
Lo de Sarah Snook interpretando a Dorian Gray (y a otros 25 personajes de la novela de Oscar Wilde) está siendo la sensación de la temporada londinense. Hace unos días se entregaban los Premios Olivier, que son el equivalente de los Max aquí, pero en formato casi de premios Oscar. Era incontestable que Snook se llevaría de calle el premio. El fenómeno de Snook simplemente arrasa, con localidades vendidas noche tras noche.
El trabajo de la actriz australiana es magnífico, pero atención que esta producción es tan atractiva por la ejecución de su protagonista como por todo el despliegue tecnológico. El uso de pantallas en teatro no es algo novedoso. Hace treinta años, una compañía de vanguardia, La fura dels baus, integró las pantallas sobre escena, combinando acción real con proyecciones de grabaciones en directo. La integración de esa escenografía tecnológica ha sido desde entonces desigual. Requiere un conocimiento específico y, no hay que olvidarlo, es especialmente cara. Además, tiene el peligro (a diferencia de la más tradicional utilería) de no funcionar. Cuando he visto pantallas recientemente ha sido con un carácter más estático. Empleadas bien tienen un efecto potente.

Por esta razón, lo que ocurre en Dorian Gray es de quitar el hipo. Sarah Snook narra en tercera y primera persona la historia de Dorian Gray. La cosa comienza con una pantalla monumental en el centro del escenario. Al fondo, detrás, se vislumbra a Snook sentada, rodeada por cuatro camarógrafos. Y entonces comienza a actuar no sólo como actriz de teatro sino también de cine. Según el personaje o el parlamento mira a una cámara u otra. La pantalla grande lo recoge todo.
Este Dorian Gray tiene varias capas, y la primera de ellas queda planteada desde el comienzo. ¿Es actriz de teatro o de pantalla? Porque aquí Snook tiene que jugar a ser las dos. Guiños que sólo recoge la cámara, destreza de movimiento escénico y complicidad con el espectador. El uso de tecnología lo es todo en esta función, no hay escena que no capture una cámara. Cada imagen se proyecta en la continua sucesión de pantallas que suben y bajan del escenario. La obra es un tratado a favor de una escenografía digital. Sobre escena aparecen sucesivamente operadores de cámara y miembros de producción. La grabación se muestra de forma cruda, jugando además con los trucos de magia del oficio. Se ve una nebulosa que rodea a Gray, en realidad es un palo de incienso que se quema lentamente delante del objetivo.

El giro de tuerca que propone esta producción tecnificada es una doble ejecución. Cierto que cualquier escenografía sofisticada debe sincronizarse con la acción dramática, pero aquí lo que se vive es un baile entre actriz y máquina (la máquina representada en cámaras y pantallas). La acción se desenvuelve frenéticamente durante casi dos horas con movimientos escénicos trepidantes. Snook mirando a una cámara, Snook frente al público, Snook hablando con su propia proyección digital del personaje. No es de extrañar que al finalizar la función salgan a ser ovacionados tanto actriz como camarógrafos.
No se queda Dorian Gray en esta maestría actoral y técnica, sino que se permite dar un paso hacia una relectura actual del mito novelístico. Oscar Wilde escribió esta novela gótica en 1890, en un giro de siglo marcado por la industrialización y la férrea moral victoriana. El director australiano Kip Williams ha hecho una reinvención en 2020 (el original australiano importado ahora al West End se estrenó entonces), en un momento parecido. La nueva revolución industrial (marcada por la Inteligencia Artificial) se enfrenta con una reinvención social del individuo. Si los victorianos vivían de cara a la galería, el ciudadano medio vive de cara a unas redes sociales que son capaces de distorsionar una imagen aparentemente feliz a cada persona.
La propuesta artística de Kip Williams combina el respeto por el texto original e introduce el rupturismo en la forma de representarlo. Dorian Gray no se enfrenta a un cuadro, sino a su imagen distorsionada en pantalla. Sus facciones inalterables son los filtros de Instagram y su tersa tez los planchados de botox. El hedonismo de Gray resuena en una sociedad que vive demasiado deprisa a base de fiestas y viajes.
La crítica londinense se ha rendido a esta producción y se anuncia que después de mayo parece que irá a Broadway. El despliegue técnico, insuflado de sentido artístico, se ve como un hito absoluto en la forma de incorporar pantallas a la escena. Se suma a esto un compromiso actoral absoluto de Sarah Snook, a quien no le resbala una sóla palabra de la poética pluma de Wilde. Cada diálogo y frase están apuntados con la precisión con la que gira su rostro, sonríe o levanta una ceja hacia la cámara. Hay un momento de divertimento en el que, tras recibir una ovación a mitad de función, se gira, pide silencio y dice “Doing this thing live, you know…”.
Y ahí está la cosa, que pese a cámaras y pantallas este The portrait of Dorian Gray es profundamente teatral.
La clá
www.lacla.es
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The Picture of Dorian Gray. Theatre Royal Haymarket.
www.doriangrayplay.com
Imágenes del fotógrafo Mark Brenner, cortesía del equipo de prensa.
Duración aproximada: 120 minutos sin intervalo.


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