
Las Naves del Español en el Matadero de Madrid programan este invierno, coincidiendo con ambiente navideño, “Tan solo el fin del mundo” (Just la fin du monde), pieza teatral escrita en 1990 por el dramaturgo francés Jean Luc Lagarce (1957-1995) en torno a la familia.
Tan solo el fin del mundo es un relato autobiográfico de su autor, que se coloca a sí mismo ante un ficticio reencuentro familiar para anunciar su muerte, un año antes de que así suceda. La obra es muy conocida en Francia y cada año hay un montaje dedicado a esta pieza. Llegó incluso a incorporarse en su día en el repertorio contemporáneo de la Comédie-Française y es parte del currículo de muchas escuelas.
Israel Elejalde se atreve a dirigir esta pieza en una producción del Teatro Kamikaze y del Teatro Español. El atrevimiento viene a cuento de un texto enrevesado, nada fácil de ejecutar. El drama tiene un tono marcadamente francés, tanto en la forma de la escritura como en su pensamiento, alejado, por tanto, de la dramaturgia española, mucho más costumbrista, o de la anglosajona, pegada al naturalismo. En la obra de Jean Luc Lagarce se aprecian innovaciones estilísticas y conceptuales que han impregnado el teatro más reciente. Intuyo que la elección de esta pieza por Elejalde tiene mucho que ver con su colaboración artística (en este caso como actor) con Pascal Rambert (La clausura del amor, Finlandia). Rambert, como Lagarce, opta por una dramaturgia de relaciones personales, en la que los personajes se embisten y donde la comunicación queda reducida a diálogos monolíticos. En Tan solo el fin del mundo, Lagarce introduce discursos unipersonales en lo que, en apariencia, parecen ser diálogos entre personajes. Esta forma de concebir las relaciones y la escritura es el hilo que une a Rambert con Lagarce.

A un año de morir, Louis, el protagonista de la obra, decide reencontrarse con su familia de la que lleva años distanciado, prácticamente desaparecido (a salvo de unas esporádicas postales). La obra empieza como lo hace Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez. Una frase enmarca el planteamiento, nudo y desenlace de la historia: “Más tarde, en un año – me tocaría morir – ahora tengo cerca de 34 años y a esa edad moriré, en un año (…)”. Lo que importa, sin embargo, es lo que sucede en ese enfrentamiento entre hijo y hermanos, entre hijo y madre, entre hijos y cuñada, y no tanto lo que sucederá, que ya se nos desvela desde el arranque.
La obra comienza con sonidos de máquinas médicas, de esas que bombean oxígeno mientras un corazón late fuerte. Sobre escena, un bailarín (Gilbert Jackson) abre la obra, y se convierte, a ratos, en un alter ego inquietante del moribundo. Representa lo corpóreo, lo vivo, lo que se retuerce, frente a una figura pálida e impasible, que es el propio Louis (Eneko Sagardoy). La adición de la danza es uno de los elementos que dotan de plasticidad a este montaje. Hay otros, y son todos de enorme exquisitez.
Louis llega a la casa familiar habiendo anunciado que se muere. No busca redención, ni arrepentimiento, en realidad no se sabe bien qué busca. Lagarde, conocedor en la vida real de que es enfermo de SIDA, escribió esta obra en la que se enfrenta ficticiamente a su muerte y a su propia familia. Eneko Sagardoy tiene el papel más ingrato de representar: un tipo egoísta, al que no se encuentran verdaderas razones para exigir esa rendición de cuentas. Su familia es como la vajilla duralex de vidrio empedrado que se usa en la comida: resistente, funcional… corriente. Sagardoy le da bien el punto atormentado que requiere el personaje, le falta quizás un punto más de interés. O puede que el texto, siempre difícil, se ensañe especialmente con su personaje. Louis, simplemente, genera rechazo.
María Pujalte es una madre opresora, de esas a las que se le escapan puyitas y dolorosas afirmaciones en conversaciones corrientes. Pujalte sabe encarnar a ese tipo de madres de vida media, acomodada, que se han desarrollado con desapego hacia los hijos, sin cariño, y con un ancla fijada en el pasado. La hija es Yune Nogueiras, enormemente vital en su primera confrontación con el hermano reaparecido. Es uno de los pasajes en formato monólogo que más fuerza tienen del principio. Construye en él la trama de un hermano ausente, del drama siempre de los que se quedan, no de los que marchan.
Irene Arcos tiene un papel más secundario, pero interesantísimo. Su actuación es la que mejor subraya uno de los méritos estilísticos del texto de Lagarde: el uso embrollado del lenguaje, los cambios constantes de tiempo verbal, las autocorrecciones lingüísticas. Arcos, que ya trabajó bajo dirección de Israel Elejalde en Traición, muestra una enorme ductilidad. Se hace con un texto endiablado al que no ayuda el uso de “usted” (más propio del francés). Un texto con retrocesos constantes sobre lo que se acaba de decir. Con gesto encorvado, bajo rebeca con hombreras y tras unas gafas desfavorecedoras, Irene Arcos ofrece una interpretación diferenciada, con dominio pleno de los vericuetos verbales.
Raúl Prieto cierra prácticamente la obra, y la hace plenamente suya al final. Prieto es uno de esos actores que tiene una dote natural hacia el humor y al mismo tiempo hacia la tragedia más visceral. De su personaje, el hermano, dice su familia: “hace que se ríe, pero suele estar enfadado”. El talento de Raúl Prieto parece estar hecho para esta descripción definitiva de su personaje. Y lo revienta. Su monólogo final es el que más emoción causa.

En la dirección, Israel Elejalde ha sabido contrarrestar el excesivo intelectualismo y narcisismo del texto, y lo ha hecho a través de tres abstracciones: la danza, la música maravillosa compuesta por Alberto Torres y el diseño de escenografía a cargo de una de las grandes escenógrafas, Monica Boromello y videoescena de Pedro Chamizo. El escenario queda dividido en dos por una enorme franja blanca sobre la que se proyectan en vertical escenas de infancia. El conjunto es de una enorme sofisticación y plasticidad, y diluye con inteligencia el exceso de intensidad que adquiere en ocasiones el texto.
La familia de Lagarde en Tan solo el fin del mundo no llega a conmover tanto como sí lo sigue haciendo la familia O´Neil en Largo viaje del día hacia la noche. Desde luego no es, en esta producción, por una interpretación y una puesta en escena que en este montaje son de una exquisita sofisticación, sino por un mal reparto autoral del propio Lagarde hacia los delitos y faltas familiares.
La clá
www.lacla.es
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Tan solo el fin del mundo. Naves del Español en Matadero.
https://www.teatroespanol.es/tan-solo-el-fin-del-mundo
Duración aproximada: 95 minutos.
Imágenes de Vanessa Rábade, cortesía del equipo de Prensa de Naves del Español.

