
Hay recintos que tienen tanta personalidad y atesoran tantas anécdotas entre sus muros que parece que encierran algún tipo de energía sobrenatural, y no me refiero a fantasmas. Se trata de una entidad propia, un recorrido vital que hace que estén y sean parte fundamental de la localidad en que se enclaven. Precisamente esto le ocurre al Pantages Theatre, teatro octogenario situado en pleno Hollywood Boulevard en Los Ángeles. El Pantages es una vieja dama en una ciudad oficialmente fundada 150 años antes de que se construyera el teatro. Como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), el Pantages vio cómo la radio, el cine y el teatro fueron evolucionando con el progreso de los tiempos, mientras sus maltrechas paredes y molduras envejecían y se ahumaban con la nicotina de los cigarros.
El Pantages se inauguró oficialmente el 4 de junio de 1930. Fue el último teatro construido por un magnate teatral, Alexander Pantages, un griego emigrado a América dedicado a la producción de vaudevilles. En 1949 el todopoderoso Howard Hugues (el magnate empresarial del que se burló Orson Welles en Ciudadano Kane) compró el teatro, que pasó a formar parte del imperio de la RKO. A partir de ese año y durante una década, el Pantages, que había sido construido como teatro cinematográfico y de vaudeville, se convirtió en la sede de los premios Oscar® en la última etapa de los años dorados del cine.
El actor Humprey Bogart recibió en el teatro Pantages su único premio de la Academia por la película La reina de África. En su discurso de aceptación, Bogart hizo un guiño al recinto teatral: “Hay un camino muy largo desde el corazón del Congo Belga hasta el escenario del Teatro Pantages, y me alegra mucho decir que es un poco más agradable aquí que lo que era allí” (“It’s a very long way from the heart of the Belgian Congo to the stage of the Pantages Theatre, and I’m very glad to say that it’s a little nicer here than it was there”).

En la década de los setenta y luego de los noventa, el Pantages volvió a cambiar de dueños. Hoy es propiedad de The Nederlander Organization que lo ha convertido en la sede de Broadway en Los Ángeles. Los grandes musicales que triunfan en Nueva York giran por Estados Unidos y tienen parada larga en Los Ángeles en este teatro de 2700 butacas.
El teatro, que tuvo que ser renovado en su integridad hace años, es un gigante tan fílmico como las estrellas que han sido galardonadas en su escenario. Decorado con escayolas y lámparas art déco, el teatro tiene un aire de tebeo. Muchas películas se han rodado en el Pantages o mostrando el letrero luminiscente del Pantages, desde el Guardaespaldas a Batman Forever. Uno de los últimos en rendir tributo al Pantages ha sido Quentin Tarantino, que retrató una industria y una ciudad decadentes. En Érase una vez Hollywood, Brad Pitt es el doble de acción y a ratos chófer de un actor, Leonardo di Caprio, en caída libre hacia el western italianizado. Parte importante de la película es retratar una época y un estilo, y el Pantages, con su letrero de neón se cuela por la mirilla de Tarantino.

Para el aficionado teatral que se pase por Los Ángeles, el Pantages es cita obligada, una reliquia en activo, que nos atrapa por su estética neo-kitsch.
La clá
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