dueños de nuestro destino la versó Shakespeare en Julius Caesar:

There is a tide in the affairs of men.

Which, taken at the flood, leads on to fortune;

Omitted, all the voyage of their life

Is bound in shallows and in miseries.

On such a full sea are we now afloat,

And we must take the current when it serves,

Or lose our ventures.

La producción del Teatro Real ha realzado la teatralidad de una ópera, ya de por sí, muy teatrera. La dirección escénica, en forma de representación dentro de una representación, es de uno de los más reputados directores de escena en activo, Mario Gas. La escenografía, que muestra un imponente palacete japonés, se encierra como decorado de una producción cinematográfica de principios del siglo XX. A la acción propia de la ópera, se le suman los movimientos escénicos y las imágenes de esta ficticia grabación audiovisual.

Para los amantes del detalle, al final de la representación escénica, y en las pantallas en que normalmente se leen los subtítulos y en las que se han podido ver las imágenes a blanco y negro de este falso estudio cinematográfica, quedan sobreimpresas las palabras de Pinkerton del primer acto en las que se jacta de las andanzas propias:

Dovunque al mondo lo Yankee vagabondo si gode e traffica sprezzando rischi.

En cualquier lugar del mundo, el Yanqui errante disfruta y especula despreciando riesgos

Este detalle final, sobreimpreso en esta producción, viene con seguridad referenciado al momento político actual, con un Donald Trump prepotente y haciéndose notar con sus maneras en la escena internacional.

En cuanto a la producción musical, brillaron el coro y la orquesta titulares del Teatro Real, la dirección musical de Marco Armiliato, tenores y sopranos. La soprano Ermonela Jaho se llevó la enorme ovación del público, con un Teatro Real levantado en respuesta a la entrega mostrada por la artista en la representación. Además de las cualidades vocales, Ermonela desplegó toda una serie de dotes teatrales que sirvieron para emocionar, aún más si cabe, en las escenas más desgarradoras. Como colofón, destacar la escena de la muerte final en la que Ermonela se muere de forma hiperbólica, como si de una única representación se tratara.

El tenor Jorge León brilló también en ambas facetas. En la ópera de Puccini se echa en falta la súbita pérdida del personaje una vez pasado el I acto, y a quien no se verá hasta ya casi al final del III acto. Con un arranque glorioso (de mis preferidos es el pasaje de intercambio de pareceres entre el marine y el cónsul), Puccini hace que Pinkerton pierda protagonismo en el momento en que entre en escena su musa. Disfrutando de Jorge León, se saludaría mayor presencia musical de su personaje.

Con Madame Butterfly el Teatro Real quiso este año conmemorar la semana de la ópera, retransmitiendo esta producción en plazas, televisión y medios digitales. Estos días de agosto, además, Ermonela Jaho ha repetido ovación en el Festival de Peralada en el Alto Empurdá, con otra producción de Madama Butterfly.

La clá

www.lacla.es

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Imágenes cortesía del Teatro Real.

Sobre esta producción, el didáctico programa This is opera dedicó un programa entretenidísimo disponible en RTVE a la carta:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/this-is-opera/this-is-opera-madama-butterfly/3395902/

 

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