
La coreógrafa María Pagés ha planteado para su última producción, De Sheherazade, una creación a través de 12 coreografías en tono femenino, basadas en composiciones originales que van de la música marroquí a la flamenca. Para esta creación, Pagés ha trabajado con el escritor marroquí El Arbi El Harti para crear una serie encadenada de fábulas. La referencia a Sheherazade está vinculada a ese relato que parte de la mujer y que mantiene el tiempo en suspenso (la vida), mientras la imaginación se recrea.
Sobre el escenario se proyecta una luna cotilla que irá pasando de fases a medida que se suceden las coreografías. El escenario es un trabajo de luces efectivo de Olga García que sume a las bailarinas en una caverna oscura. A los lados se colocan los músicos (guitarras, violín, chelo y percusión), junto a dos cantaoras. En la primera parte del espectáculo la música surge de la penumbra, hasta que se adivinan esas figuras que son los músicos (Rubén Levaniegos, Isaac Muñoz, David Moñiz, Sergio Menem, Txema Uriarte) y las voces (Ana Ramón Muñoz y Cristina Pedrosa).

El arranque es puro Pagés. La bailaora realiza una coreografía en la que brillan esos brazos suyos, largos, que acogen el espacio circundante, lo balancean y lo arrullan. Son brazos maternos, de araña, que todo lo abarcan y hacen suyo. Con esa imagen de los brazos jugará en una siguiente coreografía, ya con el resto de bailaoras, creando un círculo eterno de unión entre ella. Los brazos como eslabón.

Pagés se acompaña de ocho bailaoras: Júlia Gimeno, Almudena Roca, Ariana López, Sofía Suárez, Yardén Amir, Marina Madiedo, Raquel Guillén y Txell Rodríguez. Vestidas con trajes muy volátiles, en tonos suaves y oscuros, sin patria ni tiempo, lo que les permite jugar a muchas reminiscencias, muchas de toque arabesco. El trabajo de vestuario es de María y Sandra Calderón, y es parte importante del espectáculo. En especial en la danza giratoria en la que hay un juego que reivindica a las mujeres de Afganistán, atrapadas entre telares que se convierten en un burka.
Entre los pasajes más bonitos escojo dos, el de homenaje al libro, que merecería extraerse y utilizarse en cualquier premio literario de altura. La danza es un tributo al libro como objeto y a la lectura como fuente de imaginación. El otro pasaje de nuevo habla de mujeres doblegadas. Maria Pagés representa a una dura institutriz, bastón en mano, mientras las jóvenes, en especial una, trata de escapar del círculo. Hay referencias sutiles a Bernarda Alba, y a esa casa en la que las jóvenes hijas viven bajo el yugo de la madre.
La parte final del espectáculo refuerza el baile flamenco más tradicional, que en la primera parte se ha conjugado con un relato moderno, de composiciones corales. Hay en esa parte final, un dominio de Pagés, con todo el elenco colocado en semicírculo. ¡La que manda, manda!, exclama una cantaora. Toca luego lucimiento del resto de bailaoras.

El espectáculo, estrenado en el Teatre del Liceu barcelonés anda girando por toda España. Es un montaje elevado, como los brazos de Maria Pagés que tocan el cielo, y que recogen esferas imaginarias. Las alusiones de las coreografías a la mujer encerrada o de homenaje a la lectura son una invitación a ser utilizadas en premios, homenajes y actos reivindicativos. Estará girando por varios teatros. Como dé el salto internacional, este espectáculo seguro causa la locura.
La clá
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Compañía María Pagés
www.centrocoreograficomariapages.org
Imágenes cortesía equipo prensa Teatro Calderón

