
Uno de dos. He cumplido con una de las dos citas en la lista de los grandes festivales internacionales de teatro en verano. Por fin, Edimburgo. El segundo festival es, por supuesto, Aviñón (Francia). Un sueño desde hace tiempo, que en realidad no es un paraíso tan lejano. Pero hay algo que cuesta más que el billete de avión o la estancia, algo que aprieta, y a veces ahoga, que es el tiempo. El tiempo no sólo como la falta de él, sino como plano de corte con la vida. Conseguir días de vacaciones en agosto, convencer al entorno, alcanzar una tregua con el trabajo, la salud y la familia, sin marrones y algo de quietud. Y ahora sí, encontrar billetes y alojamiento. Ahorrar.
Edimburgo, Dramatis Personae.
Lo primero de este soñado encuentro teatral es Edimburgo, un lugar que es una “Dramatis Personae” en sí mismo. Ciudad de nieblas, lluvia sempiterna, frío y oscura piedra arenisca. El castillo en lo alto de la colina y una madeja de callejuelas con escaleras que desembocan en alguna animada calle. La ciudad es tan visual que a ratos parece creada por una fantasía onírica.
En agosto, coincidiendo con sus dos grandes festivales (el Festival Internacional de Teatro y el Fringe), Edimburgo se convierte en una bulliciosa ciudad turística que ya ha empezado a borbotear en primavera, con el buen tiempo. Pero quien quiera observar verá que no es una gran urbe sucumbida a la globalización. Lo del verano es transitorio. Por debajo del bullicio, en las esquinas, en algunos supermercados, en algunos bares, en algún museo, se deja ver al habitante natural. Hay escoceses en Edimburgo, hay personas mayores en Edimburgo, hay chavalería y niños. Y punkis y personas sin hogar. Y escoceses orgullosos de vestir con su tartar.
Así que lo primero que uno aprende en el Fringe, es que el festival alternativo ofrece una oportunidad única para jugar a conocer la ciudad.
Por cierto, que en español se escribe “Edimburgo” y en inglés “Edinbourgh”, algo que tengo que ensayar porque creo que no he dado ni una.
Historia del Fringe.

El Fringe nació en el año 1947 con ocho compañías (seis de ellas de Escocia) que decidieron mostrar sus producciones coincidiendo con el Festival internacional de teatro de la ciudad, que se sigue celebrando en las mismas fechas. En inglés se dice que las compañías interpretaron en los márgenes del festival (“on the fringe of the Festival”). Y de aquella expresión, y de la experiencia, surgió un festival que ha engullido al oficial en notoriedad. El Fringe celebra este año 77 años. Sigue teniendo ese punto iconoclasta de obras cortas, mayoritariamente cómicas y para el entretenimiento. Pero ojo que el Fringe tiene un prestigio enorme. Durante varias ediciones, parte de la camarilla de (puede decirse) “los amigos de Peter” fueron asiduos. Se trata de Emma Thompson, Hugh Laurie y Stephen Fry, entre otros compañeros de Cambridge. En 1981 ganaron el primer premio de comedia del festival, y el éxito les catapultó a la televisión, y a partir de ahí, el infinito hollywoodiense.
Otra actriz que debutó en el Fringe y logró producir una serie de su monólogo es la conocida actriz Phoebe Waller-Bridge, autora e intérprete de Fleabag (2013), producida para la BBC y Amazon. Cada edición, se pasean, como invitados estelares, algunos de los intérpretes que conocieron también la fama en el Fringe.
¿Cómo manejarse en el Fringe?.
El Fringe tiene a favor que permite improvisar bastante una vez estás ahí. Por supuesto no con los shows más populares, pero sí con cierta libertad. No ocurre así con muchos otros festivales veraniegos en los que es obligatorio comprar entradas con antelación o te quedas seguro con las ganas.
El reto en el Fringe es decidir qué ver, porque la variedad es infinita. Cada día tienen lugar cientos de espectáculos. Muchos, además, son terriblemente locales. No sólo hay que hablar el idioma, sino entender el acento, y los giros en las expresiones. También hay que estar al día de la cultura popular, lo que incluye a Feijó, Belén Esteban y a Puigdemont, pero en versión británica. La mayoría de los espectáculos del Fringe son stand – up comedies, es decir shows de humor, y el humor es pareja de lo cotidiano. Así que para los que somos foráneos, es mejor elegir espectáculos más moderados. La buena noticia es que los americanos adoran el Fringe, y me atrevería a decir que, junto con los escoceses e ingleses, son los que más pueblan las butacas. Así que, con saber un poco de Trump, puedes tener buen show.
Lo mejor es descargarse la app y echar un vistazo a la página web. Sí conviene llevar al menos un par de espectáculos con entradas, y el resto dejarse llevar. El ambiente más puro del Fringe es el de una noche de cañas y risas con amigos, con algún show gamberro entre medias.
El Free Fringe.

