
El Teatro Almeida en Londres es de obligada visita para el aficionado teatral que pisa la ciudad. No está en ninguno de los distritos propiamente teatrales, ni en el West End, ni al otro lado del río Támesis. Está en uno de los barrios más encantadores de Londres, Islington. El público es netamente londinense, y eso en sí es una rareza. El West End suele estar copado por americanos y turistas. En el resto de teatros es habitual ver consultores y profesionales liberales. En el Almeida se respira una mezcla de gente de la industria del entretenimiento, intelectuales y mucha gente joven. Merece la pena llegar media hora antes y pedirse algo en el bar para espiar discretamente el ambiente.
Todas las temporadas el Almeida da en la diana con alguna producción que golpea las cuatro o incluso cinco estrellas de la crítica teatral. Sacar nota en una ciudad que se precia por la calidad de sus espectáculos es una proeza. Esta temporada teatral han hecho diana con su primera propuesta artística, A mirror, un drama actual escrito por la dramaturga Sam Holcroft en torno a la censura teatral. La pieza se construye sobre distintas capas de realidad y juega con la complicidad del público.
El foyer del Teatro Almeida recibe engalanado a los espectadores. Banderolas rosas y flores, y un libro de visitas para celebrar la boda de Leyla y Joel. Los acomodadores nos invitan a sentarnos en un patio de butacas convertido en hileras de asientos y sillas preparadas para el enlace. Sobre cada una se coloca el programa para la celebración.
Dos de los actores principales, Jonny Lee Miller y Geoffrey Streatfeild nos piden de entrada que nos levantemos para recibir a la novia. Entra ella caminando hacia el altar y la ceremonia avanza unos minutos, el tiempo necesario para que salga de la sala la que parece ser una policía. Rápidamente los contrayentes retiran el engalanado altar y el escenario se convierte en eso mismo, en un escenario. Nos explican los actores que ahora vamos a proceder con la representación, pero que estemos atentos a la señal del coche, porque en cualquier momento un bocinazo nos puede alertar del regreso de las fuerzas del orden y tendremos que retomar la pantomima de matrimonio. Los actores nos felicitan por la audacia de acudir como público a una obra de teatro que carece de licencia.

Comienza así la primera capa de hiperrealidad, pero atención porque el espectáculo depara varios saltos entre ficción y realidad. Algunos imprevisibles, como el de un cierre que pilla totalmente desprevenido al espectador y con el que Sam Holcroft demuestra que sabe jugar con atrevimiento.
La historia principal, la de la pieza de teatro que se nos representa, es la de un dramaturgo (Michael Ward) que escribe piezas de verbatim reproduciendo conversaciones de vecinos. Es llamado al orden a la oficina de la Administración, donde Celik (Jonny Lee Miller) un inspector gris que trabaja a las órdenes del Ministerio le amonesta. Una joven soldado (Tanya Reynolds) actúa de secretaria. El marco es el de un país sin nombre claramente sometido a algún tipo de autoridad autócrata y militarizado. Celik es un funcionario gris, de tono kafkiano que es endiabladamente perverso y a la vez patético. Afirma amar el teatro, pero fuerza al dramaturgo a reescribir su pieza para acomodarla a los dictámenes imperantes en esta sociedad. Escribir algo con más aliento nacional. A partir de ahí se sucederán diversos encuentros del joven escritor con su mentor oficial, que trata de convertirlo en un intelectual al servicio del poder.
Hay, de un lado, un juego claramente homenaje a Luigi Pirandello (1867-1936), con personajes que son ellos mismos (intérpretes de la representación) que se transforman en actores en una ficción inventada y que, de cuando en cuando, se convierten en oficiantes en una boda que es en realidad una tapadera. Y en esta confusión de personaje-persona, el espectador entra a trapo, creyéndose a ratos controlar la trama.

