Hermanas (Bárbara e Irene). El Pavón Teatro Kamikaze, Madrid.

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El dramaturgo francés Pascal Rambert es artista asociado del Pavón Teatro Kamikaze y vuelve, por tercera vez, con su nueva obra Hermanas (Bárbara e Irene). Sobre las tablas del Kamikaze vimos la bronca colosal entre Bárbara Lennie e Israel Elejalde con La clausura del amor, y luego llegaron las relaciones a dos bandas de Ensayo.

En una propuesta mimética, Rambert ha estrenado su última obra en dos teatros referencia, el Théâtre des Bouffes du Nord en París, y el Pavón Teatro Kamikaze, aquí en Madrid. En París la obra se convierte en Soeurs (Marina & Aubrey), y fue interpretada por Marina Hands y Audrey Bonnet. En Madrid, se transforma en Hermanas (Bárbara e Irene), usurpando los nombres de sus actrices principales, Bárbara Lennie e Irene Escolar. Hubiese sido interesantísimo narrar esta crónica con la perspectiva del otro lado del espejo, para disfrutar de los parecidos y de las diferencias en la ejecución, y de esa maestría que los artistas aportan, y que hace posible que producciones de la misma obra expidan siempre otra tonalidad en función del montaje, la dirección y el reparto.

No puedo evitar emparentar mentalmente a Hermanas con La clausura del amor de Rambert, y acudiendo a la crónica que en su día se publicó en este blog (accesible aquí), resuenan las mismas impresiones. Pienso entonces que Pascal Rambert es un dramaturgo del género pictórico, y que en esta etapa de madurez está explorando con repeticiones sobre el mismo tema. Sus cuadros escénicos se parecen a los nenúfares de Monet, trabajados en diferentes lienzos, pero usando los mismos recursos y, al mismo tiempo, aportando algo único que hace de cada pintura una obra de arte. A los dramaturgos (como autores literarios que son), se les permite un estilo, pero el listón que la audiencia les exige para no resultar repetitivos es superior al que, por lo común, se exige al artista plástico.

¿Pueden, estos nuevos nenúfares de Rambert, aportar algo nuevo?… Si las pinceladas, la óptica, la ejecución, la tonalidad… son lo suficientemente ricas, la respuesta será que sí.  La clausura… jugó con la ventaja del primer disparo, y el resultado fue un público noqueado por una propuesta escénica totalmente novedosa. Una pareja usa la hora y pico de función para discutir a lo bestia. Pues bien, Hermanas es otro tanto de lo mismo, pero con una aportación artística tan notable, que hace de este montaje algo admirable de ver.

El texto no es un cruce de dos bloques de monólogos. En esta ocasión los disparos hirientes no son de bala y contra bala, sino una ametralladora de pequeños discursos que las dos actrices se intercambian. La relación de estas dos hermanas la conocemos sólo por el contexto de un broncón que es la función entera. Con momentos de descenso de intensidad, pero sin las armas bajadas.

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Rambert usa el mismo recurso que en La clausura del amor. Aquí se empieza en alto, sin calentamiento para actor ni espectador. El inicio arranca en puro grito, en espasmos de agresividad verbal y física, tan fuertes que a Irene Escolar hay palabras que en esa primera parte ni se le entienden. Debe ser así, la bronca verdadera suele ser una vomitona de palabras. El físico de las dos actrices, Bárbara Lennie e Irene Escolar, convulsiona con los temblores de la rabia, aguantando al mismo tiempo el estallido verbal. El pecho y los brazos eclosionan, las manos se dirigen puntiagudas hacia la otra. Parece que se van a lanzar la una contra la otra, pero no va a ser así, la violencia mantiene ese punto exacto de lo tolerable.

Y arranca así una sucesión de reproches y ajuste de cuentas, que empieza por lo personal. Por hacer trizas al otro, por fulminar su forma de ser, ridiculizando las virtudes, machacando los defectos. Y ese remolino se traga todo lo que las rodea, la pareja, el exmarido, el trabajo, los recuerdos, la vocación, las inquietudes literarias… todo. Somos enemigas, se dicen.

