Personas, lugares y cosas. Teatro Español.

A punto de acabar su andadura por el Teatro Español, se despide con lleno de localidades y loas de crítica, “Personas, lugares y cosas”, obra del dramaturgo inglés Duncan Macmillan, estrenada en el Dorman Theatre en 2015. Irene Escolar adquirió los derechos para adaptar esta pieza de enorme éxito sobre las tablas londinenses. Hay versión grabada por el National Theatre Live, así que es posible que en cines podamos disfrutar del montaje original en inglés próximamente. No es la primera vez que Escolar se enamora con una pieza extranjera, ya lo hizo en 2014 con la estupenda versión de El cojo de Inishmaan, también para el Teatro Español. En plena pandemia levantó con Bárbara Lennie y HBO la serie Escenario 0, que hoy puede verse también en Filmin. Por su grandeza actoral y su olfato escénico, se ve en Irene Escolar una carrera teatral que viene laborando como las grandes damas de teatro, que apostaron por combinar su talento con su papel empresarial y de gestión escénica.

La pieza de Macmillan toca tema conocido, el de las adicciones y el infierno hacia la desintoxicación. Macmillan no puede evitar caer en cierta heroificación de su protagonista total, Emma (nombre falso), de la misma manera que el escritor Irvine Welsh lo hizo con Renton en su afamada novela Trainspotting (1993). Hay algún otro parecido, como ese regusto nihilista sobre si en realidad merece la pena tanto esfuerzo, cuando no hay nada después. Elige una vida, un futuro, una tele y una lavadora, que yo me quedo con la heroína, decía Renton. Aquí Emma espeta cosas parecidas, con fina ironía e inteligencia. La vuelta de tuerca que le da el dramaturgo Macmillan es que su personaje dice cosas igualmente inteligentes sobre la percepción del cuelgue que vive. El nihilismo de Emma se va entremezclando con un profundo reconocimiento sobre sus adicciones y de los efectos causados. El drama confeccionado por Macmillan juega constantemente con el concepto de desdoblamiento: Emma defiende su adicción, también la repudia. Hay dos hallazgos estelares que le dan al personaje la profundidad que merece, y un toque de distinción al planteamiento. Emma encuentra en el teatro un chute igualmente comparable al de las drogas, el problema es que no hay grandes personajes, al menos no de manera continua. Sus reflexiones sobre el poder de la escena, la embriaguez que produce ser (y no representar a) otra persona son, a manos de Irene Escolar, uno de los momentos álgidos de la pieza.

La versión en español ha sido adaptada por Pablo Messiez, que también dirige la obra. Se notan los tamices virtuosos de la reescritura de Messiez en la actualización del habla, con algún “¡wow!” (muy slang) que se cuela. La obra parece hecha para la batuta del director argentino, con una apuesta clara por incorporar la música club a la acción. El dramaturgo argentino lleva años explorando esa tensión entre la expresión corporal y la verbal que también se proyecta en la tensión del personaje de Emma en su relación con las drogas. Son claves (y muy siniestras) las escenas en que la actriz aparece, hasta las cejas, bailando en clubs donde la música traspasa el cuerpo hasta neutralizarlo. El primer tercio de la obra es fundamental para esparcir todo sobre el escenario, principalmente los demonios de la artista. Uno de los aspectos más terroríficos que plantea Macmillan es el de  Emma observando proyecciones siniestras de ella misma, que se resuelve con dobles de Irene Escolar vestidas a la misma manera, pantalón de chándal rojo y jersey gris. Sólo veo un personaje desaprovechado, el de Pastor, que tendría que proyectar mayor oscuridad, sabiendo especialmente lo que se le viene.

