
Desde hace tiempo el West End londinense, ese entramado empresarial formado por los principales teatros comerciales de la ciudad, ha apostado por una fórmula escénica con garantía de éxito. Tomen una obra reconocida, preferiblemente un clásico contemporáneo del siglo XX. Cojan a un director solvente, e incluyan en cartelera a un intérprete conocido por el público por series o películas. ¡BUM! Éxito garantizado de público.
En esa línea está uno de los estrenos de la temporada, “Waiting for Godot”, escrita por el dramaturgo Samuel Beckett entre 1948 y 1949 Es su pieza más insigne, aunque yo personalmente tenga predilección por otra suya, Happy Days (1960), menos obtusa y más rica en resonancias, con una mujer como protagonista.
Ahora bien, Waiting for Godot es de una calidad indiscutible, y es una de esas piezas teatrales que hay que ver, preferiblemente en sucesivas producciones. Las tablas madrileñas tienen querencia por esta pieza, y se ha producido en varios montajes (en 2013, por ejemplo, por Alfredo Sanzol). Se dice que Godot es una especie de penitencia para el aficionado teatral, porque su encanto es precisamente ese tedio en el tiempo que se masca en una espera infructuosa.
El crítico teatral del diario The Guardian, Michael Billington, reflexionó sobre si seguir montando este clásico era pertinente. Godot representa una angustia vital que no es probablemente la de nuestro más reciente siglo. Los años cincuenta, con sus enormes incertidumbres, inspiraron a los mejores dramaturgos de la época (Williams, Miller, Beckett, Sartre…). Un mundo de posguerra (en el que las familias habían perdido a combatientes y en el que las naciones se lamían las heridas) se preguntaba sobre el sentido de todo aquel sufrimiento. La sociedad emprendía un viaje hacia la felicidad prometida por el estado del bienestar, pero lo cierto es que el horizonte en realidad escondía problemas mucho más profundos.
Beckett quiso escribir una obra sobre el tiempo de espera y sobre el anhelo irrealizable del individuo. Godot representa la esperanza puesta en que un tercero dé sentido o explicación al trayecto. Las lecturas son siempre ricas, Godot puede ser el Estado, Dios, nuestro empleador o incluso algo más siniestro, nosotros mismos. El dramaturgo de origen irlandés, que destacó por su inteligencia y que se formó en el Trinity College, quiso arrancarse su maestría literaria y optó por escribir la pieza (en su original) en francés. Con un manejo más pobre del lenguaje conseguiría así que sus diálogos fuesen más desnudos y punzantes. Sus palabras capturan, en muchos pasajes, lo irrealizable. Los diálogos, por su lado, arrojan mensajes o acciones a medio concluir, y bailan con el doble significado.
Se dice que Esperando a Godot está influenciada por la experiencia en la segunda guerra mundial del propio Beckett. La espera evoca ese tiempo tedioso y funesto antes del combate. Se ve bien en el segundo acto de la pieza, donde los temores y la angustia, con el árbol como solución final, se hacen más palpables. Volviendo a las reflexiones de Billington sobre la pieza, el crítico nos refleja algo importante sobre la ejecución de los diálogos. En el absurdo y la bonhomía ocasional de la situación, se cuelan muchas situaciones cómicas. Pero advierte Billington que cualquier representación fiel al original debe conjugar bien la dosis de comicidad. En todo momento debe sobrevolar una sensación angustiosa y funesta sobre algo terrible que no ocurre pero que acompaña. La comicidad es, en definitiva, caricatura, y debe dar zarpazos grotescos.
La producción, dirigida por el prolífico James MacDonald, exprime con mucha naturalidad el lado cómico, pero la angustia se mantiene impregnada en el aire. Hay una desolación atmosférica palpable. Los personajes de Estragon y Vladimir son siempre representados como un par de parias. Por eso, es habitual que se representen con aire de ancianos, o de locos, o de bufones.
MacDonald ha apostado por otra visión perfectamente compatible. Y entra aquí la genialidad de la escenógrafa y figurinista Rae Smith. El escenario es clásico: un árbol, una piedra, el anochecer, ninguna parte. La genialidad consiste en vestir a Estragon y Vladimir y dejar que los actores echen el resto. Ben Wishaw (conocido en pantalla por El perfume), tiene un físico minúsculo. Lucian Msamati (Game of Thrones) es corpulento. Un escuchimizado y un tiparrón, una combinación perfecta para convertirlos, en apariencia, en dos alcohólicos indigentes. Y esa es la tonalidad impresa a Vladimir y Estragon en esta producción. Cuando Estragon se queja en el arranque del dolor de pies, resuenan las hinchazones y los problemas reumatológicos típicos de los alcohólicos. Vladimir juega a no poder enderezar del todo las piernas, a moverse con las rodillas juntas hacia dentro, y con un dolor de vejiga continuo, en referencia a la cirrosis.

