The Knight of the Burning Pestle. Cheek by Jowl.

The Knight of the Burning Pestle

Plato fuerte del ciclo Una mirada al mundo, del Centro Dramático Nacional, es la llegada de la compañía británica Cheek by Jowl. Ernesto Caballero tomó el testigo del primer maestro anfitrión, Mario Gas, haciendo de Cheek by Jowl invitada especial en cada temporada madrileña. No tengo datos, pero sí una intuición certera sobre la influencia que esta compañía, abanderada por Declan Donnellan, ha ejercido sobre nuestros mayores artistas en activo. La modernidad y el movimiento que hoy se ven sobre nuestras tablas fue una de las lecciones magistrales que pronto importamos de esta compañía, y que nos permite en la actualidad disfrutar de los clásicos como vanguardia pura. Como muestra, el número alto de actores, directores y artistas que suelen acudir a la cita anual con esta compañía.

Cheek by Jowl continúa produciendo teatro jacobino e isabelino, alternando Shakespeare con coetáneos del dramaturgo inglés. En esta ocasión han elegido un texto poco conocido, The knight of the burning pestle, escrita por Francis Beaumont y estrenado en el año 1607 en el Backfriars Theatre de Londres. La pieza destaca por ser una sólida obra de meta-teatro, en la que un tendero y su mujer suben súbitamente al escenario mientras se representa la obra The London Merchant, con el ánimo de sugerir cambios en el montaje para hacerlo más entretenido y ameno.

The Knight of the Burning Pestle

La pieza está interpretada por la compañía The Pushkin Drama Theatre, con la que Cheek by Jowl anda hermanada. La modernidad de Donnellan sigue el halo de otro gran maestro, Peter Brook, que concibe el arte escénico como fenómeno pluricultural absoluto, capaz de traspasar barreras étnicas e idiomáticas. En Measure for Measure pudimos ver una muestra de esta colaboración, que fue aplaudida hace un par de temporadas. Atino, seguro, si digo que The knight of the burning pestle ha superado con creces las expectativas del público.

Arranca el espectáculo con un falso montaje en el que los actores, cari-compuestos, nos vaticinan un dramón familiar de los de verdad. El escenario se funde en oscuro con los trajes de los intérpretes, y una proyección en blanco y negro sobre el cubículo central (tal pareciera que el mismo Ingmar Bergman se nos fuera a aparecer). Hay mofa, claro está, al teatro contemporáneo y como todo buen humor, éste empieza por mirarse y burlarse de uno mismo. Donnelan puso en pie un Hamlet (que se vio hace años sobre las tablas del Matadero) en parecidas tonalidades grisáceas.

Recita el personaje narrador de The knight of the burning pestle: “nuestra tarea no será entretener, sino enviar un mensaje rico y profundo”. Semejante propósito se verá pronto truncado. Saltan sobre el escenario los espontáneos que en realidad son los personajes centrales de la trama, Alexander Feklistov y Agrippina Steklova (el tendero y su esposa). Maravillosamente frescos, con un desparpajo que hace incluso creer al público que estos dos rusos no pueden ser si no otra cosa que espontáneos (tal cosa ridícula se le pasa a cualquiera por la cabeza con un patio de butacas repleto de madrileños…).

The Knight of the Burning Pestle

Y para reforzar la sensación de veracidad, nada como la aplicación de la teoría del bolso escénico, teorema burdo y personalísimo formulado con los años, pero que me permite, en ocasiones, disfrutar de su acierto. Poner un bolso sobre el escenario es de un riesgo absoluto, porque un bolso es una cosa identitaria que pertenece a una persona. Un bolso guarda las señas de cualquier mujer: su cartera, sus llaves, su barra de labios… Las compañías amateurs (y algunas que no lo son) suelen caer en el error de poner sobre escena un bolso notoriamente vacío, sin peso, sin vida. Si yo fuera intérprete y mi papel requiriese llevar bolso, lo llenaría con las cosas del personaje para sentir que le pertenecen, aunque no se viesen. Con la misma intimidad de quien lleva un abrigo oscuro forrado por dentro de colores vivos: con ese guiño a uno mismo, y a los secretos que esconde y no desvela.

La tendera espontánea que sube al escenario de The knight of the burning pestle lo hace, efectivamente, con un bolso, y oigan qué bolso. De entrada, es una gloria ver cómo lo coge en cada momento, cómo lo lleva y lo trae, sin perderlo de vista, para que nadie se lo mangue. El bolso será, durante la obra, un elemento dinamizador con el que moverse, zarandear o del que sacar comida o kleenex, según exija la acción. Si hubiera un bolsómetro, The Knight… obtendría cinco estrellas.

Volviendo al tono serio, si en un primer momento saltan al escenario el matrimonio de tenderos, en seguida lo hará el sobrino, Rafe (Nazar Safonov), un joven con ínfulas de farándula. Él será el caballero que irrumpa, de cuando en cuando, por la trama principal del supuesto montaje. El blanco y negro del montaje originario se irá tiñendo de los dorados del caballero y de los colores del matrimonio burgués. Alrededor: un reparto noqueado con lo que sucede alrededor suyo.

The Knight of the Burning Pestle

Entre el reparto noqueado, sobresale Mrs. Merrythought (Anna Karmakova), con cara asustadiza durante el primer tercio de la obra. Como quien observa a una especie de secuestradores escénicos. Luego, apoderada del caos imperante, opta por sumarse al show de variedades en que se ha convertido el drama originario. Resalta, digo, por un carisma físico cercano al de Diane Keaton, y por dominar la comedia, el canto y, cuando le dejan, el tono trágico de su papel (supuestamente) originario.

A medida que avanza la obra, con la pareja improvisada de espontáneos entrometiéndose con, cada vez menor pudor, y con el sobrino envalentonado como caballero, la trama se convierte en una especie de dislate tan bien orquestado que, en ningún momento el espectador pierde el envite. El torbellino llega en el último tercio. Después de haber tenido un falso caballero, a lomos de un falso caballo, con un poco entusiasta escudero, un par de espectadores metomentodo, una mujer que huye con su hijo de su marido alcoholizado, un par de regidoras que se apartan del foco y una troupe artística descolocada llega la traca final.

The Knight of the Burning Pestle

Cheek by Jowl rompe directamente el escenario. Y juega al juego del teatro, ese que permite cualquier ficción siempre, claro está, que se alcance el perfecto ritmo y la certera calidad artística. Y como torbellino que asciende, Declan Donnelan hace estallar el escenario en una especie de guateque en el que se cuelan pelucas verdes, máscaras y comparsas. Cualquiera que entre en ese punto en el patio de butacas pensará que la obra es una guasa, pero quien haya asistido desde el inicio no podrá parar de carcajearse.

Y recuerden que todo este tinglado pasa en ruso.

La clá

www.lacla.es

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Imágenes cortesía de Cheek by Jowl. © Johan Persson

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