Aparte de una estructura divertida que consigue ensamblar bien los distintos planos de ficción, hay mucha reflexión sobre lo que es el propósito del teatro. Celik le explica al autor que la gente acude al teatro a experimentar algo más profundo e intenso, y que la escritura dramática no puede ser una simple reproducción de lo que se escucha a través de las paredes de una casa. La autora toca ahí el tema de la inspiración, y mostrando las lecciones absurdas de Celik, enseña cómo la originalidad viene siempre condicionada por lo que hacen los demás.
Uno de los puntos más emocionantes de la historia se produce en un diálogo cruzado entre Jonny Lee Miller y Tanya Reynolds. Ella le pregunta por qué sanciona y persigue la escritura teatral, cómo puede ser una pieza teatral (play) peligrosa. Guiño a otro gran dramaturgo, es en este caso Shakespeare y sus “palabras, palabras, palabras”, entonadas por el príncipe danés (words, words, words). Un Lee Miller apabullante entra en uno de los monólogos con mayor resonancia de la pieza. Una obra es una historia, lo mismo que los soldados del ejército al que ella pertenece están unidos por una historia. “War is a story. Nation is a story”, sentencia Lee Miller. Y por eso mismo el teatro se ve cómo peligroso: porque cuenta historias que la gente puede creer.
En España esta pieza teatral cobraría importancia inmediata en un contexto en que varias piezas teatrales han sido retiradas sorpresivamente de la programación por influencia política. Pero cada país y lugar tienen su propia interpretación. Hasta no hace tanto tiempo, en el Reino Unido las obras de teatro requerían, para ser representadas, de una licencia que otorgaba el Lord Chamberlain. Desde 1737 hasta 1968 una serie de leyes sucesivas perpetuaron durante siglos la facultad de someter cualquier obra de teatro a una licencia previa. El musical Hair fue el primero en escapar a este tipo de censura, con la aprobación de nueva ley que abolía la autorización previa.
Pese a que el teatro inglés ya no está sometido a este tipo de regulación, no puede decirse lo mismo de otros productos culturales. OFCOM es el organismo regulador de la televisión, plataformas, etc. y somete a controles rigurosos la emisión de contenidos. En cierta forma, y aunque es cierto que conviene preservar los intereses de menores y minorías, sigue existiendo esa especie de mojigatería victoriana.
La dramaturga Sam Holcroft pone la diana en el poder transformador del teatro, en su carácter subversivo. En el otro lado de la balanza, critica las influencias directas e incluso timoratas de los poderes políticos en la conformación del teatro. También habla de un teatro social que quiere poner el foco en el día a día de las personas. El título de la obra, “A mirror”, es una alusión a la producción dramática del joven dramaturgo que se ve sancionado por proponer una escritura que es fiel reflejo de la realidad. Esta reproducción literal no deja de ser incluso una mirada hacia la sociedad. Lo dice de nuevo Lee, “A mirror is such a painting”.
La obra ha causado sensación por un argumento siempre vigente, y por crear un entrelazado de tramas y personajes superpuestos que cuestiona los límites de la realidad. Los espectadores somos incluso varios personajes de esta ficción: invitados a una boda, público de una obra clandestina y nosotros mismos. A nivel escénico, son dos horas de ficción bien moldeadas por Heremy Herrin (director del montaje), con un ritmo justo y sin cortes bruscos entre “realidades”.
Hay escenas magnéticas, con diálogos reflexivos en torno a lo que es el arte que nos dejan petrificados en la butaca. Pero al mismo tiempo hay un tono cómico y burlesco, casi deformador, que clavan Jonny Lee Miller y Tanya Reynolds, con poses caricaturizadas. Pero a su vez son capaces de quitarse el traje de bufón y rozar el drama especialmente en los pasajes finales. La obra es para Lee Miller, que demuestra por qué se ha convertido en uno de los actores más interesantes de la escena reciente. En 2012 se llevó el premio Olivier por su Frankenstein para el National Theatre. Es más que probable que su inspector oscuro, gris, amante de las artes, secretamente enamorado le lleve a una nueva nominación. Sin desvelar mucho diré que su interpretación queda aún más subrayada cuando aparece otro actor de enorme presencia, Aaron Neil.
Estén atentos porque, aunque terminan los pases en el Almeida Theatre, no sería la primera vez que un gran éxito del Almeida pasase al West End.
La clá
www.lacla.es
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Almeida Theatre.
Imágenes de Marc Brenner, cortesía de Almeida Theatre.
A mirror. Duración 120 minutos.


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