
Finlandia es un país situado en el norte de Europa. A los que vivimos con la mirada puesta en el Mediterráneo, Finlandia nos atrae como un lugar remoto, gélido e inalcanzable. Imagino al dramaturgo Pascal Rambert (Niza, 1962) pensando en Finlandia de esta manera cuando escribió en 2022 esta pieza teatral. Finlandia es, en estos términos, un poco como la naturaleza humana: distante, egoísta e incomprensible. Por ese motivo es el lugar ideal para situar el conflicto entre el matrimonio de Israel (Israel Elejalde) e Irene (Irene Escolar). Especulo además con el tono nórdico como guiño hacia uno de los dramaturgos y directores que más ha explorado sobre las parejas, Ingmar Bergman. Especulo, porque Bergman era sueco y no finlandés, pero encuentro siempre en Rambert un apetito constante en narrar la imposibilidad de amor continuo y completo entre un hombre y una mujer, un planteamiento en sí muy bergmaniano.
La acción se sitúa en una habitación de hotel caro de líneas simples y blancas. Es una habitación amplia y bonita que, a medida que transcurre la acción, se va haciendo insoportablemente opresiva. En apenas hora y poco de discusión, en esta habitación hay agresiones físicas, sexo, gritos, alcohol, drogas y cigarros. “Ni tú ni yo vamos a salir de esta habitación con una sonrisa en los labios”, dice él.

La habitación tiene un diseño tan cerrado y definido, que incluye hasta techo. La iluminación de Yves Godin subraya los pasajes de la acción. Desde el fundido en negro del inicio, a las lámparas de noche, pasando por el punto de luz del baño. El tiempo discurre también en las luces de la estancia que se mantienen, en su mayoría, con una luz incompasiva: eléctrica y blanca.
Pascal Rambert está a cargo de texto, también de la dirección de la pieza y encuentro que ha sabido manejar los tiempos y los movimientos con un gran talento escénico. Tiene la complicidad de Elejalde y Escolar que son materia pura de teatro y domadores del espacio circundante. En Finlandia Rambert propone una discusión de pareja de tonos muy sartrianos. El infierno son los otros, como en la obra de teatro “A puerta cerrada” (1947), y se materializa en el enfrentamiento verbal entre personas cercanas. Parece que hay incluso homenaje velado. Elejalde dice en un par de ocasiones “así que empezamos” o “vamos a seguir”. El despiece no tiene fin, como en la frase final de la pieza de Sartre “eh bien, continuons”. Sigamos.
Hay dos formas de analizar Finlandia, una es contextualizándola con otras obras de Rambert, otra es de forma aislada. Llegaré luego a lo primero. Isra llega a una habitación de hotel donde está Irene, se despierta con ella. En seguida sabemos que llevan toda la noche en un duermevela. Discuten y duermen a intervalos. Son las cuatro de la mañana. Isra está en calzoncillos, con una camisa corta hawaiana mal abrochada. Ella está en pijama corto. Él se despierta y empieza a discutir. Es un arranque elevado, Rambert no lo pone fácil. Demasiado detalle de entrada hacia Lavapiés, un lenguaje demasiado fino para un tono bronco. Se nota que los actores han incorporado muletas, palabrotas que les ayuden en el cabreo. Sin un “coño” ni un “hostia”, no hay quien suba tan rápido. En el primer envite gana él, ella se lo devuelve con desdén: tu poder sobre mi ha terminado, es inexistente. Pero aquí, en realidad, todos pierden.
Critico la respuesta del público que no entiende la seriedad del asunto. Hay, cierto, algún cinismo que trae una sonrisa a la boca. No comprendo las risas. A veces la risa es una forma de mostrar empatía, pero creo que la audiencia tarda en entender que está en una sala de desguace, no en una pista circense. No creo que falle el texto en este punto, por supuesto no los actores. Es una reacción impropia, luego por supuesto se refrena, el drama estalla. Como para reír…
Los embistes dialécticos entre la pareja son monolíticos. Son vómitos verbales condensados que se echan el uno al otro. Hay alguna referencia cruzada, pero en general no importa lo que diga uno, el otro simplemente no mueve posición, no hay escucha. Israel lo explica, “el amor es político”, y además practica la política patria, la de posiciones enfrentadas, irreconciliables.
Irene juega el papel más práctico, más pegado al momento. La actriz hace un ejercicio soberano de naturalismo. Se lava los dientes, se calienta una infusión, hace la cama. Se mueve y camina como si estuviera en esa habitación del hotel finlandés. Su poderío interpretativo se despliega en esta ocasión en unos brazos que son batutas. El subrayado en cada frase es perfecto, sus manos escriben, sus brazos se alzan. Ella se eleva.
Creo que su interpretación es perfecta. También creo que el personaje se le aleja en edad. Ella es demasiado joven y vigorosa. Curiosamente Rambert ha pensado en ella como actriz, pero opino que le ha escrito un personaje mayor.
A Israel el personaje le calza bien. Elejalde construye al hombre de ciudad, neurótico y ególatra. Artista. Habitante de un mundo que sólo se mueve en torno a sí mismo y a sus circunstancias. Podría dejar al personaje deambular por el cinismo, pero Elejalde quiere darle más. Sus sollozos son sobrecogedores. Rara vez se oye a un hombre en escena llorar. El despelleje al que somete Elejalde a su personaje es profundo e intenso. Tanto, que la interpretación da la sensación de dejar heridas.
Termino con la segunda opción. La de analizar la obra en el contexto de las anteriores de Pascal Rambert. Finlandia se añade a La clausura del amor, Ensayo y Hermanas, todas montadas por el Teatro Kamikaze. Para quien haya visto las anteriores, Finlandia se queda como una repetición con escasa originalidad. La pelea de pareja inicial de La clausura del amor dejó al público epatado. Rambert la transmutó luego en una pelea de hermanas. El cambio de perspectiva, aún apuntalándose en el mismo planteamiento, aportaba mucha originalidad.
El toque añadido de Finlandia no es el de un matrimonio peleándose. Es el de las víctimas, en este caso la hija Nina. La destrucción humana es tan absoluta que imbuye incluso en ella a niños inocentes, a personas que no alcanzan los diez años de edad. Rambert, sin embargo, no logra dibujarlo bien. En el final de la pieza entra la niña, pero su presencia es abrupta. Consigue incomodar al público, cierto, pero no acaba de ligar bien con la discusión que se está produciendo. Quizás porque su presencia sea meramente pasiva.
El texto de Finlandia lo ha publicado La Uña Rota, y es tremendo de leer. Ver cómo se puede defender en vivo una bronca tan densa en matices y cómo manejarla en tiempos es realmente un lujo que se repite en el Teatro La Abadía.
La clá
www.lacla.es
*
Teatro Abadia
www.teatroabadia.com
Imágenes de Vanessa Rábade, cortesía de equipo prensa Teatro Abadía.
Duración: 80 minutos.


0 Comments