
España tuvo una generación de dramaturgos, de una creatividad e ingenio, que si hubieran nacido o emigrado a Estados Unidos (como sí hicieron varios vieneses, entre ellos Billy Wilder) su nombre estaría en una estrella engarzada en el asfalto. Nosotros somos más elegantes, así que les reconocemos con placas sobre fachada en las calles donde vivieron o trabajaron. Carlos Arniches (1866 – 1943), de no haber desarrollado su carrera sólo en España, habría seguramente alcanzado la fama internacional. Poco importa, aquí es reconocido como uno de los grandes dramaturgos del siglo XX, y tiene su propia placa conmemorativa en la calle Golfín de Alicante.
A diferencia del dramaturgo inglés Noël Coward (1899 – 1973), cuyas obras siguen estrenándose sobre los escenarios londinenses, se ha producido cierto silencio en los últimos años respecto a autores como Jardiel Poncela o Carlos Arniches. En parte, lo interpreto como buenas noticias, porque significa que la nueva dramaturgia española está en un estado de forma excelente pero, por otro, es una lástima que no se pongan en escena piezas de esta época. Son obras que necesitan, sin duda, cierta adaptación y son, al mismo tiempo, costosas de producir porque tienen un elenco amplio. Desde aquí propongo que la Compañía de Teatro Clásico apueste por ampliar su repertorio cubriendo la primera mitad del siglo XX. Mi experiencia personal con el teatro comenzó disfrutando de Saza en Los habitantes de la casa deshabitada y varias parecidas. Merecen convertirse en obras de repertorio.

Muchas de las piezas de Arniches poseen un tono liviano muy efectivo y perfecto para llevar a la muchachada. Con un poco de pulido y adaptación se pueden reinterpretar. Eso es lo que han hecho Ignacio García May, con la adaptación del texto, y Juan Carlos Pérez de la Fuente en la dirección de La señorita de Trévelez (estrenada, por primera vez, en el año 1916). El resultado es fabuloso, porque moderniza ligeramente personajes y texto, y sobre todo propuesta artística. Graciosísimos los movimientos de los matones que acompañan al chulo de provincias y a destacar también el enorme trabajo de vestuario de Almudena Rodríguez Huertas. Jugando a la vistosidad de montajes que es habitual ver en la Zarzuela, esta producción ha tirado la casa por la ventana para elevar el color de la propuesta. También lo ha hecho con la escenografía de Ana Garay. No es el escenario del Teatro Fernán Gómez una plaza lucida, pero Garay ha jugado con la horizontalidad del hueco escénico para montar un salón aterciopelado y dorado, que evoca los aires de modernidad de los felices años veinte. Los bailes foxtrot y la musicalidad del montaje envuelven ese ambiente de jovialidad y cierto gamberreo.
El argumento juega en la primera parte a mostrar los tipos sociales de una pequeña ciudad de provincias, Villanea, poblada por una pequeña burguesía, en la que reina Don Gonzalo (Daniel Albaladejo), hombre excéntrico y adinerado, que vela por su hermana Doña Florita Trévelez (Silvia de Pé), una mujer que va paso de convertirse en lo que en la época se conocía como una solterona. En una fanfarronería construida en el club social de la localidad, el Guasa Club (¡¡qué maravilla de nombre!!), Tito Guiloya (Críspulo Cabezas) mete en un lío a Numeriano Galán (Daniel Diges), con ayuda de su camarilla. Hacer creer a la señorita Florita que Nume bebe los vientos por él, cuando en realidad Nume querría embaucar a una doncella. Don Gonzalo entra en acción, tremendamente ilusionado con este cortejo, forzando incluso la boda. El argumento, aparentemente simplón, e influenciado por los típicos malentendidos e imposturas del teatro del Siglo de Oro, esconde mayor acidez.

En una entrevista para Radio El Mundo (Buenos Aires, 1937), Carlos Arniches dio su visión sobre el teatro: “Divertirse y llevarse a casa una emoción y una enseñanza: eso debe ser el teatro. Reírse y que quede en un rinconcito de nuestro recuerdo una lección que sea provechosa y consoladora para nuestra vida”. Esta obra teatral se construye sobre el humor, pero hay un toque grande de actualidad que tiene que ver con esa lección provechosa de la que habla Arniches. Los tipos son caricaturescos pero deleznables, situándose el espectador del lado de una mujer que no merece ni la condescendencia de Don Gonzalo, ni las maquinaciones de unos machirulos.
En la puesta en escena hay un maravilloso ritmo, impronta de Juan Carlos Pérez de la Fuente que, con ayuda de todo el equipo creativo, ha espolvoreado sobre este montaje. Me encanta que la vitalidad de la propuesta venga de los hallazgos de la acción escénica, y de los recortes en la dramaturgia, manteniendo, al mismo tiempo, los aires de modernidad de los años veinte. Son especialmente divertidas las interjecciones hacia la política de la época, “así va este país, que está todo fuera de su sitio”, o hacia la prensa, “cuando hay que ocultar algo, nada mejor que la prensa”.

Lo más grato de La señorita de Trévelez es disfrutar de la altísima calidad de sus intérpretes que bailan, cantan e interpretan maravillosamente a unos tipos que tienen maneras de otro siglo. Cien años les separan pero saben los intérpretes jugar a un lenguaje de otro tiempo, y a unas maneras de otro tiempo, sin que la caricatura empañe la acción dramática. A todos merece esta reseña una ovación, por un fantástico trabajo. Destaco a Daniel Albaladejo, que tiene esa talla de enorme actor. Su Don Gonzalo tiene todas las costuras del adinerado nuevo rico, al que se le ven las debilidades y los narcisismos. Encandilada salgo con Daniel Dijes, que está en toda la pieza a rebufo, no sabiendo controlar todo lo que le sucede. Tiene un toque de despiste a lo “Jimmy Stewart” que funciona a la perfección. Silvia Pé está estupendamente exagerada, muerta de amor por lo que se le ponga delante, y demostrando que canta y baila, y lo que se sea.
El montaje de La señorita Trévelez es una maravilla. No busca complacer a determinado tipo de público, sino que se ve que trata de captar nuevas audiencias. Pretende reivindicar, con talento y gusto, la dramaturgia de Arniches, pero sin miedo a poner un poco de corte y confección. Éste es el teatro que en mí generó una afición teatral de por vida, gusto ver este tipo de teatro sobre las tablas.
La clá
www.lacla.es
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La señorita de Trévelez.

https://www.teatrofernangomez.es
Duración: 130 minutos.
Imágenes de Luiscar Cuevas, cortesía del equipo de prensa del Fernán Gómez.
Versión: Ignacio García May
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente
Reparto:
Daniel Albaladejo – Don Gonzalo de Trevélez (+ Don Gonzalo de Ulloa)
Marta Arteta – Conchita (+ La espectadora de al lado)
Críspulo Cabezas – Tito Guiloya (+ Don Luis)
Daniel Diges – Numeriano Galán (+ Don Juan)
Óscar Hernández – Peña
José Ramón Iglesias – Don Marcelino
Edgar López – Lacasa (+ voz de Ciutti)
Noelia Marló – Soledad
Silvia de Pé – Flora de Trevélez
Julia Piera – Maruja (+ Una espectadora)
Rodrigo Sáenz de Heredia – Señor Menéndez
Natán Segado – Manchón
Juan de Vera – Torrija (+ Regidor)
Diseño de escenografía:
Ana Garay
Diseño de vestuario y figurines:
Almudena Rodríguez Huertas
Diseño de iluminación:
José Manuel Guerra
Espacio sonoro:
Ignacio García

