Esperando a Godot. Teatro Valle Inclán, Madrid.

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Producir Esperando a Godot sin ser una compañía de teatro aficionado es una osadía. Algo así como enfrentarse a un toro bravo y a su público en una plaza central y, al mismo tiempo, rivalizar con compañeros de cartel de la talla de directores como Peter Hall o Lluis Pascual (artífices de anteriores montajes de la obra). El dramaturgo Alfredo Sanzol se atreve con semejante corrida, de la que sale con orejas y rabo.

El montaje que ha ideado Sanzol para el Teatro Valle Inclán merecería estar un año en cartel. Y acudir y reincidir en el mismo como feligrés que acude al rito. A Beckett probablemente le gustaría el homenaje repetitivo de ir, ver y rever la misma obra (su Esperando a Godot) en distintas estaciones.

La espera en la que nada ocurre, pero donde el tiempo se materializa más que en ningún otro drama, ha dado lugar a numerosas interpretaciones. Su autor no quiso nunca esclarecer en qué se inspiró. Llegó incluso a rechazar la noción de que Godot fuese Dios, lo que ha dado para mucha prosa y nuevas interpretaciones. En la aplicación del Victoria and Albert Museum, Played in Britain (*), se hace un repaso al impacto que la obra tuvo en distintos lugares o momentos. En el penitenciario de San Quintín, la representación de una compañía de San Francisco se vio como un canto a la libertad (en contraposición a la situación del público recluso), mientras que en países del bloque soviético como Polonia, el montaje de la obra de 1956 se acogió como una reivindicación hacia el cambio de régimen.

Qué queda hoy de todas estas visiones de Godot. Pues probablemente la más primaria. Esperando a Godot es una reflexión sobre la vida y el paso del tiempo. También sobre las huellas difusas de la memoria que confunden acontecimientos pasados y olvidan los más cercanos. Habla de compañeros de viaje, del afecto entre parejas (la relación entre Gogo y Didi es enternecedora) y de conversaciones fútiles que se repiten entre personas que conviven y comparten gran parte de su vida diaria.

La angustia y el desasosiego también tienen cabida en Godot. Toda la obra es inquietante, y pese a las enormes dosis de humor, hay algo siniestro que rodea a la trama. Los sombreros, el páramo, el viejo árbol, el chico que anuncia que Godot no vendrá hoy, pero sí mañana, la violencia explícita de personajes misteriosos que apalean a los protagonistas en acciones que transcurren fuera del escenario… Todo ello genera una enorme claustrofobia que se materializa magistralmente en los zapatos que continuamente intenta quitarse Estragón. Ese gesto, visto hoy, da un nuevo pálpito a la obra. En una rutina creada por la sociedad del bienestar, donde el día comienza con el sonido estridente del despertador y continúa (con suerte) con una jornada laboral que mezcla momentos buenos y malos, la costumbre de llegar a casa y quitarse los zapatos que nos aprisionan durante el día se convierte en un momento liberador, aunque momentáneo, pues el siguiente día comenzará con el calzado de los zapatos.

El montaje de Sanzol es respetuoso con el texto y las elecciones de Samuel Beckett. El texto original está plagado de momentos descriptivos en los que el dramaturgo instruye sobre los movimientos que deben ejecutar los intérpretes y sobre el vestuario que portan.

Vladimir y Estragon son dos desastrados al modo de Charles Chaplin, del que mimetizan hasta el bombín. Sus conversaciones pasan de la intrascendencia a una honda clarividencia, pero lo hacen en clave de humor. La gran diferencia del teatro de Beckett frente al de Jean Paul Sartre (y, en particular, su Huis ClosA puerta cerrada -) es el sentido del humor. Las dos obras son existencialistas, pero Beckett se aparta de su precursor al tintar con momentos disparatados los diálogos y las situaciones. Alfredo Sanzol y los fabulosos intérpretes (en especial, Paco Déniz – Estragón – y Juan Antonio Lumbreras – Vladimir -) inciden constantemente en esa visión tragi-cómica y en la vena enternecedora de viejos payasos como Chaplin.

El texto y la acción (o inacción) de Esperando a Godot son, paradójicamente, rápidos y vitales (en contraposición a la nada que ocurre en escena) y exigen la atención constante de los intérpretes. El montaje de Sanzol destaca por la excelencia de sus actores y por las interpretaciones redondas de Paco Déniz, Juan Antonio Lumbreras y Juan Antonio Quintana. De los dos primeros hay que reconocer que llevan el peso de la obra. De Quintana, en el papel del esclavo y sabio Lucky, sorprende su enorme gestualidad y uno de los momentos álgidos de la representación: el inconexo monólogo filosófico. Pablo Vázquez es un Pozzo correcto, pero se deja llevar por la sobre-actuación y no controla su torrente de voz. Los micrófonos (del todo innecesarios, salvo que la acústica del Valle Inclán así lo requiera), desde luego no ayudan a que el actor pueda domar su potencia de voz.

El montaje de Sanzol y del elenco actoral, del que sólo cabe decir, ¡bravo! y ¡bravo!, continúa hasta finales de mayo en el Teatro Valle Inclán. Una obra y una producción redondas.

La clá

www.lacla.es

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Esperando a Godot – Centro Dramático Nacional:

http://cdn.mcu.es/espectaculo/esperando-a-godot/

Victoria and Albert Museum – Aplicación Played in Britain:

http://www.vam.ac.uk/content/articles/p/played-in-britain-modern-theatre-in-100-plays-1945-2010/

Imagen:

De izquierda a derecha: Juan Antonio Lumbreras, Paco Déniz, Juan Antonio Quintana y Pablo Vázquez en un momento de la representación. Cortesía del Centro Dramático Nacional.

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