Jauría. Pavón Teatro Kamikaze.

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Miguel del Arco y Jordi Casanovas han construido, a través de retales de sentencias, una obra poderosísima que está revolviendo el estómago y las vísceras del público que acude a verla. Es Jauría: la vivificación escénica de pasajes literales de las declaraciones y de los alegatos del juicio de La Manada, que sacudió a este país. Una joven de apenas 18 años viaja a Pamplona junto a un amigo a disfrutar de San Fermín. En la noche de excesos y alcohol, perdida por la ciudad, la joven se topa con una panda de cinco tíos de juerga. La noche acabará con ella sola, en un portal oscuro de un edificio, sin el móvil, en estado de shock, después de que los cinco la vejasen, humillasen y se valieran de ella sexualmente.

La obra arranca con una voz en off que explica que vamos a asistir a una ficción dramática de fragmentos de declaraciones del juicio de La Manada. Las declaraciones, se nos explica, han sido fragmentadas, reordenadas o reducidas, pero en ningún caso se ha añadido ficción. El autor Jordi Casanovas, y el director Miguel del Arco, no han querido alterar las palabras, usando el género verbatim, que forma parte del conocido como Teatro Documental. El verbatim es una dramaturgia que apuesta por mantener el lenguaje en su estado salvaje, apegado totalmente a la realidad, sin censuras ni cortapisas, utilizando para ello una reproducción exacta de las palabras.

No es la primera vez que Casanovas se adentra en el género, ya lo hizo con Ruz Bárcenas montada por el Teatro del Barrio. Pero tengo la sensación, por cómo se desenvuelve la acción, de que Jauría ha debido representar un reto mucho mayor. De entrada, porque no es un vis a vis, sino una reproducción de lo que ocurrió la noche a través de los cinco tíos de La Manada, y de la joven de 18 años. Las declaraciones policiales y judiciales se descomponen, de forma que se convierten en diálogos espetados al espectador. El público, precisamente, se transforma en una suerte de testigo, confidente no deseado o interrogador.

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Miguel del Arco imprime su habitual energía al montaje. Lo conservador hubiera sido colocar a cada uno frente al interrogador, e intercalar declaraciones. Pero lo asombroso aquí es que Casanovas ha logrado un trenzado de las testificaciones tan sutil que, a su vez, ha permitido a Miguel del Arco levantar una escenificación de lo ocurrido con una vivacidad absoluta, y a ratos heladora. El tronío de la música, las frases hechas de fiesta de cinco actores (Fran Cantos, Álex García, Ignacio Mateos, Martiño Rivas y Raúl Prieto) espeluznan como preludio de la violación. La corpulencia, pero sobre todo los gestos de masculinidad predominante (copa en mano, polos ajustadísimos) se convierten en una exaltación de testosterona. El contraste en escena se produce a través de María Hervás, que regala la más estremecedora interpretación de la víctima, con un tono de voz pegado totalmente al hablar cotidiano, con el deje propio de una joven madrileña.  Y simplemente sobrecogedor cuando se torna en sollozante.

Mientras el relato de los jóvenes roza la trivialidad, es el de ella el que noquea y hace que la cabeza del espectador entre en un profundísimo debate interno. Soy mujer, he tenido dieciocho años, he ido de fiesta hasta el amanecer, y no tengo ni idea de cómo hubiera reaccionado estando totalmente pedo y acorralada por cinco tíos, en una situación que simplemente supera a cualquiera. Me asaltan recuerdos de aquellos años, e incluso de alguna amiga que decía entonces que si te violan es mejor no moverse, que se lo había dicho su padre, que es abogado. Teniendo esos antecedentes personales (cada espectador aportará los suyos), se caen al suelo los juicios preconcebidos.

¿Cómo juzgar la pasividad de la víctima? Sus palabras lo repiten constantemente. Clama María Hervás: “no sabía cómo reaccionar”, “en ese momento estaba en estado de shock”, “no hablé, no grité y no hice nada”. Y, sin embargo, nada de eso justifica lo que hicieron de ella en aquel portal oscuro. Pero esa conclusión exige al espectador o, mejor dicho, al ciudadano, admitir que no decir no, también es un no, que la pasividad no implica consentimiento. Que los errores de la joven en ningún caso justifican el abuso ni la agresión.

Mientras la acción se desenvuelve hasta el fatídico portal, los cinco actores que conforman La Manada, van creando una atmósfera de terror, con el acento sevillano que aquí se torna terrible, envolviendo a la víctima. La escena de la violación es cruenta, pero a nivel escénico es un ejercicio estilístico de coreografía respetuosísimo con lo que sufrió la joven. Artísticamente impecable.

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Antes de llegar al juicio, Casanovas quiere aprovechar para mostrar lo que fue de la joven tras dejar Pamplona. Cuenta el viaje a la playa que hizo después, se justifica por ser joven y por querer olvidar. Habla del ejercicio compulsivo frente a la televisión, tratando de obtener respuestas a lo que le ocurrió. Y éste es quizás el epicentro del género del Teatro Documental, y el reflejo que proyecta sobre el público. Con la reproducción de los hechos como sucedieron, el espectador trata de encontrar una respuesta satisfactoria que, como en el caso de la joven madrileña, lamentablemente no existe. La joven se dejó atrapar, no forcejeó, y ellos se echaron sobre ella como una manada. Pero no existe un correlato entre la pasividad de ella y la barbarie de ellos: los actos que ellos ejercieron sobre ella son del todo inadmisibles. La violencia, la causalidad de lo sucedido son hechos arbitrarios, sin justificación alguna.

La segunda parte tiene ciertas resonancias a La naranja mecánica, novela que Stanley Kunbick llevó al cine. En la primera parte Jordi Casanovas nos muestra la violencia de cinco bullies (como los drugos que también violan en la película a una mujer), pero a partir de ahí nace otra violencia, la del Estado, la institucional. Los policías que cuestionan la actitud de la víctima, la prensa, los comentarios de los abogados, las opiniones de los jueces. Aquí Miguel del Arco da un doble salto mortal sin red del que sale bien parado. La víctima será ahora fiscal, los agresores serán miembros de la judicatura y abogados. En un ejercicio imposible, de tan sólo fracciones de segundo, María Hervás se quita a la chica, y se pone la toga. Deja el desconcierto y los sollozos y adopta la postura profesional y comedida de la mujer fiscal. Hacia el final tornarán a sus personajes originales. Termina la obra con el público con un nudo en la garganta, y los actores extenuados psicológicamente, abrazados entre sí.

Permítanme recomendarles una obra que, narrando los hechos de un suceso terrible, se convierte en uno de los mayores ejercicios de sanación colectiva que puedan existir. La delicadeza, y ese poder mágico que tiene Miguel del Arco de generar vida en estado puro en el escenario, hacen de Jauría una obra trágica de ver por su realismo. María Hervás está sobrecogedora, y el grupo de actores Fran Cantos, Álex García, Ignacio Mateos, Martiño Rivas y Raúl Prieto, en una ingrata interpretación, están perfectamente sincronizados, y poderosamente contenidos. A ésto se suma un texto sabiamente tratado por el que ya es el maestro del género en nuestro país, Jordi Casanovas.

No dejen de tener conversaciones en torno a esta obra. Sólo con ellas es posible sanar la tristeza que produce.

La clá

http://www.lacla.es

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Pavón Teatro Kamikaze

https://teatrokamikaze.com/

Jauría. Duración aproximada: 1 hora y 25 minutos

Fotógrafa: Vanessa Rábade

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