(c) Marc Brenner
Rae Smith les ha caracterizado así, sutilmente. Con piezas de chándal y viejos monos. Y para el que pasee por las estaciones de metro de Londres será capaz de otear a varios Vladimir y a otros tantos Estragon. Los diálogos de estos dos personajes son, por tanto, las conversaciones de dos adictos, dos enfermos psiquiátricos que viven en la intemperie. Y aquí es donde la obra se agranda y resuena con el siglo XXI. Vladimir y Estragon son el punto ciego del sistema. La falla y el recordatorio continuo de un futuro mejor que no llega para muchos.
Es valiente esta producción en la combinación de los actores. Es conocido el montaje de 2009 en el que Patrick Stewart e Ian McKellen interpretaron a estos dos personajes. Creo que el partenariado de Msamati y Whishaw añade más sutilezas. Estragon es apaleado por una turba desconocida. Con un actor negro la paliza se asocia con racismo, y la obra dialoga de nuevo con nuestros tiempos. Lucian Msamati, en la visión de Beckett, debe ser la piedra en el montaje. Es decir, la realidad, lo mundano, lo terrible, y Msamati ofrece, de cuando en cuando, un gesto o una mirada de terror para recordarnos que su existencia es, en realidad, temible. Vaticino que Ben Whishaw se va a llevar todos los premios teatrales de la temporada por dotar a Vladimir de las más notorias sensibilidades. Y siempre jugando con el barniz de alcoholismo que presenta estar producción artística. Whishaw es cariñoso y entrañable frente a Estragon, pero sufre de ramalazos ocasionales violentos. En la proyección de sus frases encapsula el tiempo, dejando que pasen los segundos, jugando a la vez con los tics del drogadicto y del borracho. Cada vez que espeta aquello de “we are waiting for Godot”, el corazón se aprieta un poco por la tonalidad que aporta al referirse al nombre de ese misterioso y redentor tercer hombre. Hay, en su sóla pronunciación del nombre (hecha de manera casi musical), un destello de esperanza, que convence sobre la necesidad de esperar con sólo escucharle.

(c) Marc Brenner
Las maravillas no cesan en estos dos. Y entra aquí otro de los grandes alicientes de este montaje. Quedan Pozzo y Lucky, esos dos personajes súbitos y no esperados que aparecen de repente. El amo que se ve acompañado de su esclavo y que lleva una soga atada al cuello. Menudo torbellino montan Jonathan Slinger (A gentleman in Moscow) y Tom Edden (Star Wars). Lo de Slinger es cautivador. Vestido como un inglés empoderado por el tweed y el barbour, aparece como una representación del votante de extrema derecha. Arroja toda la superioridad verbal y la pronunciación británica de clase, pero va sorprendiendo a medida que nos refleja su conocimiento y preocupación por su esclavo Lucky. Suyo es buena parte del primer acto de la obra que, en contra de lo esperado, se come el tiempo sin sentirlo. Ojo, en todo momento a Tom Edden, porque sus gestos renqueantes y sus babas, son un tratado de mimo. Y el final del primer acto, no lo olviden, es un soliloquio esquizofrénico de este personaje que, en manos de un actor curtido en Shakespeare, se convierte en uno de los puntos más alabados de la noche, arrancando aplauso del público al finalizarlo.

(c) Marc Brenner
He descubierto en esta nueva representación mucho Cervantes en la obra de Beckett. El contraste entre Vladimir y Estragon es el de dos locos como Quijote y Sancho, y esas apariciones en el camino son las propias de los entremeses de El retablo de las maravillas.
Me temo que esta producción de Esperando a Godot tiene un defecto demasiado grande, y es que puntúa muy alto en su ejecución, con el temible efecto de convertir nuevos montajes en cosas triviales. Si van por Londres, y se animan a ver esta producción, les advierto que puede que sea el Godot definitivo en su colección como espectadores. Y quizás por ello decidan que sea el último.
La clá
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Imágenes de Marc Brenner, cortesía del equipo de prensa del Teatro Royal Haymarket.