La obra comienza muy vertiginosamente, casi sin que el espectador perciba que una actriz que interpreta La gaviota de Chéjov tiene que internarse rápidamente por desvaríos sobre el escenario. De un fondo clásico se pasa a un escenario totalmente vacío, en negro, que es la propia cava del Teatro Español. El recurso no es novedoso, pero encuentro en esa boca negra una enorme inteligencia del escenógrafo Max Glaenzel (con el que Messiez ya colaboró en La voluntad de creer). Glaenzel entiende que el viaje de Emma es como ese “grito en busca de una boca”, que denuncia la protagonista, y utiliza la profundidad del propio escenario para recrear esa angustia. La cava negra es un agujero negro y profundo con un cartel verde de “EXIT”, que no se sabe bien si es una puerta al cielo o al infierno. Sin desvelar mucho, la maestría del escenógrafo (curtido en el género de la ópera) se percibe en la escena final del cuarto familiar. Un cuarto que opresivamente se mueve hasta el límite del escenario, contrarrestando el agujero amplio negro de las drogas, el club y la sala de desintoxicación, con la opresiva habitación familiar de niñez y adolescencia. Viendo imágenes del montaje para el National Theatre, me quedo con esta propuesta escénica frente a los más obvios azulejos blancos.

Excelente también el trabajo de Silvia Delagneau creando un conjunto de yonki – fashion para Irene Escolar, que funciona tenebrosamente en los desdoblamientos. Y las luces de Carlos Marquerie que hacen cortocircuitar la butaca de patios al sonido de palabras como “familia”. La música de Óscar G. Villegas (otro habitual colaborador de Messiez, con Cuerpo de Baile), tiene mucho toque siniestro mezclado con club.

La obra (larga, para los estándares más recientes) presenta dificultades con muchos cambios de tensión dramática que fluyen con los movimientos que corresponden a cada paso. Desde la desintoxicación esquizoide, hasta las charlas grupales con otros internos, las conversaciones íntimas o los monólogos pulverizados por Irene Escolar. Aunque es historia de muchos personajes, el autor falla en dar contorno al círculo de la clínica de desintoxicación. Javier Ballesteros (Las canciones), en su personaje de drogodependiente, no desaprovecha la complicidad que le regalan ciertas escenas, y hace un trabajo que se mide con Escolar en las escenas que comparten. Su tono de drogata listo está tremendamente bien templado. Sonia Almarcha (que triplica personajes) muestra ductilidad, con una terapeuta que es divertidamente cursilona (bravo, por ese sabor local), y terroríficamente castrante como madre. Tomás del Estal también duplica y tiene un parlamento, hacia el final de la obra, que le “hace un traje” al personaje de Emma en tres brochazos. Nos dejó sobrecogidos. Completan el elenco Brays Efe, Claudia Faci, Daniel Jumillas, Mónica Acevedo, Blanca Javaloy, Manuel Egozjue y Josefina Gorostiza.

Y luego está, claro, Irene Escolar, que reina en Palabras, lugares y cosas, bien acompasada por el trabajo conjunto con Pablo Messiez. En su entrada en la clínica de desintoxicación es un manojo de nervios que aguanta el móvil con el hombro mientras se fuma un cigarro. Su actitud durante buena parte de la obra es la de un ser abyecto que provoca rechazo. Ella que quiere vivir en el hedonismo, expresa un lenguaje que discurre hacia la desfeminización. Encorvada, tocándose el pelo nerviosamente, con la boca seca, Escolar nos presenta a una tipa a la que adivinamos hasta el olor a tabaco y clubs. Luego comienza su batalla con todos: sus compañeros de clínica, sus terapeutas, su familia. Jugando a ser mordaz y rápida. Y luego están los regalos, que son esos monólogos en lo que Emma confiesa lo difícil que le resulta la realidad o aquellos en los que reflexiona sobre el poder que le dan las palabras sobre el escenario. Irene Escolar nos brinda un clásico de su repertorio lorquiano, Bodas de Sangre, en el delirio de Emma por defender la paz que encuentra en su oficio: “¡Ay qué sinrazón! No quiero contigo cama ni cena y no hay minuto del día que estar contigo no quiera, porque me arrastras y voy, y me dices que me vuelva y te sigo por el aire como una brizna de hierba”.

La obra corre como un meteoro, con un ritmo tan bien imprimido, que es imposible no sucumbir a tan buen trabajo coral, con Escolar y Messiez encumbrándose.  Ah, y si me lo permiten, con el mérito de atraer a muchos jóvenes (no sólo actores) al teatro. Más como ésta.

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