El jardín de los cerezos. Teatro Fernán Gómez.

Está claro que el director de escena Juan Carlos Pérez de la Fuente le ha tomado el pulso al Teatro Fernán Gómez y está consiguiendo, en estos últimos tres años al frente de su gestión, convertirlo en un lugar en el que vienen sucediendo cosas muy interesantes. Su mandato vino condicionado con un propósito claro, realzar el repertorio clásico de los siglos XIX y XX. Y en esas está, pero lo meritorio es que los montajes están producidos con mucha altura, es decir, con una producción muy cuidada y, cuando la obra lo exige, con un reparto amplio. Hace un año dirigió La señorita de Trévelez de Carlos Arniches, con un toque de magisterio absoluto. Creo que en aquella ocasión le cogió bien el ancho a un escenario, el del Fernán Gómez, que le ocurre como al National Theatre londinense, o al Teatro Nacional de Cataluña, que su disposición en forma de hemiciclo griego es un titán al que hay que batir.

Los griegos diseñaron esta disposición de semicírculo elevado para reforzar esa comunidad entre público y actores, subrayando el elemento democrático de la vivencia. Esto está muy bien, pero la realidad es que, como espectador, se “entra” mucho más fácilmente en el juego teatral desde la butaca de los barrocos y neoclásicos teatros franceses e italianos. Para El jardín de los cerezos, Juan Carlos Pérez de la Fuente ha colaborado con Isi Ponce en crear una escenografía que involucre al espectador desde el primer momento. Los personajes se presentan traídos al frente del escenario, sin profundidad, y con movimientos tan amplios en horizontal que no hay espectador que pueda despistarse. Cuando la atención está donde debe, la acción se adentrará creando un imaginado jardín envuelto en una iluminación que recuerda a los nenúfares de Monet (enorme trabajo de luces de José Manuel Guerra). El tercer hallazgo es el de (no muy temprano y de forma moderada) llevar la acción al espectador, con los actores desarrollando sus locuciones en el auditorio. Para sellar ese efecto de cercanía, la música envolvente de Ignacio García empaca el conjunto. Efecto conseguido, Pérez de la Fuente crea durante las dos horas y media de representación una burbuja de atención concentrada.  

Sobre escena el clásico chejoviano, El jardín de los cerezos, una obra dramáticamente redonda que siempre sorprende con el desencadenamiento de acontecimientos en una acción donde, aparentemente, no sucede nada, aunque se nos cuenta mucho. Anton Chéjov (1860 – 1904) es capaz de relatarnos, en una misma trama, la historia viva de Rusia (a dos pasos de la revolución), mientras lo hace de una forma absolutamente intrincada en el peso de la familia y el legado patrimonial y moral que se traspasa, generación a generación. Explora, además, el tema shakesperiano de la oportunidad (también presente en Tío Vanya) y del libre albedrío de las personas, y las consecuencias dramáticas de situarse en la inacción. El jardín de los cerezos es una pieza de orfebrería dramática perfecta y está entre mis preferidas, lo cual tiene sus inconvenientes, porque mi grado de tolerancia hacia los desasidos suele ser bajo. Aquí no los hay, vaya por delante.

En esta producción de Pérez de la Fuente encuentro una propuesta entregada al texto original, con un respeto absoluto hacia todo lo que Chéjov planteó. Es una propuesta artística que pretende ser clásica, con personajes que con sus atuendos (tremendo trabajo de la figurinista Rosa María Andújar), nos trasladen a un imaginario que podamos conectar con la decadente aristocracia rusa. Lo más encomiable es que Pérez Andújar ha querido prestar atención a cada uno de los personajes y no convertirlo en una yuxtaposición entre el personaje de Luiba Ranevskaia (Carmen Conesa) y Ermolai Lopajin (Chema León). Los dos actores hacen un papel correctísimo, si bien personalmente he conseguido disfrutar más de la fuerza del resto o, mejor dicho, de la combinación de todos. Resalto la fuerza y la vitalidad de la joven Helena Ezquerro, que en las primeras escenas da un retrato pulido de su madre. Tremendos los dos soliloquios de Jesús Torres en el papel de estudiante, símbolo de una intelectualidad idealista que puede juzgarse con lo que vino después en la historia de Rusia. A Marta Poveda no hay quien la reconozca. Una de las actrices con mayor garra y fuerza se las pasa comedida buena parte de la obra, en un perfil que sabe que debe defender a fuego muy lento. Está bárbara. Los actores que introducen elementos cómicos lo hacen con mucho ingenio y magnetismo (Juanma Cifuentes, Cristina Marcos, Chema de Miguel). Sobresale Markos Marín en un papel de hermano idiota y ciego a las circunstancias, muy bien pulido. Manuel Maciá, Borja Maestre, Noelia Marló, José Gonçalo Pais complementan un reparto tremendamente orquestado.

Juan Carlos Pérez de la Fuente me ha hecho redescubrir la importancia coral de los personajes en esta maravillosa obra de Chéjov, donde cada uno juega un papel simbólico. De la misma manera que el ferrocarril representa la transformación, los cerezos la decadente y bella aristocracia, y los veraneantes la turgente burguesía, es fundamental atender lo que cada personaje trae a escena. Es este un montaje que merece que lo abarroten colegios e institutos, para que los jóvenes descubran este clásico tan poderoso.

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