
El incombustible actor Ian McKellen pisa de nuevo las tablas londinenses, en esta ocasión en una función a dos, con Roger Allam en Frank & Percy. La página web del espectáculo incluye una recomendación por edades (mayores de 14) y una advertencia sobre contenidos: lenguaje soez, referencias sexuales, discusiones sobre el duelo y el cáncer (“strong language, sexual references, and discussions of bereavement and cancer”). McKellen se revolvió en una entrevista a Sky News: “I think it´s ludicrous (…) I quite like to be surprised by loud noises and outrageous behaviours on stage”. McKellen señaló la ridiculez de incluir este tipo de advertencias hacia el espectador.
Su comentario ha resonado en todos los grandes medios de prensa británicos. Y ha levantado un debate sobre la conveniencia de incluir advertencias en la programación de teatros. Probablemente haya que tomar las palabras de McKellen en un contexto distinto al nuestro.
En Reino Unido hay una cultura heredada de época victoriana, en la que la moral y lo apropiado es lo conveniente. En medios audiovisuales hay un organismo regulador, OFCOM, que tiene entre sus cometidos principales la protección de niños e infancia. A veces hasta extremos sorprendentes. Lo que se emite en Reino Unido es escudriñado por los canales y medios audiovisuales para evitar la sanción de OFCOM. Los consumidores (los antiguos televidentes), además están acostumbrados a quejarse sin pudor de lo que ven en sus pantallas.
El ojo vigilante de OFCOM no ha llegado al teatro, todavía. O al menos no directamente. Lo hará a través de las plataformas audiovisuales dedicadas al teatro. Por tanto, de momento la calificación por edades se realiza por autorregulación de los propios teatros.
El tema es que los teatros británicos han ido más allá del “Recomendado para mayores de 12 años”, y han comenzado a incluir advertencias de todo tipo. Lenguaje soez, escenas sexuales, diálogos de cáncer… El debate a favor o en contra de esta práctica se plantea en términos absolutos: entre la libertad de expresión y la protección de sensibilidades. McKellen, ya de vuelta de todo, ha estallado porque cree que se está yendo de mano la mojigatería y el paternalismo de los avisos. En algunos teatros la práctica se ha llevado al extremo, calificando la obra por escenas, y advirtiendo, al mismo tiempo, que la propia advertencia puede contener spoilers. Es el caso del Donmar Warehouse en Londres.

Seguramente McKellen tenga razón. Estamos creando una sociedad demasiado proteccionista y moralista. Y, sin embargo, la realidad de nuestra conducta como individuos en sociedad deja mucho que desear.
En nuestro país el Ministerio de Cultura tiene criterios aplicables de recomendación por edades para el audiovisual. De nuevo, los teatros son libres de establecer si quieren o no dar advertencias u ofrecer una calificación por edades. En la práctica, cada vez son más los teatros que incluyen la recomendación por edades, sin que prohíban por ello la entrada a menores. Y si la obra es infantil, se entra incluso más en detalle.
En casi todos los casos los teatros se informa cuando los personajes fuman en escena. Se informa, no obstante, que los cigarros no son tabaco de verdad. Lo mismo ocurre con el uso de luces estereoscópicas. Normalmente se incluye una mención por las molestias en la visión que pueden causar. Son motivos de salud. Pero de momento no se ha establecido la práctica inglesa de advertir del tipo de lenguaje o temas.

Sobre este tema hay voces para todos los gustos. Los artistas suelen posicionarse a favor de no desarrollar las advertencias. Me gusta recordar una frase de Miguel del Arco que define bien cómo debe ser el teatro: “es necesario tener espacios seguros para que las representaciones sean peligrosas”.
Ahora bien, ¿dejamos la recomendación por edades? … Yo estoy claramente a favor. Creo que incentiva que chavales jóvenes se adentren en el mundo del teatro. En muchas ocasiones he metido la pata yendo al teatro con niños a ver obras con escenas demasiado explícitas, y otras he pecado de modosita al no hacerlo. Si queremos que nazcan nuevas generaciones teatrales, hay que ofrecer herramientas a los padres para que los niños den el salto del teatro infantil al adulto.
Tengo un buen amigo que opina lo contrario. Si te equivocas, y llevas al preadolescente a ver una obra con drogas, sexo y lo que sea, en el fondo vas a lograr que tenga una experiencia “memorable”.
Ahora bien, ¿hay que advertir en detalle sobre el contenido en sí? Ahí me uno sin dudarlo al equipo McKellen. Sólo con los clásicos nos vamos a hinchar a advertir. Suicidio y Edipo para Hamlet. Exterminio en Ricardo III. Edadismo con Lear.

Hace poco leí en X (extuiter) a un espectador que se quejaba por haber sufrido un ataque de ansiedad viendo a la compañía francesa Les chiens de Navarre. Y argumentaba que se debía advertir del tipo de contenido.
Siempre habrá quien sufra en el teatro. A veces lo más liviano puede revolvernos por dentro porque encuentre un eco. Qué maravilla si es así. Nos habremos expuesto al peligro, como dice del Arco, pero saldremos (al menos físicamente) indemnes.
La clá
www.lacla.es


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