Lexikon. Teatro María Guerrero.

La compañía El Conde de Torrefiel (formada por Tanya Beyeler y Pablo Gisbert) se estrena en el Centro Dramático Nacional. Esta pareja de creadores es bien conocida por un público nicho, que le gusta otear lo que ocurre en los márgenes de la escena, especialmente para los habituales de recintos como el Centro Cultural Conde Duque o Réplika.

El Conde de Torrefiel ha sido invitado a estrenar su nueva producción sobre las tablas del Teatro María Guerrero, recinto que será mencionado durante distintos pasajes de la obra. A los vanguardistas Gisbert y Beyeler se les nota emocionados con el proyecto y han decidido rendir homenaje a un teatro que tiene unas posibilidades técnicas apabullantes. Así que han tirado de imaginación y técnica para no desaprovechar la oportunidad, como el cantante de pop que hace un videoclip rodeado de pibones y cochazos. ¡Olé! y ¡olé!… Han explotado todo, desde la capacidad sonora a la profundidad de la cava escénica del María Guerrero, incluso un telón que se convierte durante una de las escenas en pantalla cinematográfica. El Conde de Torrefiel ha demostrado que lo suyo no sólo es un dominio de la palabra (por cierto, les edita La Uña Rota), sino también de la puesta en escena.

Lexikon significa colección de palabras y habrá mucha exploración sobre la fuerza y el uso de la palabra en esta obra entroncada, por su división en escenas, con Los cuentos de Canterbury, el Decameron o incluso El retablo de las maravillas. Son siete los pasajes que se narran bajo un hilo narrativo común: la contemporaneidad del arte plástico, y se introducirán bajo la común tarjeta de presentación de un título, junto con número romano. Se nota en los dramaturgos una relación muy estrecha con la escritura, tanto que no pueden esquivar que ésta tenga presencia en el propio espectáculo. Mientras los actores declaman, micro delante, de espaldas al espectador, se intercalan pasajes mecanografiados sobre la pantalla y proyectados frente al público. El individuo se nos presenta de espaldas y la palabra de frente.

A través de los siete pasajes, El Conde de Torrefiel hará una reflexión sobre el arte visual contemporáneo. El primer cuadro está dedicado al pintor neoyorquino Basquiat, con los actores pintando en vivo, y sobre un lienzo blanco, una réplica de una de las máscaras deformes del artista. Varios actores pintan a la vez, en una reflexión sobre lo que es la obra colaborativa (pienso en el grupo artístico belga, Cobra, con murales pintados a muchas manos). Hay entre ese mural y la colaboración de un espectáculo escénico mucho en común: el “todo” teatral es siempre el resultado de distintas contribuciones. En cada función los actores pintarán un cuadro nuevo que será, necesariamente, diferente al de la representación anterior, de la misma manera que una función teatral será siempre imperceptiblemente distinta a la anterior o a la siguiente. Ese paralelismo conceptual entre arte contemporáneo y teatro será otro hilo conductor de la pieza.

Sigue a este primer cuadro, uno dedicado a la Real Academia Española, con la admisión ficticia de Enrique Vila-Matas como académico, en un cuadro que parece una hoguera de vanidades. El Conde de Torrefiel se mofa de la feria de egos en la que hemos convertido a nuestra sociedad actual. Ana Patricia Botín se disocia en mitad del evento, mientras Juan Mayorga atiende atónito a lo que cuenta Villa Matas en su discurso de entrada en la Real Academia Española.

Angelica Liddell imaginó un desatino parecido en la recreación de su propio funeral en Las 20 jornadas de la musa de Sodoma en el Museo del Prado. Los creadores escénicos más actuales optan por desenmascarar la burbuja de egos que les ensalza.  

Sobre escena de este espectáculo, se coloca una cabeza gigante articulada (obra del escenógrafo Isaac Torres, en colaboración con El conde de Torrefiel) que recuerda a la cabeza del Mago de Oz, o incluso a esos “super yo” del maestro marionetista Juan Muñoz, también a esos homúnculos de la compañía catalana La Fura del Baus en sus sucesivos Faustos. Es quizás la imagen visual más poderosa de todo el montaje, pero ya he avanzado que hay muchas, porque los Torrefiel se han quedado a gusto imaginando una composición que es, al mismo tiempo, una proeza técnica. Este cuadro en torno a Vila Matas es desternillante, pero podría haber sido sobrecogedor teniendo en cuenta su fuerza visual, prueba indiscutible del dominio que los creadores tienen sobre lo representado y lo que quieren transmitir.

Sigue la escena tercera dedicada a la vida, donde se pone a prueba al espectador en la composición más abstracta. Aparecen sobre escena repartidores de Glovo, mujeres con carritos y señoras con bolsas de basura. Una voz en off nos grita, entre sonoros ruidos, “huid de las ciudades”. En escena unos ojos (homenaje a la instalación Mae West de Dalí o al arte videográfico de Tony Oursler).

A esta escena más abstracta, le sigue otra que, de nuevo, hilarantemente cómica. Dos amigas asisten a la feria de arte Documenta de Kassel, encantadas de participar en un maratón de performances. Una mujer en off nos narra su recorrido por las distintas instalaciones en un recurso que a El conde de Torrefiel le gusta mucho explotar. Ya lo hicieron en Cuerpos Celestes, una experiencia escénica que invitaba al paseante a caminar por el cementerio de La Almudena de Madrid. La voz que invita a imaginar mentalmente un relato y que acompaña un recorrido.  O como dicen ellos, “la vida pensada es la vida real”.

En este cuadro plástico, recorriendo imaginariamente salones donde se ejecutan performances, se nos revela la mejor definición de nuestro país que he escuchado: “España es un país con cierta posibilidad de delirio”. Me la anoto mentalmente para recordarlo.

Las siguientes dos escenas volverán a la abstracción, siempre manteniendo la presencia humanoide. La penúltima es una escena de proyección de un vídeo largo con parajes que parecen sombras en colores galácticos. Con arte robótico termina esta obra que ironiza sobre la labor creativa del individuo frente a la máquina y la inteligencia artificial. Los dramaturgos se plantean si incluso es posible afirmar que el arte vivo está a salvo del poder de la tecnología. Y lo hacen sin una conclusión cierta, en un bucle continuo al que el espectador deberá dar respuesta.

La clá

www.lacla.es

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