
Llega a los Teatros del Canal con gran expectación la obra “Todos los pájaros”, estrenada en 2017 por el dramaturgo canadiense, de origen libanés, Wajdi Mouawad. Expectación, en parte, porque en el año de la pandemia se canceló la gira del espectáculo dirigido por el propio Mouawad. Ahora, en 2024, llega una producción dirigida por el maestro de escena, Mario Gas, y gran parte de su habitual elenco artístico. La actriz Nuria Espert tuvo que cancelar su participación por consejo médico.
Wajdi Mouawad (Beirut, 1968) es una de las voces más reputadas de la dramaturgia actual. Ha sido condecorado con los más prestigiosos galardones, tanto en Canadá como en Francia. Aquí, muchos le conocimos precisamente gracias al director de escena, Mario Gas, que en sus prodigiosos años al frente del Teatro Español, educó a buena parte del público madrileño, trayendo lo mejor de la escena internacional. Era, digo, el año 2010 cuando el propio Wajdi Mouawad montaba “Incendies” en el Teatro Español, con un patio de butacas sin llenar. Un nombre desconocido para muchos, y una obra en francés. En 2017 Mario Gas la montó bajo su batuta, con un éxito atronador en el Teatro de la Abadía. Wajdi Mouawad quedó coronado como un imprescindible a quien seguir.
Su escritura cautiva por su tradición árabe, en la que se mezclan el relato y el viaje, con la crudeza de la guerra y las muertes. Y, lamentablemente, por la eterna actualidad del conflicto perpetuo en el Oriente Medio.
En “Todos los pájaros” (editado por La Uña Rota con traducción de Coto Adánez), Wajdi Mouawad toma un cuento persa, el del pájaro anfibio, para hablarnos de la conversión religiosa para escapar de la persecución. El autor teatral traslada la narración al conflicto de Israel, con dos personas, un judío alemán y una americana de origen jordano, que se enamoran y se unen en la búsqueda de una razón que explique la guerra, esa “fosa común”. Mario Gas siempre tiene la inteligencia de encontrar el momento adecuado para contar una historia, y en esta ocasión, con los terribles sucesos en Israel y Gaza, aprovecha para poner en escena una dramaturgia que habla de pasado y presente.

El montaje, a diferencia de esos pájaros inspiradores, no toma vuelo y, a salvo de algunas buenas escenas, se convierte en algo tedioso de ver. Los distintos elementos que suelen componer un lienzo teatral, juegan aquí a la contra. El texto de Wajdi Mouawad pide, imperiosamente, un recorte para su puesta en escena. La historia parte de unos enfados históricos que no acaban de reposar en los personajes. El hijo que parte a Israel a descubrir los secretos de sus orígenes provoca un cisma con el padre, en una cena que resulta demasiado artificiosa. Sólo el enfado de Pere Ponce, hace en verdad ver que existe ese sentimiento profundo, pero la dramaturgia se hace aquí espesa.
No he conectado con el protagonista, Eitan, interpretado Aleix Peña, que tiene en su arranque la difícil función de colocar gran parte de la pieza. Algo más de empaque muestra Candela Serrat, profundamente enfadada durante la función, de nuevo sin una dramaturgia que le dé las asaderas para explicarlo. El amor entre Eitan y Wahida se hace improbable, sin una pasión que los una para luego separarlos. Wajdi Mouawad ha volcado un drama de demasiado intelectualizado, a fuerza de no olvidar colocar las razones de unos y otros para explicar el precipicio de la guerra, con desenfoque de las historias de las personas.
Hasta que entra Vicky Peña y el personaje de Leah, y ponen las cosas en su lugar. El trazo se vuelve más nítido, con una vieja de mala uva, con demasiado pasado, y viviendo en un país en el que los enamorados se inmolan y los aeropuertos cierran el tráfico. Vicky Peña es una israelí difícil, urraca y de verbo perverso, una especie de Bernarda Alba para quien la vida tiene poco bueno que ofrecer, y a la que ella devuelve menos. Peña nos hace creer en esta mujer de enormes complejidades, y abona una historia demasiado deslavazada.
El enfoque de Wajdi Mouawad hacia el conflicto es de enorme interés. Cuando la religión y el origen se vuelven muy pesados, y condicionan nuestro futuro y existencia, es legítimo abrirse y cambiar. “¿Hasta qué punto debemos atarnos a nuestra identidad perdida?”, dice uno de los personajes. El problema es que la ligazón entre universalidad y particularidad no queda bien resuelta en este planteamiento, y Mario Gas no ha acertado en dar con la fórmula que insufle alma a una historia que lo está pidiendo a gritos.
Falta, me temo, en este montaje, una apuesta por actores que aporten multiculturalidad, se respira demasiado occidente. La escenografía, a cargo de Sebastià Brosa, es un nuevo alarde de maestría en cuanto a la integración de la videoescena. Álvaro Luna es el diseñador de las proyecciones, y uno de los más reputados profesionales. Le dan a la pieza un color que, lamentablemente, no viene acompañado de la misma fuerza en la representación en vivo. A ratos se produce cierta disincronía entre la planicie de la escenificación y el poder de los visuales y la audioescena. No he visto nunca que ocurra esto en proyectos recientes de Gas, como Pedro Páramo o Largo viaje del día hacia la noche.
Lo que falla, concluyo, es una dramaturgia densa, y una dirección artística incapaz de extraer (más allá de los enfados cruzados) la multiculturalidad, las tonalidades y la viveza que el relato pide.
La clá
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Duración aproximada: 3 horas y 10 minutos.
Imagen de Sergio Parra.

