El tratamiento. Pavón Teatro Kamikaze, Madrid.

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El “tratamiento”, en argot cinematográfico, se refiere al estadio intermedio entre la idea de una historia y su plasmación en un guion. Viene a ser como un cuadro preparatorio de un lienzo. Todavía refleja los mimbres de la composición, pero en él se esboza ya lo que será la imagen final.

Asistir al rodaje de una película es como acudir a un campo de batalla, en el que el caos y la suciedad campan a sus anchas. Los actores normalmente caminan protegidos por un abrigo sobre los hombros, y las personas del equipo de producción deambulan en un tiempo de constante espera.

Los que crecen soñando con ese mundo artístico se topan con la realidad de cualquier entorno laboral. Las políticas internas, los caracteres personales, las dificultades presupuestarias, la presión del mercado son cuerdas con las que se va tejiendo un entramado complejo. En ocasiones parece un milagro que cualquier resultado se materialice enredado en un nudo de tareas dispersas.

El tratamiento, la obra teatral de Pablo Remón estrenada en el Pavón Teatro Kamikaze, comienza precisamente con una idea, con la imagen de un verano en el que una chica española y un chico italiano se enamoran. Bárbara Lennie narra la escena, con un micrófono en mano, resaltando la sensación de lejanía. Las cartas que siguieron a aquel amor italiano parecen lejanas y extrañas. Y al mismo tiempo, parece que todo sucedió ayer, como si fuese hace un momento.

Sobre esta idea, el guionista y dramaturgo Pablo Remón hace una reflexión (en clave de biografía) a través de un tipo de unos cuarenta años que narra sus vicisitudes tratando de vender el esbozo de una película. Son suficientes años para que hayan pasado cosas, aunque no sean grandes cosas, dicen sus personajes. A Pablo Remón se le nota la pluma de historietista y el entonar reflexivo de escritor. Recalca, a través de los protagonistas, que uno escribe para recordar, porque las cosas se van y no se pueden retener. La ficción es, por tanto, un retal hecho de recuerdos, “una sopa hecha con los restos de la nevera”. Y como buen creador, Remón también piensa en el sentimiento de trascendencia de cualquier narrador de historias. Las personas se mueren con palabras que la gente les dice. El escritor trata de capturarlas.

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Estas honduras se cuelan en los diálogos de una historia más liviana, la de un guionista (Francesco Carril) que quiere triunfar en el cine con un drama de la guerra civil. En su camino se topará un director excéntrico a lo Brian Yuzna (divertidísimo Francisco Reyes) que, junto a una productora versada en la creación de éxitos cinematográficos (Bárbara Lennie), le convencerán de que reescriba el tratamiento e incluya ovnis y marcianos en la contienda bélica. Se entrecruzan en este recorrido personajes pasados y presentes, en sucesivos roles interpretados también por Reyes, Lennie y por Ana Alonso y Emilio Tomé.

La obra, que arranca con buen ritmo y sabe jugar con los saltos temporales y escénicos, es hábil en el uso de música y escenografía, sugiriendo ambientes y sonoridades de los años ochenta y novena. Hacia mitad alcanza el ritmo más alocado, con un hilarante Francisco Reyes y una osada Bárbara Lennie, haciendo entrar al protagonista en el disparate mercantilista de la industria del cine. A partir de ahí se produce el cambio de velocidad hacia la esencia más pausada de la obra, echándose en falta una mejor dosificación del descenso.

Para los que formamos parte de la generación de Pablo Remón todo resulta demasiado familiar. Encarrilados en vidas profesionales que no están mal pero que dejaron por el camino grandes sueños y aspiraciones, la vida empieza a verse en retrospectiva, con recuerdos difusos de encuentros fugaces y de sobres con matasellos italianos. Sólo faltan los ovnis.

¡Feliz día del teatro!

La clá

http://www.lacla.es

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Pavón Teatro Kamikaze

http://teatrokamikaze.com/

Imágenes cortesía del Pavón Teatro Kamikaze. Fotógrafa Vanessa Rabade.

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