El “Free Fringe” es el Fringe callejero, el que se organiza en espacios abiertos de la ciudad histórica, sobre todo en la Royal Mile. En la página web del festival y también en carteles se puede leer lo que sucede en cada hueco.
Sinceramente, después de haber vivido festivales como el TAC de Valladolid o la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo, los espectáculos callejeros del Fringe quedan con un tono más improvisado y callejero. Normalmente son cantantes con guitarra y algo de voz, complaciendo con temas conocidos. O malabaristas haciendo los trucos habituales. Pero, para ser francos, con mucha menos imaginación y profesionalidad de la que se puede ver en ciudades históricas por aquí. Quedarse sólo en el “free Fringe” es perderse la calidad y el ambiente divertido que sí hay en bares y recintos. Merece, por tanto, la pena comprar entradas en los recintos o «venues«.
Los “Fringe Venues”.
El corazón del Fringe está en sus localizaciones, que las hay a cientos y repartidas por toda la ciudad. Son bares, teatros, iglesias, tiendas, cavernas… que han sido oficialmente dados de alta como “venue”. Se marcan con un localizador QR y tienen un cartel distintivo. Tik tok es patrocinador oficial del festival e inteligentemente ha colocado su plataforma como medio a través del cual enterarse de lo que pasa en cada sitio.
Para ser un recinto oficial del Fringe hay que conseguir una licencia y pasar ciertas inspecciones. Para los que nos gusta entender cómo va el proceso, la página web del Fringe ofrece información sobre los requisitos que necesita pasar cada recinto y que puede accederse aquí.
La variedad de recintos demuestra que no hay que tener un enorme teatro para montar un espectáculo. En cuanto al recinto hay que distinguir entre el propietario del local (por ejemplo, un bar), el que lo gestiona como recinto del Fringe (que puede o no ser el dueño del bar) y las compañías que alquilan el recinto.
Los mejores recintos son seguramente los más iconoclastas. Cuevas de garitos en edificios antiguos del centro histórico, ideales para espectáculos más gamberros.
El Fringe con niños.
El Fringe cuenta con guía de edades de sus espectáculos, y también con espectáculos al aire libre. Pero no es un festival para niños, aunque los haya. El tono sátiro de la comedia que se practica es de género adulto, y al final la oferta queda reducida a espectáculos de magia. Aún así, hay oferta para niños y es muy fácil orientarse gracias a las recomendaciones por edad que contienen todos los espectáculos. En caso de duda, las taquillas de recintos multi-escénicos (por ejemplo, el Ambassador) ofrecen información. Y luego están los “voceros” y repartidores de folletos (normalmente actores de las compañías), que al venderte su show te explican rápidamente de qué va el tema. Si vas con chavalería y no te dan folleto, es que claramente el espectáculo no es para menores.
El Fringe en números.

Una guía del año 2022 dirigida a sponsors ofrece datos interesantes del público:
- La mayoría de público es urbanita, con edades comprendidas entre los 26 y 35 años.
- Un 61% del público es femenino.
- Un 7% del público es internacional, y el 93% de Gran Bretaña (35% de Edimburgo, 22% del resto de Escocia y 36% de Gran Bretaña).
Por las calles es posible apreciar esta visión demográfica. La mayoría es gente joven que se ha montado plan de amigos para ir al Fringe. Entre los extranjeros, hay un público importante americano.
Hablando de números, los británicos son maestros en haber consolidado una estrategia de marketing ligada a las artes escénicas. Marcas de alcohol, tecnología y redes sociales patrocinan el Fringe.
Como el Fringe da para mucho, atentos a la siguiente crónica.
La clá
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Algunas imágenes cortesía del equipo de prensa del Fringe Festival.

