El nudo gordiano. Sala pequeña del Teatro Español.

En la sala pequeña del Teatro Español se viene contando una pequeña historia escrita por la joven dramaturga americana Johnna Adams. Es una autora actual, con talento y prolífica, y con una trayectoria reconocida (especialmente en Estados Unidos) pero que no parece haber “saltado el charco” hasta nuestros tablas, hasta que Israel Elejalde, director teatral, puso sus ojos sobre la obra El nudo gordiano (en inglés el título juega con el nombre de uno de los personajes, Gidion’s Knot).Lo habitual es que importemos historias de autores franceses o ingleses actuales con premios y solvencia sobre las tablas. El montaje de esta pieza tiene algo de apuesta personal. Es una obra girada y muy reconocida por Norteamérica, pero sin garantías de que resuene en otros lares. La apuesta ha valido la pena, porque el montaje está recibiendo una acogida apabullante en la sala pequeña del Teatro Español.

Se trata de una historia cotidiana y dolorosa con retazos que saltan de la intimidad del hogar a las aulas de un colegio. Corryn (María Morales) es una madre que acude a una cita con la profesora del colegio, Heather (Eva Rufo) para tratar un tema relacionado con su hijo, Giddion. Quiero ser respetuosa con la forma en que la autora va desentrañando el nudo gordiano que une a estas dos mujeres porque tiene algo de misterio bien trenzado. Por eso me quedaré aquí en lo que respecta al argumento de la historia.

Lo que importa es en realidad un tema principal, el de la educación de los niños y ese ecosistema desequilibrado entre lo que ocurre en las aulas y lo que se vive en casa. Dos mundos, a veces, contrapuestos que viven de espaldas entre ellos. Y cuando se producen casos de bullying parece que se caen al suelo todos los platos. El dramaturgo Paco Becerra trató el tema en su pieza El pequeño poni (2016). Una dramatización sobre un caso real en el que un niño (víctima de acosos) acabó siendo acusado de provocar los ataques por llevar una mochila infantil que incitaba la conducta abusadora. Otra dramaturga, Yasmina Reza, trató el tema desde la óptica de la ridiculez del mundo adulto frente a los comportamientos infantiles en su comedia Un dios salvaje (2007). Más recientemente, Oriol Puig enfocó la imposibilidad de un joven adolescente de encarar los cambios en una emocionante Karaoke Elusia (2020).

Del drama compuesto por la autora Johnna Adams surge un debate sobre cómo las instituciones tratan la diferencia en las aulas. Y sobre una transición, la de la adolescencia, que genera una disrupción individual, y a su vez social, en las personas. Todos estos temas giran en torno a un hecho terrible, el del suicidio en la gente joven, que por cierto requiere mucha presencia en el teatro. Vaya por delante un reconocimiento al coraje de montar obras que inviten a reflexionar sobre esta penuria. En España el suicidio es la primera causa de muerte en jóvenes y su tendencia va en alza.

Avancé, al comienzo, que el texto encierra algo de misterio que se va desentrañando en esos diálogos entre madre y profesora. La dialéctica juega un papel clave en desmenuzar qué es lo que ocurre detrás de este encuentro. Son cruciales los tiempos en esta historia, los silencios y los gestos entre dos mujeres que se acaban de conocer. Hay un ritmo tan bien imprimido que el sobrecogimiento se siente desde que María Morales entra a preguntar por una cita. Hay algo que el espectador siente que no va bien.

El duelo (en sus dos acepciones) que mantienen estas dos actrices, María Morales (Traición , Todo el tiempo del mundo) y Eva Rufo (La geometría del trigo) es indescriptible. Se siente en la mirada aterrorizada que le dispensa la profesora, Eva Rufo, a María Morales, y en ese sentimiento de acorralamiento. El de María Morales es un personaje rocoso, como una geoda que es tosca en el exterior pero que su interior está recubierto por cristales preciosos. Lo más enternecedor y visceralmente dramático de esta historia es que esa rica cristalización interior se ha ido conformando a través de una relación muy especial con el hijo. El personaje de Corryn es el de una madre que no hace galletas para la fiesta de fin de curso, que no vampiriza las amistades de su hijo, que construye la relación afectiva sobre la individualidad de cada uno, la de la madre y la del de hijo. Y en esos códigos compartidos es donde ella despliega ese amor y esa complicidad que se ven dinamitados por algo incomprensible.

La autora Johnna Adams plantea, como subtexto, un debate sobre la responsabilidad en el crecimiento afectivo de los jóvenes. Y encuentro en el planteamiento cierta ecuanimidad, sin que haya un reparto de culpas claro entre familia, profesores y compañeros. Para mí lo que más vale son ciertos postulados de la obra donde la autora se muestra incisiva y valiente. Por un lado, el retrato solidificado de Corryn, que no espera ser compadecida ni lamentada por un entorno social que siempre ha rehuido y que, en parte, desprecia. Una mujer que entiende que la adolescencia trae consigo un viaje hacia la negrura y, al mismo tiempo, hacia una creatividad infinita. Una exploración que no debe ser condenada ni vilipendiada, quizás sí encauzada. Y, en fin, una mujer que nos escupe como sociedad moderna al poner en valor superior la vida de un individuo a la de un gato.

El personaje de Corryn es insufriblemente trágico porque es una mujer que le exige muy poco a la sociedad, y que sólo pretende vivir su vida en su pequeña familia. María Morales hace un papel inmenso reflejando a una mujer que ha sido reventada por dentro, pero que conserva la dignidad y la entereza. Eva Rufo está también muy firme en un papel mucho más acorde con lo que se espera de cualquiera de nosotros.

Israel Elejalde, en su faceta de director, se decanta por dramas interpersonales, por historias sencillas que muestran las erosiones de las relaciones personales. Aquí dirige con mucha sabiduría y tiempos bien pausados a estas dos actrices. Siendo producción kamikaze, todos los elementos artísticos están cuidadísimos. El aula creada por Monica Boromello es de una confección escenográfica sobresaliente, como es habitual en ella.

Confío en que el éxito de la producción en Madrid le depare gira a El nudo gordiano. Es una obra de esas que hace saltar las lágrimas, y que se queda unos días aquí adentro.

La clá

www.lacla.es  

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