El Entusiasmo. Teatro María Guerrero.

El dramaturgo Pablo Remón (Madrid, 1977) estrena en el Teatro María Guerrero su nueva pieza dramática, “El entusiasmo”, publicada por La Uña Rota. La edición de la obra está recién sacada del horno, y a la salida del teatro el espectador puede adquirirla en el puesto que la editorial tiene colocado en el vestíbulo. El stand librero a pie de obra es sello de la casa: los editores de Segovia saben que cuidar su catálogo supone acompañar a los libros también durante su puesta en escena.

El público ha recibido con entusiasmo esta nueva pieza de Remón en pura manufactura de producciones Kamikaze. O lo que es lo mismo, cuidadísima escenografía e iluminación, música, y un elenco compuesto por actores de primera, incluido un kamikaze de solera, Raúl Prieto.

Se estrena la obra con un título abstracto que, como todo en la obra, Remón tratará de desentrañar. “El entusiasmo” es el pulso vital, una sensación pasajera que sirve como motor de vida. Puede ser algo tan mundano como una jota aragonesa. Remón traduce así la referencia de Hegel: “el destino de lo inmediato es ser abolido” para acercarla a la vida burguesa actual de la mediana edad. Escrita desde un punto de vista muy personal (Remón anda, como muchos – yo incluida – transitando esa mediana edad), la pieza reflexiona crudamente sobre esa nadería en la que nos situamos una vez abandonada Malasaña y los porros noventeros.

Hay dos alter ego claros, Olivia (Natalia Hernández) y Toni (Francesco Carril). Son pareja, viven en San Chinarro y tienen dos niños. Ella es redactora de El País, él es profesor de universidad y no es capaz de sentarse a escribir la novela que le ha encargado Anagrama. Así contado parece muy lineal, pero en realidad el texto no lo es. Se construye durante buena parte de la obra a través de planos superpuestos. Arranca en unas fiestas de pueblo, para ir luego presentando de frente las neurosis de una generación que se ha topado de golpe con que el pescado ya está vendido. “Llega una edad, los cuarenta – cuarenta y cinco, donde la cosa se pone seria”, dice Toni.

Esta construcción a través de planos la ha sabido captar de maravilla la genial escenógrafa Monica Borromello, que hace un trabajo plástico de enorme altura. Con paneles de madera de amalgama, todo aparece extrañamente desnudo, contrastado únicamente por el vestuario de Sara Sánchez de la Morena. Borromello juega, sin embargo, a ir desplegando sorpresas (con tablones rodantes que traen sillas o plantas de plástico), y en el pico, un juego a varios planos. El real, el de la grabación, y el de la proyección. ¡Qué forma de proyectar plásticamente los planos con los que Remón juega a nivel narrativo!

Otra hazaña (como siempre en las producciones Kamikaze) es el cuidado hacia la iluminación, que corre a cargo aquí de David Picazo. Hay un juego de desnudez en muchas escenas con proyecciones hacia los personajes, y una sutileza profunda: momentos en que el patio de butacas irradia esa luz tenue. Generando así un reflejo entre el escenario y el graderío, donde se comparten seguramente incursiones a Las Tablas y el MediaMark.

La obra de Remón corre presta y deliciosamente divertida durante buena parte de la pieza. No oculta el tono apesadumbrado, los pequeños fracasos que consisten en que la vida no contenga grandes hazañas. Y esa búsqueda de superación hegeliana para combatir lo cotidiano. Su escritura, inteligente y caustica, es, en manos del elenco, una gozada. Francesco Carril hace del cuarentón neurótico que recuerda al padre viudo, que no se conforta en brazos de una amante irrelevante y pasajera. Raúl Prieto hace, como siempre, de todo. Con esa vis cómica que le sale tan natural. Es psicoanalista, hermano, adolescente, chaval… lo que sea, él muta, ágil e inteligente. A Marina Salas también le toca transformarse y travestirse. Con unos compañeros duchos, la tía es capaz de brillar en lo que le va tocando. Sea una compañera ceniza de redacción, sea una madre coñazo. En Natalia Hernández cae una losa cínica, un tono más agotado que sabe componer de manera agridulce. Muy evocadora es la visión de una vida en la que hay un baile de sillas. O el pozo psicológico que fueron los parques infantiles transitados por padres destruidos.

El otro tema que discurre en torno al relato es el del propio conflicto como escritor. La inspiración que no brota o el uso de figuras lingüísticas demasiado arquetípicas. Remón se bate en esta obra con su momento vital, también con su propio impulso creativo.

En ese recorrido venturoso que es El Entusiasmo se produce un desnivel hacia el final. En un intento de recoger el lastre de todo lo lanzado, los últimos minutos se convierten en algo más tedioso y forzado. La tracción de lo anterior es suficientemente fuerte para no arrastrar el final, pero hay un freno en un ritmo que, sin embargo, ha corrido a plena vela por buena parte de la función. Pide corte y revisión de esos tiempos finales.

El retrato de esta generación cuarentona (a la que pertenezco) entronca con esas películas melancólicas de Woody Allen, en las que sus protagonistas eran guapos, elegantes, cultos y perdidos. Pienso que hay mucho más en esta obra que el obvio referente cinematográfico. Quizás esta generación nuestra es la que, por estabilidad política y décadas de cierta bonanza económica, más se acerque al equivalente americano de finales de los setenta. Los boomers españoles fueron más festivos y abiertos, y su cuarentena más colorida, entre garbanzos y movida. A la generación X la mediana edad nos pilla más globalizados, con una juventud llena de referentes literarios y cinematográficos (como bien lo marca Pablo Remón). Y condenados a ser urbanitas hipotecados.

Como trasfondo de toda esta obra hay una dolorosa epifanía. Los “X” nos hemos convertido en el establishment. Hemos reemplazado a nuestros padres pasando por una treintena agotadora y disociada, que nos deja aquí plantados pensando en qué ha ocurrido en esa elipsis entre la Malasaña de los noventa y hoy. Pablo Remón ha hecho un retrato generacional elocuente con una manufactura artística de campeonato. No se me vengan abajo los X, que nos queda.

La clá

www.lacla.es

El Entusiasmo, o cuando los del 77 nos hicimos mayores.
4.0

Sign Up to Our Newsletter

Be the first to know the latest updates