El diagnóstico humano de Rambert es, en esta obra, mucho más cruento que el que nos sirvió en La clausura del amor. Al fin y al cabo, las relaciones afectivas de pareja mezclan demasiados ingredientes para que puedan ser estables (amor, familia, sexo, trabajo, hijos, economía doméstica…). Pero entre hermanas no es así, lo que permitiría una cierta tregua, un territorio común de trato y entendimiento. Nada de eso. La vida demuestra que en un ingente número de casos no es así. Por tanto, la reflexión es terrible, porque incide en el núcleo mismo del individuo. Las vivencias y el cariño compartido no se traducen en un afecto común. Pascal Rambert usa astutamente la historia familiar, sin traumas, ni aparentes graves conflictos, para sustentar su teoría. En el transcurso de la bronca, Bárbara e Irene compartirán recuerdos (en forma de reproches): vivencias de amigos, palabras del padre, viajes… que sirven para construir mentalmente el pasado común de estas dos mujeres que ahora se despedazan. Si hay una lengua materna, debe haber una lengua de hermanas, dice una de ellas. Pero ni esta lengua, ni la infancia, ni el amor de los padres… es suficiente para la cohesión. Y cuando las grietas se abren, cualquier nuevo episodio no hace sino expandir el socavón entre ellas.

Esta toma de postura hace que Hermanas sea un cuadro que podría colocarse al lado de La clausura del amor, y mirarse frente a frente. Como los dípticos espeluznantes del pintor Francis Bacon. Sobre un cubo: el escenario y dos figuras en estado de lucha. Y al lado otro lienzo: de nuevo un cubo, otro escenario, en este caso dos hermanas.

El texto contiene la densidad habitual del lenguaje del francés, que hace que haya pasajes bellísimos, con frases incisivas. Luchar por algo que no me concierne es una actitud política, dice Lennie, en su defensa del trabajo social que desempeña.

Ahora bien, si el recurso dramático es certero, la ejecución roza lo sublime. Veo Hermanas, no ya como una representación, sino casi como una performance en la que Bárbara Lennie e Irene Escolar han acudido a ser exorcizadas. Es casi imposible despegar la mirada de ellas, y en ocasiones parece que la bronca se está generando en ese momento, sin diálogos previamente aprendidos, sin movimientos coreografiados. Esta altitud interpretativa de estas jóvenes e inmensas actrices es apabullante. Hay que quitarse el sombrero ante cualquier intérprete que es capaz de gritar sin desentonar,  de llegar al límite sin notarse sobreactuado, que tiene el talento de tirarse por el precipicio sin perder la verdad. Irene y Bárbara están ahí, en ese olimpo. Y como seres supra-terrenales que son, consiguen, a mitad de función, crear una escena grandiosa y arriesgadísima, marca también de Pascal Rambert, fijando la mitad del primer acto pero sin pausa. En el ecuador de la representación, abandonan (momentáneamente) el ataque cuerpo a cuerpo, y pasan a compartir un baile frenético, al son de un cover discotequero de Wonderful Life de Black.

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Miren, todavía no me explico cómo se puede recomendar a nadie ir a una función a ver un broncón familiar en estado puro, y a golpe de grito, cuando el ser humano tiende a girar la mirada y a rehuir este tipo de encontronazos. Sólo puedo decir que Bárbara Lennie e Irene Escolar expiden una energía y un talento apabullantes y que Pascal Rambert ha conseguido la perfecta ejecución para su retablo de las relaciones humanas.

La clá

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Imágenes cortesía de El Pavón Teatro Kamikaze. Fotografía de Gorka Postigo y fotografía de escena Vanessa Rábade.

Hermanas (Bárbara e Irene). Duración 1 hora y 25 minutos.

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