
Me encantaría que esta fuese una crónica a lo Truman Capote, porque los premios Talía dan para hacer un poco de divertimento en torno a ellos. Se estrena nueva Junta Directiva en la organización del evento, y han apostado por un espectáculo más sobrio que en otras ocasiones. Se celebraba en la sala roja (bautizada como la sala Concha Velasco) de los Teatros Canal en Madrid. Cambian de sede y de emplazamiento y hubo opiniones encontradas. Los Canal son más amplios y dan mayor acceso a invitados de la Academia de las Artes Escénicas. En contra, los espacios divididos por escaleras mecánicas permitían menos petardeo y crean una división artificiosa. Me tocó en el gallinero que, por muchos años de eventos, suele ser divertido porque se cazan comentarios más al vuelo.
Andrés Lima y Rafa Castejón (que presentaban premios), se subieron en el arranque de la gala al anfiteatro para ver cómo se veían las cosas desde el cielo del teatro (o para esconderse un rato de micros y flashes). Ahí había programadores y distribuidores, compañeros de compañías galardonadas, productores de compañías (como Teatro Corsario) y algún cómico con cara de despistado. Lo divertido del gallinero es que es como el fondo ultra de un estadio de fútbol, y no hay gritones que se escuchen más que los que ahí se aposentan.
A la entrada del teatro había mucho photocall vestido, los Talía mantienen esa aspiración de ser el equivalente a los Goya en cuanto a glamour. Claro que a las gentes del teatro se les nota más la carretera, y son más floridos y naturales. Afortunadamente hay mucho armario propio y poco prestado o patrocinado.
Un reputado director, inteligente y práctico, se tomaba un plátano en la entrada. Sodio para aguantar tres horas de una gala que se hizo larga. Los americanos alimentan a los asistentes a sus Globos de Oro con hamburguesas, y la verdad es que el público de los Talía hubiera agradecido algo de alpiste o pausa.

La Gala arrancó pelín pesada y en exceso sobria, pero fue ganando. Carmen Conesa y Jorge Blass hicieron de maestros de ceremonias livianos. El tema soterrado de la gala se nos descubrió en la intervención de la Presidenta de la Academia, Magüi Mira, que hizo un discurso que nos arrulló. Sacó su faceta de actriz para narrar, en lo que parecía un cuento árabe, la conversión del agua decimonónica en unos teatros, los Teatros del Canal, que se asientan sobre el depósito del agua. Magüi Mira habló de la cultura como un bien que se asemeja al agua, y entronizó el poder temporal del teatro. “El arte escénico”, dijo, “crea un nuevo presente”.
Entre los números escénicos quizás el más bonito fue el del mago Jorge Blass para presentar el premio entregado por Miguel Rellán a la actriz María Galiana. El pianista Jorge Bedoya mostró su virtuosismo, algo pasado de frenada en el número final, donde se echó en falta un cierre más emotivo. En todo caso la gala transcurrió correcta, con bonitas transiciones de jóvenes que ojalá sirvan de amuleto para atraer nuevo público. A este paso se nos va a quedar una tarde con mucho actor joven y un público muy viejo. Hay que equilibrar.
La lista de premiados está en este enlace. Perdieron algunos de mis favoritos, no lo niego, y me faltaron otros escenógrafos nominados. Los Talía, eso sí, se posicionan de nuevo como grandes patrocinadores del teatro musical. Que me disculpen los premiados, pero el galardonado de la noche fue Cameron Mackintosh, el todopoderoso magnate del West End londinense, dueño de una poderosa red de teatros y artífice del éxito de los grandes musicales londinenses que exporta a todo el mundo. Uno de sus musicales, Los miserables, fue el gran ganador de la noche. Con talento patrio, en una cantera que se ha curtido durante muchos años hasta llegar a la excelencia que hoy vivimos.
Me detengo en los momentos que viví con mayor emoción. El premio a los iluminadores, con empate (ex aequo, que se dice) de Pilar Valdelvira por Fuenteovejuna y de Juanjo Llorens por Godspell, ambos discípulos de Gómez Cornejo. Llorens reivindicó que seguirán peleando por el reconocimiento de su autoría como creadores.

Otro gran instante fue cuando la actriz Mamen García, premiada por Caperucita en Manhattan, habló del proceso maravilloso de creación que había vivido con la directora Lucía Miranda, para confeccionar una Miss Lunatic que es un poco Gaite, un poco estatua de la libertad y un poco lunática. Lucía estaba pletórica con el premio a su compañera.

El tercer alegrón de la noche fue ver a la Blanche Dubois de Nathalie Poza premiada. Un papel endiablado que la actriz supo dominar con excelencia. Habló igual de emocionada al relatar como una joven de 25 años le aplaudió el papel de Dubois en Un tranvía llamado deseo en un festival de música electrónica. Poza es siempre moderna y lanzó un guante a un auditorio lleno de directores y productores para compartir tablas con Irene Escolar. ¡Imagínense!
Los Talía siguen pisando fuerte, en esta ocasión con presencia pluri-institucional (Estado, comunidad y ayuntamiento), que ojalá sirva para dotar de mejor infraestructura normativa y financiera al sector. En Reino Unido, hace tan sólo unos meses, el Primer Ministro británico hizo un viaje oficial a China acompañado de representantes del National Theatre y de la Royal Shakespeare Company. La cultura, bien encauzada, sirve para generar tejido empresarial y orgullo patrio. Enhorabuena otra edición más al equipo de la Academia de Artes Escénicas por esta ventana de visibilidad al sector que son los Premios Talía.
La clá
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- Imágenes : Alba Muriel y Juan Carlos Toledo

