Turandot. Teatro Real, Madrid.

Termina la temporada del Teatro Real con Turandot, ópera póstuma de Giacomo Puccini (1858-1924). A diferencia de otros teatros, donde los montajes dramáticos flojean de público hacia final de temporada, el Teatro Real suele terminar por todo lo alto con una gran producción y enorme éxito de público. Para el espectador teatral habitual, el Teatro Real es una liga diferente. Lo es, por supuesto, por el precio de las entradas, pero también por lo que en él se cuece. Echar un vistazo al programa de mano es babear de envidia con el número de mecenas y patrocinadores, y el enorme listado de personas que forman parte de sus diferentes consejos.

El Real es probablemente el más icónico heredero de la feria de vanidades que ha sido el teatro en algunas épocas históricas. Es el centro, sin duda, de muchos intereses económicos, políticos y sociales, y no siempre de afición artística. Pero incluso estos bailes sociales, puede decirse que son teatro dentro del teatro.

Respecto al exceso de mecenas y patrocinadores, ya lo quisieran para sí otros teatros, públicos, privados, nacionales y locales. Lo cierto es que en países anglosajones, como Reino Unido, son muchos los teatros que cuentan con este apoyo de marcas, empresas y mecenas particulares. El Teatro Real es de los pocos teatros, con el Teatro Nacional de Cataluña o el Liceo de Barcelona, que se beneficia de este apoyo económico.

Ir al Teatro Real en julio es encontrarse con un patio de butacas muy animado con caras conocidas del mundo del arte, de la judicatura o de la empresa. Pero además es ver uno de los montajes grandes de la temporada teatral. Ya avancé que no se deja las migas para el final, sino más bien los fuegos artificiales.

Vamos con lo escénico.

Esta Turandot se sirve como plato fuerte de temporada. La dirección de escena, escenografía e iluminación viene a cargo de Robert Wilson (tejano, nacido en 1941). Wilson es un peso pesado de las artes escénicas. Con Philip Glass compuso la premiada ópera, Einstein on the Beach (1976) y sus composiciones teatrales se caracterizan por un fuerte componente estético.

La producción de Turandot para el Teatro Real tiene mucho de arte contemporáneo y es una producción fuertemente visual. Las imágenes son un regalo para el fotógrafo de escena, en este caso Javier del Real. Para el aficionado al arte contemporáneo reconocerá los contrastes cromáticos de rojo, negro y blanco de los pintores del expresionismo abstracto americano, como Motherwell, Rothko. En la escena en la que el desconocido pretendiente pasea entre la naturaleza surge la referencia a los enjambres negros de Pollock.

Wilson ha querido crear un imaginario bello y frío como el carácter de la propia Turandot, inalcanzable, soberbia y misteriosa. La propuesta, salvo en momentos puntuales, juega a una base en la que se colocan los personajes y se deja toda la altura de la cava escénica a los fuertes colores orientalizados (rojo, negro y blanco). Como en el cuadro de Las Meninas, en el que más de la mitad del espacio pictórico es precisamente eso: materia, pintura y espacio. La otra nota destacable es un marcado sentido de la frontalidad. Los personajes no interactúan entre ellos, sino que declaman y cantan hacia el público. Como los guerreros de terracota de Xian que, en manada o grupo, encaran militarmente a quienes les observan. De nuevo, Wilson juega al hieratismo de la protagonista a través del conjunto artístico.

Confieso que el conjunto orientalizado me resulta en exceso frío, aunque se note la maestría estética. Estupendo maquillaje y magníficos trajes, pero más que los colores grandilocuentes, hay algo que me emociona más en esta dirección artística y donde Robert Wilson demuestra su oficio. Se trata sin duda de la iluminación. Con numerosos personajes sobre escena, Wilson es capaz de iluminar claramente a los protagonistas y dejar al coro en una semi penumbra, remarcando el carácter de serviles ciudadanos. El movimiento y la sincronización lumínica es un verdadero goce estético, que refuerza además el poderío de un coro muy presente en esta pieza de Puccini.

Como contraste, son los tres ministros cínicos Ping (Germán Olvera), Pang (Moisés Marín) y Pong (Mikeldi Atxalandabaso), los que se llevan el jugueteo y la expresión de la acción dramática. Enorme ovación para ellos del público por una interpretación actoral muy exigente físicamente. En ellos Wilson ha querido homenajear a la Comedia dell´Arte que inspiró al propio Puccini. Son arlequines contemporáneos, que mezclan las máscaras orientales, con los toques bufonescos, y esa sensación inquietante tan propia de la ópera contemporánea.

En cuanto a los protagonistas, lamentablemente hubo descompensación notoria. En la ópera de Puccini hay una especial predilección por el personaje de la esclava Lea, cuyas arias se aprecian por su complejidad. Montserrat Caballé tuvo en su haber una memorable interpretación de Liu. La interpretación de la soprano Miren Urbieta-Vega fue la más apreciada por el público. Saioa Hernández, como la gran Turandot, creció en las escenas finales, en las que la fuerza del personaje alcanza su mayor presencia.

Enorme decepción fue la actuación del tenor. Tras una primera parte bastante plana por su parte, al inicio del entreacto se anuncia que el tenor, pese a estar indispuesto, continuará con la representación. El resultado fue un fallido “Nessun Dorma”, la gran aria de esta ópera que popularizó Luciano Pavarotti. La decepción viene por ese anuncio previo que vaticinaba que el tenor no podría con ese momento epopéyico y por la gestión. A diferencia de los montajes teatrales habituales, los del Teatro Real cuentan con diferentes intérpretes para el mismo rol, precisamente para cubrir que la indisposición de un cantante pueda llevar a la cancelación. Una representación de Turandot sin un “Nessun Dorma” es como una mañanita sin sol. Los grandes actores aguantan como pueden las indisposiciones, y he visto (o notado), por ejemplo, a la todoterreno Concha Velasco con un trancazo de aúpa haciendo una interpretación sobresaliente. En el caso de los cantantes cuentan con un instrumento más delicado: su voz para el cante, y de ahí que un simple catarro les deje simplemente fuera de partido.

Desconozco si la indisposición fue repentina, espero que así lo fuera. Y sintiéndolo mucho por el apurado tenor, que sería el primero en sufrir enormemente en la representación, creo que el público hubiera merecido una solución alternativa e incluso improvisada, con el aria decentemente cantada por un sustituto.

Salvo este desliz, este Turandot es una producción colosal a nivel estético y artístico, en la que destacan un juego asombroso de luces, maestría de Robert Wilson, y el increíble quehacer del coro titular del Teatro Real, con los jóvenes cantores de la JORCAM.

La clá

www.lacla.es

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Turandot. Teatro Real.

www.teatroreal.es

Duración aproximada: 2 horas y 30 minutos.

Imágenes cortesía del equipo de prensa del Teatro Real.

Fotógrafo de escena, Javier del Real.

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