
Me decepciona publicar la tercera edición del “Manual del buen espectador”, una serie que nació en el año 2012 para recordar a los espectadores unas normas sencillas de decoro cuando acudimos al teatro. Han pasado muchos años, pero parece que no hemos aprendido sencillas normas de comportamiento, y viendo lo que está ocurriendo en Londres, espero que la cosa no vaya a mayores. Lo hago a final de temporada, para reflexionar sobre nuestro comportamiento teatral.
Decía el director de escena Peter Brook que había un buen tipo de silencio (“good kind of silence”) en el teatro: el buen silencio es aquél que surge cuando todo el mundo está tan atento al mismo punto que se produce una vitalidad extraordinaria. Los actores sobre la escena lo notan en seguida, pero para el público atento también es fácil advertirlo. Se trata de esos momentos sin toses ni ruidos, en los que un patio de butacas con decenas o cientos de personas palpita ante lo que está sucediendo. Es un momento electrizante y extraordinario, que hace del teatro una experiencia colectiva alucinante.
Con pena digo que esos momentos alucinantes se ven quebrantados por casuales sonidos de móviles, alarmas, comentarios o caramelos de plásticos imposibles. No sé si al resto le ocurrirá, pero cada vez que entra en escena un móvil que suena en mitad de una representación, a mi me da un vuelco el corazón, porque sufro tremendamente por los actores que están en escena, y luego por mí misma, que veo cómo de súbito me hacen aterrizar en la más vil cotidianidad.
En la escena londinense se están dando casos que ya rozan el extremo, con intervenciones policiales (especialmente en musicales) por espectadores que van subidos de tono. Uno de los aciertos de nuestra escena es que los teatros no se hayan mercantilizado para vender vino, cerveza, whiskey, patatas y helado en el entreacto. El que el compañero de butaca contigua lleva un cebollón importante no ayuda a las buenas maneras. Afortunados los recintos escénicos españoles que no se han dejado contagiar por esa insana afición a la botella de los ingleses. Periódicos como The Standard denuncian abusos sobre las butacas de la escena londinense, con actos de sexo, violencia e incluso canciones coreadas en alto.

Cuesta creerlo, pero en época de Shakespeare acudir a una representación en el Globe londinense era cómo unirse a una bandada de Hooligans que aplaudían y abucheaban cada escena del drama. La película Hamnet lo representa deliciosamente, con la esposa de William alucinando con el Hamlet que ve sobre escena. Con la época victoriana, el teatro se convirtió en un evento social reservado a ciertas clases, y con él llegaron las buenas costumbre y maneras, al menos de cara a la galería.
Con riesgo a caer en la misantropía, me decepciona enormemente la falta de empatía que tenemos en nuestro microcosmos. Colarse mientras se hace cola o no apagar el móvil en el teatro son gestos de mezquindad humana.
He visto esta temporada en teatro al gran Josep Maria Pou llamar al orden a una señora por dejar sus cosas apoyadas sobre el suelo de la escena. No es la primera vez que Pou lanza un exabrupto. Lo contaba en 2013 la crítica teatral Rosana Torres para El País cuando Pou emprendió su batalla contra los teléfonos.
En los años en los que el equipo Kamikaze gestionó el Teatro Pavón, hicieron un trabajo de concienciación encomiable. Al comienzo de cada representación, uno de los kamikazes (o varios), salían al pasillo central a recordarnos si habíamos apagado los móviles. El que más acojonaba era Miguel del Arco, que recordaba siempre que había que apagarlos, nada de dejar que se colaran vibraciones ni sonidos de notificaciones.
Aquí van mis mantras para ser un buen espectador:
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- Apagar el móvil. Olvidarse durante dos horas de lo que ocurre fuera del teatro. Apagarlo, no silenciarlo, que existe el riesgo de dejar activadas las notificaciones.
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- No mirar la pantalla del móvil. Para los que hayan dejado el móvil en silencio pensando que han cumplido, por favor déjenlo guardado y no lo consulten. La pantalla es como una linterna que molesta al resto de espectadores y a los intérpretes.
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- Llegar con tiempo a la función. Cada vez es más frecuente que el teatro empiece tarde por grupos de espectadores impuntuales. Ciudades como Madrid son impredecibles, así que mejor contar con una hora de trayecto y si se llega antes siempre es divertido ver al público en los aledaños.
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- No comer y cuidado con los caramelos. Nada de comer durante una función y si se llevan caramelos que sean sin plásticos ni sonidos que distraigan.
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- Gestionar la tos. En otoño se producen fenómenos paranormales con las orquestaciones de tos. Parece que uno tose y le siguen diez. Moderación con toses y carraspeos y si uno está pachucho, regale la entrada.
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- No regañar en caliente. Los “tschhhhhh” son tremendos de escuchar.
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- Acudir al teatro con actitud de teatro. No hace falta llevar galas ni frac, pero sí prepararse para ir a un evento con la actitud apropiada. Si has ido de compras antes, no lleves las bolsas del Primark.
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- Sentir el silencio. Los comentaristas de minuto y resultado (o los cantores de Híspalis en musicales) no son bienvenidos. Al finalizar la función hay mucho que contar. Disfruten un rato del silencio propio y colectivo.
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- Disfrutar y dejarse asombrar. Ir con espíritu abierto es garantía de éxito. Dejar los prejuicios a un lado y abrirse a una experiencia única y nueva.
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- No salir como alma que lleva el diablo. El premio del elenco y del equipo son los aplausos al finalizar la función. Si a uno no le gusta nada de lo que ha visto, bueno, pues que no aplauda. Pero eso de salir escopetado porque si no, no pillo taxi o cojo cola de coches a la salida del parking es de una grosería inaceptable.
Hace tan sólo unos días la actriz Rosamund Pike, ganadora del premio Olivier a mejor actriz, salió al final de la función a regañar a un espectador (sin apuntarle) por haber estado escribiendo whatsaps durante la función. Con cierta sorna dijo, quizás seas un médico y estuvieses salvando la vida a alguien. Pero ver y sentir cómo escribes esos mensajes es duro.

Termino con una nota de humor. Cada vez que suena un móvil o se enciende una pantalla es, tan inapropiado, como ver salir a alguien en el soliloquio de “ser o no ser”, escena que el director de cine Ernst Lubitsch representó en la película To be or not to be (1942) con un enfurecido Joseph Tura.
Desconecten digitalmente sus cerebros, ya verán qué placer.
La clá
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