
Rodrigo García (Buenos Aires, 1964), reputado dramaturgo y director de escena hispano-argentino, ha venido al Teatro La Abadía, bajo la invitación de su actual director, Juan Mayorga.
García estrena en Madrid su nueva obra, Cristo está en Tínder, una reflexión sobre la tecnología, las redes sociales y la sempiterna incomunicación del individuo.
Sobre escena tres intérpretes y bailarines que se prestan dúctilmente a los sinsentidos de su creador. Es lo mejor de la obra, la entrega y acoplamiento total de Elisa Forcano, Selam Ortega y Carlos Pulpón. Por respeto a ellos, a los intérpretes, se soporta esta pieza dramática. Lamentablemente, ese respeto no se ve correspondido, porque a la finalización del espectáculo sólo sale a saludar un perro mecanizado. Parece que hasta en los no-saludos, se quiere hacer notar Rodrigo García.
Cristo está en Tínder representa lo peor de cualquier ejercicio contemporáneo. La vanguardia, del tipo que sea, pretende siempre romper con convenciones sociales y ser rupturista y provocadora. Pero detrás debe haber un sentido, sobre todo si muchos otros ya lo han hecho antes.
No me impresiona el uso de un robot, que es el objeto que más amor desprende en la obra. Ni los continuos desnudos. Tampoco el uso repetido de referencias hacia la polla, la farlopa o el follarse a unos y otros. No me interesan los vídeos que se proyectan, y las casi dos horas de función las paso aburrida, aburridísima, sin que tanto exhibicionismo me provoque o mi interese mínimamente. Es simplemente vacuo e irrelevante.
Los textos, que el público ríe con agradecimiento (intuyo que por salir del tedio absoluto de distorsiones sonoras), son frases ocurrentes de twitter. Nada que un buen cómico (Pantomima Full) no sea capaz de hallar en la realidad que vivimos, y de ponerlo en palabras.
Creo que lo que más impotencia debe causar a Rodrigo García, es no haber podido colocarse en una visión feminista, que por lo menos le habría dado algo de reivindicación contemporánea. La serie televisiva Autodefensa de Filmin, con sus pijotadas y su visión inocente, es infinitamente más nihilista y rompedora que esta propuesta escénica, que carece de todo tipo de imaginación y creatividad.
Póngame a unos tíos en pelotas, a niños diciendo obscenidades, a tipos hablando de comer pollas, a tías que pasen del somnífero para dormir a la cocaína al despertar, háganme bailes amorfos y electrizados, combinen la escena en vivo con imágenes grabadas, introdúzcanme robots actores… háganlo todo, pero con sentido, con una propuesta dramática sólida, y no como una serie de patrañas y chorradas que no recordaré ni en unos meses.
La clá
www.lacla.es
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Imágenes cortesía de Teatro Abadía. Fotógrafa Lucía Romero.
Duración aproximada: 110 min (sensación, muy superior)

