
La escritora Almudena Grandes (1960 – 2021) publicó La madre de Frankenstein en 2020. La novela es parte de la serie “Episodios de una guerra interminable” en torno a la guerra civil española y, principalmente, la posguerra. Grandes quiso hacer un tributo a Benito Pérez Galdós y a sus Episodios Nacionales, tanto en la formulación del conjunto de novelas, como en la forma de plantearlas estilísticamente. Pienso que también quiso imprimir un lenguaje cinematográfico a esta novela, ambicionando posiblemente una adaptación a la gran pantalla.
La protagonista central de la obra es Aurora Rodríguez Carballeira (1879-1955), asesina de su hija, Hildegart Rodríguez Carballeiras, a quien concibió como un experimento científico de mejora de la raza. Aurora, la madre, mató a su criatura, Hildergard, mujer precoz y superdotada. Su sentencia fue el ingreso de por vida en el psiquiátrico de Cienpozuelos de Madrid.
Almudena Grandes tomó esta historia como excusa para retratar un mundo de enclaustramiento, similar al de la Bernarda lorquiana, donde las mujeres quedan relegadas a cuatro paredes. Es, además, una alegoría de la España de posguerra, en la que el propio país se silenciaba hacia dentro. La novela tiene muchos peros, con pasajes que más se acercan al folletín que a un verdadero relato de vidas. Es, además, excesivamente larga y está grotescamente varada a favor de los republicanos. Como si todos los nacionales hubieran sido malísimos y todos los de la izquierda honrados y dignos. El problema de este planteamiento es que ideologiza en exceso, y pierde el impacto que, con menor viraje, hubiera conseguido. Grandes arremete sin piedad contra la Iglesia y los psiquiatras, y a ratos su novela se asemeja más a un artículo de opinión contra Vallejo Nájera o López Ibor, que a un relato rico sobre la sociedad de posguerra.

Dicho lo malo, tiene la novela personajes de contornos nítidos, muy bien trazados. Destacan Germán, el médico, María, la enfermera y, claro está, Aurora. Lo mejor de la novela son probablemente los soliloquios de Aurora consigo misma. Su forma de ver e interpretar el mundo desde su paranoia, y las conductas lógicas e inteligentes que adopta en base a esa particular visión de lo que le rodea. Es una loca astuta, y por eso resulta tan atractiva.
La actriz Blanca Portillo es la caja de resonancia de los pensamientos majaras de Aurora. Con trazos expresionistas, Portillo le da toques histriónicos a la protagonista de la obra. Todo en contenida medida, esbozando un personaje huidizo, frágil, querido. Escoge el lado empático, de víctima, frente al tenebroso. Portillo vuelve a ofrecer una interpretación electrizante. Para quien haya leído la novela, Aurora es el personaje que ofrece más versatilidad para la imaginación de cada uno. La creación de Portillo es una toma de postura, muy válida y acorde.
Germán es un personaje mucho más deslavado. La historia sucede ante él (y no a través de él), en muchos sentidos. Más que un rebelde, es un profesional con vocación médica y sin prejuicios. Pablo Derqui presenta a un tipo medio, narrador y amarrado a la historia. Es el conductor de la historia, pero el actor tiene la inteligencia de no aprovechar su posición aventajada. Quien haya visto a Derqui en trabajos de mayor explosión, no sería capaz de imaginar una contención así. Germán es un tipo corriente, y Derqui le da esos aires de tipo tirando a gris, con sus pequeños destellos en una sociedad oscura. Su maestría es la de atrapar al público durante cuatro horas de función, sin que su personaje provoque grandes reacciones emocionales. Con este hombre cualquiera, Pablo Derqui demuestra que es uno de los grandes actores sobre las tablas. Germán es el equivalente al hombre americano corriente que los dramaturgos americanos supieron mostrar.

Por otro lado, quien mejor captura la esencia de los tiempos es el personaje de María, una mujer a medio camino entre la servidumbre y la emancipación. Macarena Sanz se convierte en esa “mosquita muerta”. La joven es obediente y trabajadora, consciente de su rol social, y que siente, al mismo tiempo, con pasión.
Almudena Grandes no supo encontrar un desenlace a sus personajes y los colocó abruptamente en un futuro mejor. Pero lo interesante lo había creado al principio: en el trazo de las figuras. Macarena Sanz muestra en sus gestos la vitalidad y la obediencia, pero lo mejor es su relato, que debe ir a mayor velocidad que el del resto. Es vivaracha y locuaz, y así son sus diálogos. El toque añadido es una voz de dobladora de película española antigua, que directamente coloca a María, no como una versión del personaje, sino en el personaje mismo.
El resto de elenco dobla papeles. Son curas, monjas, cojas, artistas, enfermas. Son composiciones de Ferran Carvajal, Jordi Collet, David Fernández “Fabu”, Gabriela Flores, Belén Ponce de León y José Troncoso. Me gusta la monja bondadosa de Gabriela Flores. El médico amigo de Jordi Collet. Los acentos sureños de madre, abuela y casa de Belén Ponce de León. Y la alegría que le da José Troncoso a una historia demasiado triste.
La adaptación de la novela es de Anna Maria Ricart Codina, en un trabajo descomunal. Lo único que le falta a un trabajo tan minucioso es el haber tenido el atrevimiento de podar todo el exceso ideológico y folletinesco. Grandes tenía buenos mimbres, excelentes pasajes escritos y algunos personajes bien dibujados. Pero también mucha hojarasca.
Lo más admirable es que el trabajo colectivo de un gran elenco, y la batuta fina, vital y ligera de la maestra Carme Portaceli, hagan que las tres horas y cuarenta y cinco minutos se hagan cautivadoras. Y eso incluso para esos espectadores que, como yo, no somos acólitos de esta novela de Grandes.
La clá
www.lacla.es
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La madre de Frankenstein. Teatro María Guerrero.
https://dramatico.mcu.es/
Imágenes de Geraldine Leloutre, cortesía del equipo de prensa del Teatro Español.
Duración aproximada: 3 horas y 40 minutos

